Taller de Imaginación.

Sobran las explicaciones, pero quiero repetir que no hablo desde ninguna perspectiva teórica que pueda considerarse académica. Tengo la costumbre de almacenar impresiones, problemas y dudas, con la sana intención de algún día estar delante de la solución y que mi cabeza se sorprenda con la conexión. Y, sinceramente, en toda discusión que se extienda en el ámbito de lo social, en la que uno trata de moverse con toda la sociedad entera, siempre alguien se vence y se queja de la educación que la mayoría presenta. Qué les voy a decir, será queja de viejo, pero estoy completamente de acuerdo. Si uno considera que es necesario para que se dé un cambio político con profundidad y estabilidad han de pasar unas tres generaciones, debe comprender que uno de los factores que determina este tiempo tan largo es el modelo de pensamiento que presentan los individuos que forman tal sociedad.

Para no ir excesivamente despacio movámonos entre supuestos. Concedamos a la realidad que la sociedad se da, en una de sus partes –nótese la prudencia-, como un conjunto de constructos ideológicos de índole variada, morales, políticos, físicos, etc., que comparten de manera más o menos esencial los individuos que viven en ella, que la hacen real. En esta relación lo que quiero resaltar es la determinación que se presenta en el individuo, determinación que nos permite predecir la norma en la respuesta a tal o cual estímulo entre los individuos que conforman la sociedad. Pero veamos esta determinación antes de qué se dé, en el individuo que nace en la sociedad.

No seré yo quien niegue la parte creativa del hombre, pero creo que para vivir a través de ella es necesaria una autoconciencia previa, la misma que para alcanzar la máxima expresión motora. En las primeros años del individuo no se da esta autoconciencia, es más, tardamos entre seis y dieciocho meses. Pero no nos quedemos tan atrás, durante los primeros años del individuo su primer contacto con lo social se da en la escuela, allí conoce la vida entre la pluralidad, a una escala reducida pero suficiente, allí conoce la norma y conoce la autoridad; la autoridad con la que no se establece un vínculo afectivo, más difícil de comprender que la que se da antes en el seno familiar. No quiero quitar valor a la educación familiar, es más, yo le adjudico un valor capital, pero mis ideas acerca de ella son todavía demasiado confusas.

No creo equivocarme al afirmar que en la determinación histórica del individuo, enfrentada a la determinación natural, la educación institucional tiene una presencia muy fuerte. Puede ser que el individuo viva ochenta años y sólo pase 20, siendo optimistas, de esos años inmerso en la educación institucional, pero lo que allí ocurra lo acompañará con fuerte presencia durante los sesenta restantes. Incluso si quiere desprenderse de ello necesitara varios años de autocrítica, quedando ésta última experiencia como referencia vital para el sujeto. Y, con lo que alcanzamos la tesis, tampoco creo equivocarme en decir que la educación que se imparte desde la institución no permite al individuo explotar suficientemente sus capacidades. Creo que en la delicada situación en la que se encuentra el individuo en su origen éste decide en base a sus nuevas experiencias la dimensión del ámbito de posibilidades en las que se encuentra, sobre las que se decidirá como individuo. Entiendo que el proceso educativo



debe comprender también el desarrollo de habilidades de la parte creativa del individuo. No sólo hablo de una mayor y mejor presencia del estudio de las habilidades artísticas, de naturaleza artística pero no de forma esencial, sino de la capacidad creativa en su expresión improvisativa, si se me permite el palabro. Para no complicar el texto, acerquémonos a este concepto con un ejemplo: cuando cualquier individuo se enfrenta a una situación concreta debe, supongo, desarrollar en su mente las diferentes acciones posibles que realizar como respuesta y elegir entre ellas la que hará. Si es una acción ya repetida puede que ya exista una acción preferida y no sé de esta lista, pero ante acciones nuevas este momento de creación y memoria adquiere un alto valor. Uno juzga las cosas que puede o no puede hacer en base a sus experiencias y a sus juicios ya aceptados, el prisma bajo el que mira la realidad, y yo digo que estos juicios pueden condicionar negativamente al individuo, incluso pueden negarlo. Estos juicios se adquieren de forma similar a los valores morales –incluso diría que estos valores también lo son, en tanto que ficciones dentro de la ficción moral- y cuando el individuo carece de capacidad crítica, o no sabe utilizarla correctamente, puede aceptarlos y afianzarlos sin considerar si le liberan o le reprimen.

