Claro que Dios existe, ¡pero es más malo que Caín!
Fernando Vallejo
Yo, Dios inmortal para vosotros, no más mortal.
Empédocles
Ese en que crees, lector, ese es tu Dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació contigo y
fue niño cuando eras tú niño, y fue haciéndose hombre según tú te hacías hombre y que
se disipa cuando tú te disipas.
Miguel de Unamuno
Una enseñanza harto válida para el hacer de nuestras vidas (la vida es hacer)
podemos extraer si realizamos un ejercicio de síntesis de las ideas que nos presentan las
tres citas que abren el presente artículo: puesto que el Dios establecido y monoteísta, el
Dios de los libros sagrados y de la Santa Madre Iglesia lejos de ser un Dios justo y
bondadoso (a la vista de los testimonios recogidos en los relatos de estos mismos libros
sagrados y a la vista también del temor que la Santa Madre Iglesia introduce en la
conciencia de sus fieles para que amen al Dios por encima de todas las cosas; incluso por
encima de su propio yo, ya ves), es un Dios terrible y cruel que no duda en castigar y
condenar si fuese necesario a sus creaturas a arder en el fuego eterno (el castigo de la
eternidad es el peor castigo posible; eterno retorno de lo mismo: ¿No te arrojarías
entonces al suelo, rechinarías los dientes...?), estamos instados a buscar a nuestro Dios
en otra parte. ¿Por qué no dentro de nosotros mismos?
¿Acaso no sabéis que sois dioses?, escribía hace algunos años en uno de mis
poemas. Perdemos la inmortalidad y trascendencia del Dios divino, de acuerdo, pero
habiendo ganado en empatía y humanidad que es precisamente lo que estábamos
buscando. Con esto y con todo no podemos quedarnos todavía con el Dios que nos
presenta Empédocles, por muy mortal y humano que sea, dado que los extremos no
siempre resultan a gusto de todos; ni tan arriba, ni tan abajo. No nos contentemos pues ni
con la idea absoluta de un Dios todopoderoso capaz de dar y destruir, ni tampoco con la
divinidad del hombre mortal-inmortal o el Dios-Hombre, por mucho que ésta nos
seduzca.
Como buenos aristotélicos que somos hagamos del punto medio en el que acercar
posturas y relajar tensiones nuestra casa, resultando lo siguiente: un Dios propio porque
personal, un Dios unamunesco que nace contigo, vive contigo y muere contigo cuando al
fin se agota tu memoria. Ese es el Dios en el que estoy dispuesto a creer, porque le sé y
le siento mío, cercano a mí, vinculado a mi propia vida hasta que finalicen mis días. Y a
ese Dios yo no le temo; sólo cabe amarlo porque el amor hacia Él es amor hacia mi propia
persona: le amo porque me amo y me amo amándole. Y así cobra sentido el lapidario
verso de una canción de Love of Lesbian que dice Dios no existo. Dios nace y vive
conmigo, muriendo también junto a mí. Dios es un espejo.
Analicemos con mayor detalle la cita de don Miguel, que mucho tiene que
enseñarnos y mucho esconden sus palabras:
Ese en que crees, lector, ese es tu Dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació contigo y
fue niño cuando eras tú niño, y fue haciéndose hombre según tú te hacías hombre y que
se disipa cuando tú te disipas.
El tema central que nuestro querido rector aborda ya ha sido tratado más arriba; a
saber, la cercanía entre el Dios y el creyente, la convivencia fraternal entre Dios y Hombre
de modo que el Dios no es Padre creador, sino más bien Hermano existente o Hermano
en la existencia. Hermano, Amigo o Amante pero nunca Padre o Tutor. De ahí el carácter
amistoso y sincero del Dios unamunesco y de la relación fraternal de creencia entre el
Dios y el Hombre, muy alejado de la imagen del cruel y tiránico Dios cristiano (en caso
de no pretender ofender a nadie sustituya cristiano por monoteísta. A mí plin, como diría
el genial Krahe) y de la creencia por coacción que su Santa Institución impone.
Acerca de quién sea el Padre no es asunto a tratar en este momento.
Pero hay algo al comienzo de la cita que llama poderosamente mi atención: Ese
en que crees, lector, ese es tu Dios. No es la creencia porque está el Dios, sino que es el
Dios porque está la creencia, porque el hombre cree en el Dios; es decir, no es el Dios el
que pone al hombre en el mundo e introduce en un rincón de su alma, de su espíritu, de
su corazón o de su intelecto (me temo que no me han explicado demasiado bien dónde
reside el amor a Dios, si acaso intelectual o acaso puramente sentimental. Si lo primero,
Dios racional y absoluto; si lo segundo, Dios débil y subjetivo) el deseo de llegar a Él y,
con ese deseo o más bien por ese deseo, la necesidad de su existencia. Es la creencia en
el Dios, la propia necesidad humana de aferrarse con devota fuerza a algo superior a todo
lo que ve y a todo lo que toca lo que crea al Dios y a la idea del Dios. Es el hombre el que
crea al Dios en su creencia que es además querencia en su existencia, y no al revés.
