La nada más absoluta es lo que aguarda a todo aquel que busque la vida.
Hay sueños, distintos tipos de sueños. Por un lado están los sueños que tenemos cuando dormimos; a esos yo los llamo pesadillas. Encontramos luego los sueños que tenemos mientras estamos despiertos; también en estos hay pesadillas, pero no lo son por su contenido onírico, sino solamente por su absoluta falta de contenido: son formas geométricas a veces teñidas de melancolía histórica. El recurrente sueño de vivir en otra época, en la famosa arcadia perdida, es una pesadilla cruenta. Luego están los sueños que tenemos despiertos y que no son pesadillas, que pueden reducirse en última instancia a expectativas y delirios de grandeza. Estos son los únicos sueños sanos, pues tiene una evidente fuerza positiva, un impulso plenamente vital, usualmente estúpido, pero vital.
La vida no es sueño, y si lo es no hay forma de saberlo: desmintiendo consuelos.
¿Acaso nos odia el creador de la conciencia? No, eso es lo peor; no hay odio ni amor ni culpa, solo el dolor y la conciencia del dolor. Las preguntas que nos hacemos son sintomáticas de la forma de vida que llevamos, llegando incluso a constituir la forma de vida que queremos llevar. Así pues ¿es toda forma de vida una enfermedad? En realidad es diáfano el centro de todo el planteamiento: el presente. Por lo tanto: el tiempo. Todo lo aprendido de la filosofía queda plasmado en todo cuanto hago; pero no todo ello es filosofía; de hecho, no creo haber hecho nunca filosofía, sino solo bosquejos en un estadio anterior del lenguaje: desde el mismísimo Big Bang de la razón. Los ensayos trazados no son filosofía, sino que solamente son filosóficos. ¿Qué es filosofía?
Con veintipocos años nos vemos asolados por la ansiedad; el pesimismo que se extiende irrumpiendo en cada rincón del ser como el perfume de la mujer amada, nos invita a ocupar la última esquina del polígono no euclidiano y desde ahí nos reta a emprender la reconquista. Quiero decir que nos retamos a nosotros mismos, en tanto nosotros mismos somos el caudillo del pesimismo histórico y metafísico. La metáfora ilustra la realidad de la ansiedad de quien vive, no para él, sino para otro yo imaginario, desconocido y casi con certeza, ser de la inexistencia parmenidea. De nada nos sirve que nos griten desde todas las instituciones de la humanidad y de la razón pura: “no hay prisa”. Para mí, ahora, la vida es prisa, y solo añoro la lentitud asesinada.
El futuro ese gran desconocido, contenido en el presente como infinito, es solo la menor de las causas de la ansiedad. ¡Qué importa malvivir si se vive! La muerte en cambio, pesa más cada noche, pesa como la luna imaginada a las afueras de la luz de la mesilla de noche. Y el amanecer, amigo traicionero que cada aurora nos invita al olvido y a la acción, lacera las oscurísimas pupilas. El hombre es un animal, solo eso maldita sea, pero es el animal que soy y no puedo soportar la idea de su ausencia. Poco importa el odio divino hacia uno mismo cuando lo único que permanece en el intervalo del cosmos es la memoria.
Existe, o al menos es lógico que exista, la posibilidad de que todo vaya de puta madre; de ser un enfermo taciturno, un susurro retrogrado que no puede evitar el impulso de contagiar su mal a la totalidad del ser. ¡Ah, bálsamo cándido y piadoso, cuan relajante sería un baño en las orillas de tu terma! Entonces, y solo entonces, y aunque de forma paradójica, sí, como una broma pesada del destino (¡vulgar expresión!), habré conseguido mantenerme fiel a mí mismo, y nada habré de temer.
De todos modos es imposible ignorar a Houellebecq: “No conoceréis nunca con exactitud a esa parte de vosotros mismos que os empuja a escribir. Sólo podréis conocerla bajo formas aproximativas y contradictorias. ¿Egoísmo o devoción? ¿Crueldad o compasión? Todo podría sostenerse. Prueba de que, finalmente, no sabéis nada”. Es verdad, no sabemos nada.
Hay tantas cosas que importan; ojalá jamás derrames una lágrima por mí, personalmente hablando. Si al leerme te entran ganas de llorar, entonces estoy haciendo bien mi trabajo. Pero yo no me refiero a eso: es solo que, no quiero hacerte daño. Pero, tampoco lo puedo saber; es arriesgado aventurar que me conozca a mí mismo hasta ese extremo. No obstante, si la confianza depende de la intencionalidad de los participantes en un contrato sea del tipo que sea, puedes confiar en mí.
Me ha costado años tomar esta decisión: miedo o suciedad (¿miedo o cobardía?). Más bien, me ha costado hacerme consciente de la decisión que tome hace ya tanto tiempo. El punto de apoyo de que dispongo: no quiero dejar de creer en algo, en lo que sea. Yo elijo mis propias creencias. Elijo el miedo.
