ABRIL 2015
Nota editor.
Dejen que les cuente una historia. Un hombre y una mujer amanecen en camas
separadas. Ambos, en una inintencionada misma vez, abren los ojos, la luz que les
inunda no es la misma pero aun así sus brazos empujan a la vez distintas sábanas. No
hace falta que les diga que sus caminos continúan encadenando movimientos
simultáneos, pero no sólo se encuentran las diferencias en las localizaciones del baño o
la cocina, sus pasos están acompasados, pero son diferentes en número y sentido. Ahora
ya salen los dos de sus casas, pero, aún a tiempo, no comparten el camino recorrido.
Quiso el azar que la realidad se sucediera de tal manera que de su avanzar diferenciado
llegaran a la vez a la misma parada del metro. Curioso que cuando ambos caminos se
cruzan el tempo igualado se pierda. Ella casi choca con su hombro, la gente rueda y
aprieta, él cae al suelo el móvil, se agacha y no puede verla a ella. Ella se baja ya, él
consigo mismo concuerda que lo mejor será bajarse en la siguiente y coger otro metro
en una línea nueva. Ella ya sube las escaleras, al separase vuelven a golpear a la vez las
cuatro piernas, descuelga el teléfono, escucha y gira su dirección y cadera. Él camina
hacia el final del andén, le vibra el bolsillo y no piensa, “necesito que vayas a recoger al
banco los formularios”, sin dejar de caminar vuelve a la puerta, el banco está a un par
de calles, ya, en nada, llega. Ella gira la silla y se sienta, al poco llaman a la puerta. Él
acaba de chocar por tercera vez su nudillo y ya abre la puerta, ella se levanta, sonríe
caminando hacia la mano que él le tiende. Él nota el contacto de la otra piel, es cálido y
firme, se le abren en un ligero exceso los ojos. Le parece como que hubiera acabado una
canción, como que se hubiera roto una cuerda.
Veintiséis ya. Nada que refrene las ganas de vivir, que gritar, ya gritamos aquí
No hay comentarios:
Publicar un comentario