Y si estoy en lo cierto y mi interpretación no incurre en error, aunque difícilmente
alguien podrá demostrarlo y mucho menos convencerme de ello, fue el Cristo el primer
hombre que adquirió conciencia de la necesidad de la existencia de un Dios todopoderoso
que le sirviese al hombre como explicación y fuente donadora de sentido para su propia
existencia y para la existencia del mundo. Fue el Cristo, mal llamado por el soberbio
Narciso teutón el ladrón de almas, el primer creyente en el Dios absoluto y
fundamentador del estar-ahí del hombre, regalando con ese sacrificio el alma de todas las
almas para la Humanidad; el primer salvador de la barbarie y autodestrucción a la que se
encaminaba su pueblo, y con éste todos los pueblos; el primero que supo mirar hacia
dentro y no hacia fuera ni hacia arriba y el primero que mirando hacia dentro, mirándose
a sí mismo como yo, vio al otro, a los otros, a los que estuvieron y los que están y los que
estarán algún día, vio a su generación y al pasado de su generación: vio al Dios, pero
nunca dejó de verse a sí mismo. El primer curioso que se asomó al espejo, el primer
Aleph, el primer Hermano y quién sabe si por eso mismo el primer y único Padre.
*****
La reflexión de don Miguel nos ha obligado a una reflexión más profunda si cabe
acerca de los términos de creencia y elemento de la creencia, invirtiendo su orden
(teo)lógico. Y todavía podemos ir más allá en nuestro pensamiento, entrando quizás en
un terreno en el que conviene andarse con pies de paloma para evitar de este modo dejar
huella y testigo de la andanza.
Nos encontramos por un lado con la creencia en la existencia del Dios y por otro
lado con la existencia del Dios. Mucho me temo que el asunto de si el Dios existe o no
poco o nada les importa a aquellos que en Él creen, y menos aún a aquellos que, por los
intereses que sean, tratan de hacer creer a otros en Él, es decir en su existencia (porque
creer en algo es creer en que ese algo existe). Por tanto ha de ser la creencia en el Dios y
no el Dios mismo, la creencia en que existe y no su existencia, lo que debe ocupar el
centro del debate en torno a la problemática que la idea de Dios y la acción por ésta
dirigida provocan.
De existir el Dios la creencia en su existencia adquiriría un fundamento fuerte que
la corroborase, legitimándola y dándole un carácter científico-racional, siempre y cuando
su demostración fuese posible. Pese a ello en poco se vería afectado su contenido; y es
que eso es lo propio de las creencias: nada tiene que aportar al contenido la ausencia o no
de fundamento, sino más bien al contrario. Una creencia débil, es decir una creencia
ilegítima y no-fundamentada, pero que por unas determinadas circunstancias históricas,
políticas, sociales o económicas (estas últimas son las que más peso han cobrado dentro
del organigrama de la Iglesia Católica, sobre todo en nuestro tiempo) ha logrado
sobrevivir durante un largo periodo de tiempo como creencia generalizada dentro de una
comunidad, se convierte en una creencia fuerte. Y su contenido, pese a no estar
fundamentado, adquiere valor por sí mismo, no requiriendo nunca más de elemento
último de justificación.
En las creencias y opiniones, al contrario de lo que sucede en las razones, es el
contenido el que modela al fundamento. Y sea esto quizás por el carácter popular que
tienen las primeras frente a las segundas, haciendo que se adopten como costumbres; cada
generación en la que una creencia ilegítima o débil logra mantenerse en pie supone la
incorporación de un elemento más de legitimación, porque se le añade también algo de
ficción y de retórica, hasta convertirse en tradición.
Así es como creo que, de demostrarse algún día que no existe ninguna idea ni
ningún concepto absoluto (de existir el Dios todopoderoso ha de existir, según mi
pensamiento, de esta forma) que pueda identificarse con la figura del Dios del
cristianismo o del Dios de las religiones mayoritarias (todas monoteístas y por eso
estructuradas según la imagen de dioses todopoderosos y omnipotentes, señores únicos y
eternos del mundo y del universo), las gentes seguirían creyendo en Él como ser de todos
los seres que hace ser a todo lo que es, porque en algo había que creer.
De todo lo visto hasta ahora extraigo, a modo de resumen, dos conclusiones:
1º Nada aportan ni Dios ni su existencia a la creencia en Dios y en su existencia.
2º Lo peligroso y lo que merece ser controlado es la creencia, no el objeto de la
creencia ni el creyente, porque hemos visto que sin objeto de creencia ésta puede seguir
viva hasta convertirse en creencia fuerte aún sin fundamento; y bien posible es que
perezca el creyente manteniéndose viva, en los otros, la creencia.
