El accidente.

-Uno se cansa de la piedad, cuando la piedad es inútil- Albert Camus

A decir verdad aquella mañana, definitivamente, no distaba mucho de cualquier otra
mañana. Y sin embargo aquí estoy, ejerciendo una marcada diferenciación, hasta ahora
arbitraria para usted que desconoce los acontecimientos que presencié anónimamente.
Habrá quien necesite una justificación de este relato veraz, pues la simple realidad de los
hechos a menudo no es suficiente para el lector suspicaz. A este lector solo puedo decirle
que si escribo esto, ya sea movido por la vanidad o por la ilusión del testimonio, es debido
al impacto que provocó en mi persona y en la de quienes vivimos aquel día tan
aparentemente idéntico a cualquier otro. Por ahora cualquier conclusión está fuera de
lugar y no sería correcto por mi parte sugerirle a usted lo que debería concluir. Así, solo
me queda esperar que esta breve crónica no pase desapercibida a la mirada fugaz de la
inquieta sociedad contemporánea.

En una ciudad como Valladolid, dedicada a la tranquilidad por oficio, los hechos
extraordinarios son un excelente motivo para la tertulia en los bares o en los descansos
para fumar del trabajo. Para huir del aburrimiento explícito una ciudad así se ve en la
obligación de posibilitar cada poco un acontecimiento de este tipo. Si bien en el mundo
actual el bombardeo de información violenta, morbosa y perturbadora es incesante, ésta
no es suficiente para que el hombre de la calle se sienta identificado con el mundo.
Cuando se produjo el atentado contra las torres gemelas en Nueva York, éste dio la vuelta
al mundo en pocas horas, pero solo para los neoyorquinos significó algo más de lo que
transmiten palabras como “tragedia”, “terror” o “increíble”. Ni por asomo se pretende
aquí comparar el horroroso ataque terrorista con el suceso acaecido en Valladolid el día
21 de marzo del 2015; sin embargo mi pequeña ciudad se vio súbitamente agitada por el
terror y se convulsionó angustiosamente.

Cuando aquel sábado salí de casa a las 8:30 de la mañana me dirigía a una biblioteca con
la intención de pasar la mañana trabajando en unos textos de filosofía política. Como dije,
aquella mañana no era distinta de cualquier otra. Era, sin embargo, el primer día de
primavera según el equinoccio. Esperando el autobús trataba de luchar contra la ceguera
del resplandor de un sol potente oculto tras unas nubes débiles pero omnipresentes. Con
mi ojo izquierdo cerrado intentaba detectar la localización exacta del sol, pero únicamente
detectaba una luz lánguida e hiriente sin un origen aparente, a no ser el mismo cielo, todo
él. Había un suave y constante viento, y eso me sorprendió (no porque en Valladolid sea
extraño, que no lo es) porque no era un aire frío. Llevo muchos años viviendo a las afueras
de esta ciudad y normalmente en esta época del año cuando hace viento templado el cielo
acostumbra a estar más o menos despejado. El lienzo nuboso no amenazaba con
chubascos moderados o con tormentas, solo con el reflejo grisáceo e intenso de los rayos
de un hipotético sol. Llegó el autobús y abandoné mi búsqueda estelar. Al montar todo
era como siempre: un autobusero indiferente con bigote conducía un armatoste de metal
y plástico prácticamente vacío. Pero era muy temprano y era sábado, sobran las
explicaciones. La luz fue aumentando durante el trayecto pero ni rastro del sol. Sin
embargo aunque la cantidad de luz crecía, cada vez era más mortecina y la atmosfera
parecía densificarse por una misteriosa concentración.


Llegué a la biblioteca pública de San Nicolás sobre las 9:30. Al igual que la luz, los
viandantes crecían en número, pero parecían cada vez más mustios y apagados. Muchos
de ellos moqueaban y estornudaban en su camino hacia el trabajo o el supermercado.
Decidí sentarme en los bancos que hay en la plaza de San Nicolás a fumar unos cigarros
y ver cómo amanecía el centro de la ciudad. La verdad es que no tenía ninguna gana de
sentarme en una habitación a la luz de los focos a leer pesadas argumentaciones sobre la
relación entre economía de mercado y estado liberal. Así que, como la temperatura era
fresca pero agradable seguí sentado un buen rato más, hasta bien entrada la mañana. Al
final creí intuir la figura del sol elevándose, pero no estaba muy seguro. No veía más que
un mínimo halo circular donde la luz parecía estar fuertemente concentrada. Lo más
extraño era el ambiente: cargado, de un fuerte olor a gramíneas y con una penetrante
sensación de agobio. La extraña brisa templada no disipaba esa sensación de zozobra que
se iba apoderando de la ciudad; todo lo contrario, la incrementaba. Las calles ya estaban
llenas de gente ocupada en sus relajados quehaceres matutinos. Se oían risas, palabras y
quejidos entre las sorbidas de mocos y los estornudos. Recuerdo que lo achaqué todo a
una primavera fuerte y temprana. Debido a que durante toda la semana había hecho una
muy buena temperatura –algo infrecuente en Valladolid, todo hay que decirlo-, y aunque
en los dos últimos días habíamos bajado unos cuantos grados, el polen debía haberse
puesto en movimiento. Pero tendría que posponer esas observaciones durante unas horas,
pues la llamada del deber y la culpabilidad cada vez eran mayores. A las 10:30 pasadas
entré en la biblioteca y no salí de ella hasta las 13:30, hastiado del liberalismo político de
Rawls.