Como trato de caminar hacia delante en esta relación y la configuración interna de la psique del individuo, transformada e implicada por la psique colectiva, y la educación institucional, en la que las más de las veces se forja, he creado un pequeño ejercicio que puede ayudarnos, al menos, a que mi visión sea un poco menos oscura:

Les propongo un taller de imaginación, que si son curiosos, pueden probar con un interlocutor de cualquier edad y puede que de cualquier condición. Sigamos en el ambiente escolar. Imagínense una pizarra en blanco, el color fondo es indiferente, y traten de ocupar los dos papeles, el del conductor del ejercicio y el de la persona que lo realiza. Desde la perspectiva del conductor dibujamos un triángulo con el dedo, en el aire, en frente de la pizarra. Tras este momento debemos conseguir que la conversación se centre en las características del triángulo, sus lados, sus ángulos, su dimensión, su posición respecto de la papelera, etc. Debemos conseguir que la clase vea el triángulo en la pizarra, cuando en realidad ha sido capaz de crear un triángulo de referencia en su cabeza, idéntico al de sus compañeros en cuanto a las características de las que se han hablado. Sentados en frente de la pizarra tenemos una primera referencia visual con el dibujo que de memoria volvemos a realizar en el aire desde el hecho por el conductor a dedo. Contamos con un contexto definido, el marco de la pizarra, lo que nos permite una mayor concentración al diferenciar lo imaginado de lo real espacialmente. A través de la memoria conseguimos asentar la nueva información escuchada acerca de las características físicas del triángulo, lo que nos permite definirlo cada vez más. El tercer paso consiste en trasladar ese modelo mental a la realidad física y compararlo con ella.

Con este ejercicio conseguimos, desde mi recopilación inexperta de cualidades, un desarrollo de la atención, concreta y continuada, al obligarnos a acostúmbranos a trabajar con un modelo imaginado, un desarrollo de la capacidad de creación, que se refuerza con el trabajo con modelos imaginarios e indeterminados; desde una nube de gas a un tratado de metafísica. De igual manera podemos alcanzar un desarrollo de la capacidad de comprensión, al poder profundizar en los diferentes niveles de composición de las ideas y de los conjuntos de acciones, al igual que un pintor que estudia anatomía podremos movernos mejor con ideas más grandes y externas. Y sobre todo, un desarrollo de la memoria, comenzándola a comprender en su papel de pizarra en blanco, sabiéndose propietario de un bloc de notas no determinado por nada, pudiendo llegar a extender ese ámbito de posibilidad a todo sentido vital. Con el uso continuado de esta capacidad supongo un desarrollo final de la capacidad de visualización espacial –teniendo como referencia alentadora la figura del ciego que crea en su mente la calle, la gente y la ciudad entera- y de la perspectiva. Una vez que se comprende el problema y su contexto, que se puede predecir sus respuestas también es necesario extender mucho más el ámbito de acciones relativas a él y adquirir en el trance una perspectiva más global, en el trato de eliminar los diferentes prejuicios del acercamiento personal.

Con ello no busco que el individuo aprenda a ser una máquina que alcance a borrarse de su propia visión subjetiva, sino que alguno de los que se sumerja en esta propuesta llegue a comprender que igual que en su memoria y en su imaginación puede imaginarse cualquier camino posible, esos caminos se pueden encontrar en la realidad y pueden ser tomados. Cerrando el círculo, desde algún tiempo a esta parte he pensado que el mayor problema que puede tener ser todo poderoso, en el caso de que realmente pudiéramos tomar cualquier camino de acción y realizarlo con una facilidad insultante, es que puede ser que no seamos capaces de imaginar todas las cosas que realmente podemos hacer. Como si imaginara que si todos tuviéramos ese poder ninguno repetiría vida, incluso habría diferenciación social, como si pudiera oír los “no sabía que podíamos hacer eso”.

Sé que les asusta el caos, el cambio y la anarquía; más incluso en el ámbito individual. Sé que abrazan su Estado porque les protege de la indómita y peligrosa voluntad del otro, pero creo que estos miedos son infundados. Creo que en algún momento de su vida se olvidaron de plantear si de verdad eso era así y simplemente se dejaron llevar por sus impresiones, incluso algunos de vosotros lo vería y no se permitiría cuestionarse esencialmente, sólo unos pocos que les den a todos y mejor en privado. No pretendo ofenderles, sólo trato de hacerles ver la necesidad de no legar más estos condicionantes a las nuevas generaciones, de que comprendan la necesidad de que pueden hacer lo que quieran, aunque necesiten conseguir crear el modo. Igual que un artista se renueva y muere, se arriesga con nuevos modos de expresión, o un deportista abandona sus líneas y se busca en nuevas acciones, pueden cambiarse a sí, pueden cambiar la sociedad.

Que pasen los años que tengan que pasar, pero empecemos ya a comprender y a enseñar que nuestra capacidad de creación no conoce límites –y si estos condicionan nuestra visión de la realidad nos es indiferente, es en esa realidad donde creamos- y que podemos crearlos, pero es profundamente negativo adquirirlos y no cuestionarlos, porque si no los criticamos y comprendemos pueden condicionarnos y nosotros creerlos inmóviles, esenciales.

Carlos Esteban González

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