Las creencias y las opiniones se propagan como virus que van infectándolo todo
hasta que la sentencia emitida a modo de profecía por Juan de Mairena, a.k.a. Antonio
Machado, de que por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, se convierten realidad.
Y ¡voilá!, ahí tienes el poderoso edificio de nuestro conocimiento, destrozado y hecho
añicos.
Y es que, como también señala el muy excelentísimo Juan de Mairena, español
entre españoles y andaluz entre andaluces, caballero hidalgo de las letras y del folclore
español, nada hay más pragmático que una creencia; el creyente cree en aquello cuya
creencia le resulta útil. Si la creencia en la existencia del Dios no le reportase al creyente
la esperanza en la posibilidad de alcanzar la salvación eterna hacia una vida mejor y más
buena, es decir una utilidad trascendental, nadie creería en Él. Recordemos no más la
conversación que relata nuestro castizo don Juan entre un filósofo pragmatista y un
confitero.
-Le conviene a usted creer en Dios-, dice el filósofo.
-¿Pero Dios existe, señor doctor?- le contesta el confitero.
-Eso es cuestión baladí. Lo importante es que usted crea en Dios-.
Si en la última intervención del pragmatista sustituimos importante por útil no
sería necesario continuar con el desarrollo de la exposición sobre el carácter pragmatista
de una creencia. El hombre cree en algo porque le interesa creer en ello, porque es útil
para su vida laboral y social creer en algo, es decir, en que ese algo existe. Y si es cierto
que por debajo del pensamiento se esconde la creencia, que más allá (o mejor más acá)
de las razones sólo hay opinión y apariencia, resultan dos aterradores hechos:
1º Todo conocimiento está fundamentado sobre una creencia, que a su vez está
fundamentada sobre la ausencia de justificación. Por tanto todo conocimiento es
conocimiento ilegítimo e injustificado.
2º El valor y el sentido de todo conocimiento reside en el valor y sentido de la
creencia a partir de la cual el conocimiento se desarrolla. Por tanto el valor del
conocimiento es la utilidad que éste pueda tener para el hombre que lo posee y hace uso
de él. El conocimiento no es entonces ni bueno ni malo, ni verdadero ni falso; sólo útil o
inútil. Y será útil e inútil para la satisfacción de los intereses de unos pocos dominadores
(porque quien tiene conocimiento tiene el poder y quien tiene el poder tiene las llaves del
conocimiento y del pensamiento). Por tanto el conocimiento es útil para el aseguramiento
totalitario del Poder.
Por eso os recomiendo que, creáis en lo que creáis, hagáis de vuestra creencia una
creencia bien fundamentada (sobre la posibilidad de las creencias fundamentadas
hablaremos otro día ya que, ¿no es una creencia fundamentada eso a lo que se llama
precisamente conocimiento?) sobre la que comenzar a construir, con diestra mano, el
poderoso reino del conocimiento que tanto esfuerzo y tanto sacrificio le costó levantar a
Cartesio, sin demasiada fortuna. Y también que evitéis caer en la crítica fácil hacia el
creyente y agucéis vuestro ingenio contra la creencia porque la crítica lanzada hacia una
creencia ilegítima se convierte en protesta, y rápidamente la protesta en cambio y el
cambio en transformación social. Sólo unos pocos sobresalen por encima de su
generación en la protesta, pero esos pocos son los que consiguen, no en pocos años
(Ortega habla de quince años por generación más otros quince de legado), cambiar el
mundo.
Si algún día descubrimos que el éter no existe, no por ello será el éter completamente
jubilado. Porque el éter será siempre algo, aunque sólo sea en nuestro pensamiento.
De nuevo sale Antonio Machado al paso para defender la idea que presento en este
artículo. Si el Dios no existe ahí afuera como capitán general del universo y comandante
en jefe de todos sus ejércitos seguiría existiendo aquí adentro como objeto del
pensamiento y por eso como una parte aún por realizar de la realidad del sujeto. De ahí
que creer en el Dios no sea otra cosa que hacer al Dios, construir en la realidad la imagen
del Dios que reside en el pensamiento. Y hacer al Dios es vivir en el amor al prójimo, en
la entrega a lo público y en la búsqueda, tan excepcionalmente humana, de perpetuación
y trascendencia. Y es también así como justificamos la idea unamunesca del Dios como
un Dios personal: nuestro Dios personal hace de la creencia una creencia personal, casi
reducible a opinión aunque no por ello a apariencia (creer en el Dios es hacer al Dios, lo
que equivale a transformar la realidad en virtud al amor al Dios, que es amor al Hombre,
significando en último lugar fabricar un mundo mejor), y de la puesta en práctica de la
creencia, que es la verdadera fe, una fe ineludible como destino último del ser humano,
un hacer personal pero que no por ello deja de ser universal, porque va dirigido a la
Humanidad al completo.
Eduardo Gutiérrez Gutiérrez
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