Guerra baile.

Me siento a imaginar en esta noche intensa, que hiende la vida caliente y su
serenidad, y la hace bélica. Y aquí estoy solo entre esta guerra, una guerra que surge de
lo que es malo, guerra oscura, la que se libra con uno mismo. Y niega a uno mismo y hace
nula la presencia…aunque si esta se niega a sí misma, entonces existe. Todo existe, todo
me lo puedo imaginar, pero no en todo creo.

Aquel fue el día en que comencé a creer y a prestarme la misma atención dentro
que a fuera. No es tan raro. Cabe asumir la pertenencia de una identidad renovada
constantemente, o no; el tumulto perenne y vociferante puede amedrentar nuestro ánimo.
Habitualmente el mundo avanza extraño, impulsado por una bruma
desinformativa que se concentra delante de la masa, como un tapón, hasta que catacrocrer.
La mancha oscura a nivel mundial, parece que golpea. Pero asombrosamente hace, es
bien sabido, lo contrario. La gigantea del mal pasa lenta, envolviéndose y unificándose
con su predecesora y envileciéndose; como se ve en los hombres, generación tras
generación, cada vez más locos.

Habitualmente se nos hace creer que este es el futuro y que los hombres de las
cavernas desparecieron hace millones de años. ¡Si quién puso ese nombre a ese homínido
ya había leído a Platón! ¿Qué somos ahora más que nunca si no hombres de las cavernas?
Cavernas. Cavernas sí, de todos los tipos. Y ahora en directo os haría un listado. Tipos de
cavernas y cavernoides…

¿A dónde fue la luz al pasar entre los resquicios de mierda que quedaban entre los
materiales mal empalmados de todas estas cuevas como en una eterna postguerra? No sé.
No sé no. No, sé. Sé muy bien. Se sabe muy bien donde habita, donde precisamente fue
a refugiarse, como en la cavernas del principio los hombres, esta luz. La luz de la calma,
la luz del placer. Somos víctimas de un tiempo ficticio si esperamos siempre, otro tiempo
mejor e imaginamos, solo imaginamos, y no fisicalizamos esta imagen que somos
nosotros, en estas noches intensas. Hay que liberar nuestra guerra. O sea, bailar.

Ollie de Ninfo

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