De la vulgaridad primitiva del hombre medio español.

No es exclusivamente español el mal contemporáneo del hombre medio y su progresiva
invasión del ámbito de la vida social, tanto pública como privada. Es éste un problema
europeo que incluso en las últimas décadas comienza a propagarse también por el
continente americano: el mal del proceso histórico comprendido como la vulgarización
social. El hombre medio español es el desastroso resultado del paulatino desarrollo que
la tendencia hacia la vulgarización de la sociedad europea del siglo XX tiene sobre el
territorio español; tanto en la España institucional, esto es en el Estado español, como en
la España de la sociedad civil. Pero se puede observar un rasgo característico que
diferencia al hombre medio europeo, que con diestra mano denominó Ortega hombre
masa, del hombre medio español o masa española.

¿Quién es el hombre medio español y cuál su elemento diferencial? Para poder dar
respuesta a esta pregunta tendremos que comprender antes qué es eso de hombre medio
europeo u hombre masa y cuáles son las consecuencias de su rápido desarrollo por todo
el territorio europeo, para determinar después de qué manera puede el hombre medio
español con su primitiva vulgaridad dañar el cuerpo social y político español.

En primer lugar cabe señalar que por masa no se está haciendo referencia a un grupo más
o menos extenso de individuos concentrado en una determinada área geográfica, como
podría serlo la población de una ciudad. Esto sería, más bien, una muchedumbre. La
muchedumbre es la forma que adopta la masa en las grandes urbes. La muchedumbre, al
contrario que la masa y por ser la forma concentrada de ésta, tiene una opinión propia y
actúa para la satisfacción de unos determinados intereses que se crean en la puesta en
común de las comodidades de la masa. La masa no tiene una opinión propia, porque
siempre depende de alguien que le diga qué es lo que tiene que opinar y en relación a qué
aspectos de la vida y de la realidad. Masa, dice Ortega, puede serlo un único individuo.
De forma más bien escueta, y evitando una prolijidad que pueda espantar a los lectores
menos doctos en la cosa sociológica -aunque el tema pueda resultar de un enorme interés
para el observador social, es decir para el investigador social, es decir para el sociólogo-,
resumiré lo que nuestro ilustre catedrático de Metafísica entiende por hombre masa. Para
ello me valgo del conjunto de ensayos recogido bajo el título de La rebelión de las masas.



Es el hombre masa un hombre desarraigado, extranjero de todo incluso de pasado e
historia; el paria moderno. Es un hombre que vive fuera o por debajo de su tiempo -la
altura de los tiempos viene marcada por el sistema de ideas vivas según el cual vive el
hombre en un momento histórico concreto: las ideas relativas a la física, a la biología, a
la filosofía y a la historia que imperan en una época determinada. La cultura del
momento.-, encarnación de la mediocridad burocrática que se vive en la Europa del siglo
XX y que ya comienza a hacerse notoria en la centuria anterior por ser fruto de ésta. Un
cobarde que no cree o no quiere creer en el deber de la responsabilidad: cree que tiene
sólo derechos y no cree que tiene obligaciones. Un hombre sin honor. Un hombre que
reclama con un hambre voraz cada vez más y más derechos apelando a un fundamento
natural que vaya usted a saber de qué mágica manga se lo ha sacado -de la naturalización
ingenua que hace de la civilización, considera Ortega, de la idiotización generalizada que
el capitalismo moderno trata de hacer extensible a todas las sociedades para el
aseguramiento de sus intereses, creo yo-, mientras rechaza la imposición de deberes y
responsabilidades que son el signo distintivo del buen ciudadano y del buen hombre.
Civismo, por mucho que le pese a la masa, tiene que ver más con los deberes que todo
ciudadano por el mero hecho de ser ciudadano ha de afrontar y asumir, que con los
derechos que un sistema democrático sano y estable pueda garantizar. La emisión o el
reconocimiento legal de los derechos por parte de la autoridad competente no son sino la
consecuencia de la buena salud de un sistema de gobierno, debida a la capacidad de los
ciudadanos para soportar las responsabilidades para las que se le requiere en el hacer -
hacer como sinónimo vital de construir, crear, trabajar: actuar- diario por el bien común,
y no la causa de este estado saludable. El Estado moderno congrega individuos, hombres,
y los insta a formar una unidad de ciudadanos en la que la seguridad, sobre todo la
seguridad, les estará garantizada; si no fuese por el trabajo y el carácter de estos primeros
hombres no podría, bajo ningún pretexto, hablarse de ciudadanos, ni de derechos, ni
mucho menos de Estado.