Puedo que sea cosa mía, pero creo que resulta evidente la sinuosa estructura de mis palabras. A veces hablo a personas, a veces escupo mis monólogos internos, a veces hablo solo a un ser; otras hablo con fantasmas o conceptos, y siempre hablo con todos vosotros, muy a mi pesar.
Siento como me apago, la noche es joven, y siento como me apago.
Pero sin acciones que realicen la obra, siempre cabe un espontaneo renacimiento. Mi propósito en esta vida es escapar a la ausencia de propósito en esta vida. No es que pueda permitírmelo, a fin de cuentas no solo no soy estúpido, sino que además sufro de exceso de conciencia (trágico error de la naturaleza). Soy un instrumento biológico, paradigma de nuestra especie; no soy especial, pero si no quiero negar la necesidad de la contradicción debo reconocer que creo serlo. Si esto es lo que determina el gen de la libertad, revestido de mi autonomía, me coloco bajo la norma.
Nada acaba nunca, es decir, deberíamos replantearnos la función de la muerte.
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Tampoco es que sea conveniente dejar pasar el tiempo convencido de que la muerte es irrefutable.
No podemos justificarnos en eso para perder la vida, y más si se intuye un sentimiento.
Dejar la puerta abierta a la posibilidad de un encuentro inverosímil es una gran fuerza
y se puede aprovechar para, a pesar del miedo, caminar por la ciudad buscando un refugio
y una vez sentado en la soledad de una abarrotada cafetería burguesa, leer a Marx y a Baudelaire
solo distraído por tu ausencia; por algo más, por la ausencia plena y cristalina de todo.
Aun así no es plausible desechar una cruel esperanza, amenazada por presiones y amistades.
Un resquicio de orgullo despreciable determina, a su vez, la negación de tu rechazo.
¿De qué me sirve esto frente al cansancio, frente al terrible cansancio de un nuevo amanecer?
Un nuevo amanecer del que no soy muy consciente bajo el foco de la luz artificial, mortal,
mientras miles de mujeres duermen, más mal que bien, obligadas a sentirse ofendidas
mientras a un nivel más profundo –el más profundo- solo lamentan la pérdida de su desgracia: la inexistencia del amor.
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Me levanto como un zombi insomne
En busca de tabaco, papel y filtros
Busco dormir en el cálido humo
Dormir para siempre.
Las letras no ayudan, pero son necesarias
La búsqueda de la rima a veces relaja
La sombra se cierne sobre el blanco horizonte
En la vida o en la muerte, no hay sentido que valga
Excitado por el rasgar del lapicero
Y mecido por la pastosidad bucal
Continúo a trompicones
Mientras la noche no da tregua
Apenas queda tiempo, el cigarro me consume
Es de noche, ya lo he dicho
La ilusión del agua limpia, fresca y clara
No me la creo; algún día he de morir
Ahora.
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Es la misma noche, y el mismo cigarro. Me arden los dedos amarillentos. Estoy entre dos horizontes pero sé que el mundo es redondo, una esfera casi perfecta. Aborrezco la geometría por momentos. Descubrí antes que nadie a Lovecraft, que no me priven de eso. El sol, aunque sea de noche, me amenaza con el desierto que conozco de sobra.
Puedo sentir como se dobla y descoloca mi columna vertebral. Duele cada vez más. Los conceptos son esqueletos de la vida y cuando les uso, noto como se deforman, como mi espalda. No hago otra cosa que trascender, pero sé que la acción es urgente. El segundo Wittgenstein, admirado filósofo, fue instrumento de una violenta y profunda poesía.
En los momentos –que suelen darse en la noche-, en que tumbado en la cama angustiado por dolores y posibles hipocondrías, pegas la oreja al colchón, puedes oír como los muelles de éste saltan intentando matarte. Es entonces cuando debes apoyar la cara en una fresca hoja en blanco y tener un lápiz en la mano por si acaso. Mi mano no es diferente de la tuya, seas quien seas. Ante todo no te muevas de la cama. Es el único refugio seguro.
Interpelo a tu suspicacia para implorarte que abandones la ingenuidad de la crítica socio-política: en todas las posibilidades presentes a estas alturas de la Historia estoy condenado a esta intersección. De hecho es posible que el liberalismo sea la mejor opción para la especie, y, visto lo visto, esa meta es mi única posibilidad. Eso y que La Tierra aguante al menos cincuenta generaciones más. Además por apellido seré de los primeros de la lista.
Podría seguir hablándote toda la noche, pero en este periodo de tregua con el insomnio he de aprovechar a dormir y soñar. Aguante lo que aguante prometo volver a buscarte. Ten claro que no puedo salvarte.
David Álvarez García
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