Fui a un supermercado a comprarme algo de comer y llamé a un amigo para ver si
comíamos juntos. Quedamos a las 14:30 en la plaza de Portugalete. Como tenía tiempo
me dediqué a dar un paseo por la zona de la catedral y la Antigua. La gente volvía a sus
casas tras la mañana laboral u ociosa y descubrí un patrón alarmante. Más o menos la
mitad de las personas estaban desfallecidas, parecían absolutamente derrotadas por la
claridad y la exageradamente primaveral atmósfera. Lloraban y estornudaban
frenéticamente, mientras la otra mitad se apartaba de los alérgicos. Aunque en menor
medida, también observé casos de moderado altruismo social con que se engalanan
nuestras ciudades aún chapadas a la antigua. Quiero decir que algunos ofrecían pañuelos
de papel a los llorosos moqueantes, o si alguno parecía especialmente enfermo se le
ofrecía un hombro como apoyo y unos ojos de guía. En la plaza de la Universidad un
anciano cayó al suelo y unas tímidas muchachas se acercaron cautelosamente. Trataron
de darle la vuelta y cuando lo consiguieron se apartaron con un agudo chillido. El hombre
luchaba por respirar con la garganta hinchada y se arañaba violentamente el cuello en
busca de vida. Yo que pasaba por allí y lo vi llamé rápidamente al 112. Para cuando
llegaron los servicios de reanimación no pudieron hacer nada, el anciano había dejado de
respirar para siempre y su cara imitaba el color de las lilas más oscuras. Más tarde me
preguntaron qué había visto y les respondí lo que acabo de relatar. No insistieron más y
me dijeron que no era el primer caso, que durante la mañana ya habían recibido varias
llamadas y que al parecer este anciano era el segundo cadáver. Cuando llegó mi amigo le
conté todo esto, y me dijo que él había estado toda la mañana en casa y que había visto
en un informativo matinal que en el centro de Castilla y León se estaban moviendo
grandes masas de polen. Al parecer el número de alérgicos afectado era considerable.
Comimos comentándolo cada vez más molestos por la nube de polvo que se posaba sobre
nosotros. Por suerte ninguno de los dos éramos alérgicos, pero aun así era incómodo. Yo
presentía que aquel día no iba a acabar bien, que iba a morir más gente y que la tensión
iba a crecer, y así se lo dije a mi amigo que se mostró de acuerdo conmigo.

A eso de las 17:30 volví a San Nicolás y estuve trabajando hasta las 20:00. Ya anochecía
y el alumbrado público no tardó en encenderse. Para mí fue un alivio la desaparición del
resplandor cegador del sol en el cielo grisáceo. Sin embargo la luz de las farolas hacía
patente la nube de polen que nos recubría como un manto fantasmal. Esto que he contado
hasta ahora es de sobra sabido por todos los vallisoletanos y otros españoles. La alergia
que invadió las calles, creando nuevos alérgicos y llevándose consigo a algunos veteranos
del Ebastel tuvo ciertas consecuencias internas, algunas de las cuales yo presencié, y que
pese a lo patético e inverosímil, sucedieron de veras. Esta nube de estornudos, lágrimas y
estertores duró aún una semana más y llegó a trastornar la típica calma vallisoletana, pero
la crónica completa de la ya conocida como “semana del polen”, puede encontrarse en
los periódicos locales, incluso en algunos nacionales. Yo he de contar una historia de
tantas otras que, en mi opinión, ilustra lo patético de toda esa semana, tanto en sus causas
como en sus consecuencias.