Niega el hombre masa al individuo y a su libertad individual, iguala a todos los hombres
a la baja y paraliza el fértil dinamismo que la heterogeneidad de miras, de pensamiento y
de acción posibilita. Destroza la diversidad haciendo de la unidad diversa -unidad como
equilibrio, la unidad de principios que ha hecho real el sueño idílico de la Unión Europea-
unidad mediocre e ingenua. Poco a poco emerge esta grotesca figura del hombre masa
devorando todo lo que encuentra a su paso: el joven despierto y colmado de ideas que
pretende la preciosa empresa de establecer un proyecto -plan- de vida personal acorde a
un pensamiento divergente y heterodoxo, cuando sale al mundo, se topa con este
monstruo de la era moderna. Tropieza con la masa -literalmente, con las trabas que la
opinión pública o publicada le pone a la fuerza vital del individuo, o metafóricamente,
con la encarnación de la masa en una persona que posee, hace uso y, las más de las veces,
abuso de la autoridad legal o jurídica que ésta le (con)cede-. Y las vagas ideas de la masa,
sus tristes porque realistas -limitadas a lo que efectivamente es- aspiraciones y sus más
que materiales apetitos lo arrastran consigo, no dejando de su afán de libertad ni el
recuerdo.

El principal enemigo al que se enfrenta la masa y que amenaza su supervivencia como
masa es el pensamiento liberal del siglo XIX. Es el hombre masa un ser egoísta, pero ser
egoísta porque ser pasivo: porque el hombre medio, repudiando los deberes y las
responsabilidades, no experimenta el crecimiento interno -espiritual- que sí experimenta
el que una y otra vez se propone nuevos retos y nuevas obligaciones que echarse a cuestas.
Porque el hombre medio no es capaz de atender a la imperfección manifiesta de la
humanidad, y por tanto no se digna siquiera a actuar para que ésta, aunque perecedera, no
se haga incompatible con el progreso del hombre. Y por todo ello la masa no reconoce
héroes morales entre sus conciudadanos ni toma a otros hombres como ejemplos de
civismo y corrección ética. Porque no sabe o no quiere saber del genio, del vigor mental
ni de la valentía de esos grandes hombres que deberían, de vivir en un mundo ideal, dirigir
el cotarro. Egoísta, a fin de cuentas, por querer vivir su vida y nada más. Pero no sabe
nuestro hombre masa que parapetado en su ciudadela interna, viviendo estrictamente su
vida y no la Vida, se sale de sí y se enajena; muere en vida. Y es que el hombre, como ser
social, es un ser volcado hacia fuera, hacia la realización plena de la vida humana, que es
histórica y plural, política y social.

El hombre medio por no tener no tiene ni memoria. Olvida lo que ha sido y se pierde en
los oscuros caminos del porvenir. No tiene ni luz ni guía para construir su sino; vive
anclado en el presente, en lo que es, pensando además que lo que es es lo que debe ser,
sin reflexión crítica del pasado ni actitud de protesta hacia el estado actual de dominación.
Sin memoria el hombre medio se desengancha del carro alado de la Historia, arroja con
furia su fusta y se recuesta cómodamente en un tiempo presente ciertamente estable pero
aun así sometido a duros vaivenes a la espera de un final tan trágico que ni él se lo
imagina. Deja de hacer la Historia. Y cuando uno deja de construir la Historia, no nos
engañemos, ésta no se detiene; nunca lo hace. La Historia seguirá escribiéndose, pero
serán otras las manos que lo hagan. Hablar del fin de la Historia supone negar la propia
Historia. Nunca dejará la Historia de escribirse mientras haya fuerzas humanas que
decidan o bien no vivir sometidas a ninguna fuerza ni instancia suprema, o bien vivir
como instancia suprema sobre el resto de fuerzas. Negarse a sí mismo como hombre, esto
es como animal de realidad histórica -política-, arrojándose al frío abrazo de la masa,
equivale a aceptar y legitimar la dominación ejercida por parte de otros que se encargan
de hacer Historia en su acaparamiento del lugar del Poder. Por tanto, sin pasado o mejor
aún sin conciencia del pasado -memoria histórica, historicidad o pasado de su generación-
, el hombre ya no es hombre. De su humanitas, como decía Heidegger, cae a la animalitas;
nada hay ya en él que lo distinga del resto de animales.

La razón, dirán algunos, es lo que verdaderamente eleva al hombre sobre todas las otras
criaturas del reino animal. ¿La razón? ¿Qué razón nos queda sin razón histórica?, ¿qué
reflexión puede terminar confirmando un pensamiento válido sin un ejercicio de
dialéctica con la Historia? En mi opinión las actividades más sublimes para las que la
razón capacita al hombre son la crítica, el negarse a aceptar el orden de las cosas del
mundo tal y como es, y la protesta que nace a partir de esta reflexión crítica: si no se
acepta el como es de las cosas es porque no es como debe ser; por tanto la crítica conduce
a una protesta que exige una transformación de la realidad para hacerla concordar con el
deber ser del pensamiento racional. Este es el camino del pensamiento, desde la
abstracción de la realidad por el horror que ésta provoca hasta su concreción en la
realización práctica de la utopía.

El caso, y a lo que yo quería llegar, es que no hay capacidad de crítica ni de protesta sin
memoria histórica, sin conocimiento de lo que fue y sin conciencia de que aquello que
fue no era lo que debió ser y por eso tal o cual catástrofe, como la colosal caída del imperio
romano. Por eso digo que el hombre medio es un conformista incapaz de echar una mirada
crítica a la Historia e inútil para la tarea de la reflexión y de la protesta, es decir, para la
tarea del pensamiento. Desde que gobierna el hombre masa España, Europa y el mundo
entero viven una época de no-pensamiento, una época de barbarie primitiva en la que el
hombre no piensa ni la verdad, ni el deber, ni el bien, ni su propia existencia o la existencia
del mundo: una segunda Edad Media en la que la Verdad Revelada ya no proviene de
Dios, sino de los designios que emiten los cuatro poderosos que sientan sus posaderas en
el trono de hierro -qué metáfora tan distinta a la de sentar cátedra...- y hacer creer a la
masa que es en ella en donde reside el poder como fuente de legitimidad.

Lo que ocurre cuando no se piensa y cuando se rechaza la búsqueda de la verdad, además
de que volvemos de nuevo a aceptar la dominación de aquellos que nos dicen cuál es la
verdad que debemos creer y sobre la que debemos montar todos nuestros discursos, es
que la civilización entera se queda sin la luz de la ciencia. Por eso es el hombre masa un
hombre primitivo: porque no tiene en estima al gran milagro que es la ciencia, que le dota
de las comodidades y aspiraciones modernas que hacen de él el niño mimado de la
civilización. Acepta como natural todo aquello de lo que dispone y de lo que puede
disponer -instrumentos, descubrimientos, innovaciones, derechos civiles, medios de
transporte y de comunicación- y, si no los tiene a mano, los exige, exige su pronta
fabricación y su mejora sin atender al hecho de que, para que pueda ponerse en circulación
un simple automóvil, es necesario que haya habido antes un nutrido grupo de notables
científicos que investigara la forma de darle más potencia, seguridad y manejabilidad. No
sabe lo que tiene; es el señorito ingenuo y satisfecho.

Y es el olvido de su historia y de la Historia en mayúsculas lo que convierte al hombre
masa en un paria, en un extranjero incapaz de afiliarse -en el buen sentido del término, el
que se emparenta directamente con el vocablo latino filias manteniendo intacta su
denotación amorosa- a ninguna causa nacional ni a ninguna nación. Sin la conciencia del
pasado de su generación el hombre medio se ve a sí mismo como un ente lanzado al
mundo. Y éste sólo comienza a rodar en el preciso momento de la proyección del ente. El
hombre masa, cabeza tozuda y pesada que han de soportar la Europa moderna y sobre
todo la posmoderna, se muestra incapaz de salir de sí mismo -salir en la abstracción de sí
como individuo o, lo que es lo mismo, pensar en el ente sociedad o en el ente el otro- ,
de mirar atrás en su recuerdo y echar un vistazo a lo que ha sido para poder encarrilar lo
que será tal y como tiene que ser. Porque los pueblos se forjan a partir del sentimiento
común que la memoria de lo ocurrido despierta. Destaca Ortega a Inglaterra como el
pueblo que siempre ha llegado antes al porvenir, que se ha anticipado a todos en casi
todos los órdenes. Se debe esta superioridad del pueblo inglés sobre el resto de pueblos
occidentales a que ha sido capaz de construir su futuro no dejando nunca de mirar al
pasado; hasta el punto de que la memoria del pueblo le sirve de fundamento para la
construcción de su futuro, de su Historia.

Porque, como todo buen pueblo debería hacer para vivir auténticamente como pueblo,
Inglaterra vive -o quizás vivió- en el presente mirando hacia el futuro y comprendiendo
que el mirar hacia el futuro inexorablemente obliga a echar una mirada hacia el pretérito.
Preserse: pasado, presente y futuro conviven juntos en una misma forma de ser, que es la
forma de ser verdadera; el pueblo.

No quiero extenderme más por hoy. En el próximo artículo seguiremos hablando del
increíble pero patético hombre masa orteguiano, de los nacionalismos, de la Europa
dominadas por las masas y de muchas otras cosas más. Pero eso, mi querido lector, es
otra movida...

Eduardo Gutiérrez Gutiérrez

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