Como aún era pronto y la temperatura no llegaba aún a ser fría, decidí dar una vuelta larga
hasta mi parada de autobús. Atravesé la Rondilla y antes de llegar al clínico entré en el
Sinatra a tomar un café. Habría unas 12 personas más el camarero. Me senté en una mesa
y saqué un libro para pasar el rato. A la media hora salí de allí. Las calles estaban llenas
de pandillas que se movían en busca de sus diversiones de sábado: música, baile, alcohol,
evasión, en fin, fiesta. Yo me cruzaba con ellos intentando detectar rasgos de la alergia,
y los vi, claro que los vi, pero los benditos inútiles sabiamente eligieron disfrutar y morir,
antes que aburrirse en casa. No era razonable sacrificar la alegría por la invasión de la
alergia. A pesar de todo, el sábado es el sábado. Cuando estaba pasando por la plaza de
la Casa del Estudiante me senté en un banco a fumar un cigarro. A tres bancos de
distancia, había una pareja que se besaba con entusiasmo. El chico apartó la cara de la
muchacha y estornudó de lado. Saco un pañuelo y se sonó. Algo le susurró ella a él, que
asintió encantado. Yo, como un voyeur profesional miraba todo desde la sombra, sin
intención de ocultarme, de hecho, sin intención alguna. Sin asomo de corte o timidez la
chica le desabrochó el pantalón y comenzó a lamer sus genitales con dedicación. Parecía
convencida de que no había nada más fuerte que la insistencia, como si esta compensase
cualquier carencia técnica y moral. Me extrañó, la verdad, porque había mucha gente en
la calle, de todas las edades, y estábamos aún muy próximos al centro de la ciudad. Pero
allí seguía ella chupando y chupando con una dedicación religiosa. El chico a medio
camino entre el gozo y el esfuerzo por no estornudar y estropearse la mamada, estaba en
un éxtasis comatoso. Como es lógico, apareció la policía –yo juraría que alguna vieja
escandalizada les llamo-. Se fueron acercando a la pareja y encendieron sus potentes
linternas led en la cara de los chavales, mientras uno decía “venga chicos, ya vale”.

Y he aquí, que la chica no paró. Seguía obstinada en su juego de labios, lengua y garganta,
y unos funcionarios municipales no la iban a estropear la función. El chico en cambio,
abrió los ojos impresionado. No se achantó ante las luces, sino que estornudo de golpe
una masa mucosa sobre la mano de uno de los policías. Este no se lo tomó nada bien y
con un tirón de pelo separó la cabeza de la chica del pene de su novio. El chaval reaccionó
violentamente, y aún con el miembro fuera y los pantalones medio bajados, dio un
puñetazo en la cara al policía que sujetaba la cabeza de su chica. Nadie se esperaba esa
reacción y el policía cayó al suelo noqueado. El otro policía, el más joven, se asustó y
retrocedió un paso. El chico se subía mientras tanto los pantalones y se abrochaba el
botón; pero aún tenía la polla fuera cuando vio como su chica se abalanzaba sobre el
policía en pie. Yo, de verdad, no daba crédito, estaba muriéndome de la risa, pero no
quería que detectaran mi presencia. Y entonces pasó: el policía estornudó empujando
violentamente a la chica que cayó de espaldas y dio con la nuca en el banco. El chico, aun
con su pene colgando por la bragueta se lanzó en carrera a por el policía, quien paralizado
y pálido, con el impulso de un escalofrío desenfundó su arma reglamentaria y disparó. Y
ya no había nada colgando en la bragueta del chico, solo una mancha oscura que se iba
extendiendo. Dejé de reírme; ya había un buen corro de curiosos alrededor de los bancos
y decidí unirme a ellos, pasando así desapercibido. No sé cuánto tiempo pasó,
posiblemente muy poco, hasta que llegaron las ambulancias y los otros coches de policía.
Dispersaron al personal que gritaba furioso acompasando los alaridos de dolor del
castrado, y se hicieron cargo de la situación.

La noticia pasó muy desapercibida, sepultada convenientemente por el aumento del
polen, de los días grises y de los alérgicos afectados. En alguna columna del periódico
local se publicó el incidente, cargado de eufemismos y un rigor periodístico que más que
esclarecer los hechos, los oscurece. El titular decía: “Un joven pierde sus genitales en
altercado con la policía por escándalo público”. Yo recuerdo haber pensado en aquel
momento que aquel pene asesinado, y aquella chica desnucada, eran el broche de oro
perfecto para un día de mierda en una ciudad que se goza de estos pequeños delirios tan
humanos. Ya había partida para rato en el juego vallisoletano, había nacido una leyenda
–como todas, basada en hechos reales- de la que yo espero ser el narrador objetivo. Es
encantadora esa inocente facilidad con la cual un accidente se convierte en un hecho
fundamental. Como el lector imaginará la opinión pública preocupada por la alergia no
dio demasiada importancia al accidente. Sin embargo estoy convencido –y ya se van
manifestando los motivos de mi convicción- de que algunos colectivos y organizaciones
trazarán con elocuencia un discurso sobre los valores fundamentales de la libertad, el
respeto y algunos derechos inalienables más, gracias a un accidente ridículo al cual se
apelará como justificación última de la decadente justicia de una sociedad aburrida.

David Álvarez García

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