Si escribir no fuese más que abandonarme en manos de mi contexto y dejarme llevar ¿por qué iba yo a escribir? En poesía y literatura no es tan obvio que el hombre que está detrás de las palabras sea un instrumento de su época histórica, pero si en la filosofía lo es, en esas otras artes también. Yo no creo que sea así, o al menos no quiero creerlo. Cada vez me cuesta más escribir, esa es la verdad. Es como si las, antes frecuentes, inspiraciones se hubiesen desvanecido en un aire espeso, cargado de insignificancia. Me digo a mí mismo que es una racha, que tengo asuntos que me oprimen, dificultándome este inmenso placer que supone para mí dar rienda suelta a mis pensamientos. Además no es que sea únicamente un placer, es un deber autoimpuesto, es el objetivo, la meta que me he dado en esta vida. Así, no solo me veo privado de un goce, sino que esta carencia me llena de culpabilidad, de la más íntima responsabilidad moral para conmigo mismo. De cierta manera, agradezco participar en esta revista pues me obliga a escribir al menos una vez al mes, algo con lo que quede medianamente conforme durante su publicación. Es evidente que también hay mucha insatisfacción.
En la lectura me ocurre algo análogo. Leer sí que es un puro placer –por mucho que en la carrera se empeñen en destruir semejante entusiasmo. Y sin embargo encuentro un desencanto creciente, sobre todo en la filosofía. En parte esto es producto, como digo, de la universidad y de mi relación con ella. Lo que empezó siendo emoción, descubrimiento, un mundo nuevo de saberes, ha quedado reducido a una institución fría e indiferente que no da nada que no le arranques tú por la fuerza. Es, como diría el jefe Brondem, una parte ruidosa de la gran maquinaría central, y todo lo bueno y valioso que promete es un susurro que oculta la crueldad del frío metal de los pistones y los engranajes. Si quería aprender filosofía, era por mi necesidad de descubrir el silencio oculto tras el sonido que se desprende del mundo. Esa necesidad sigue en mí, pero he concluido que la universidad no es un medio para tal fin. O, como mínimo, yo no he conseguido encontrar el sinuoso camino hacia la Verdad que se esconde tras esa construcción histórica –y esencialmente vacía- que se enseña en mi carrera. Pese a todo reconozco haber aprendido datos y teorías interesantes –no obstante, el balance es indudablemente negativo. Pero la actividad de leer me empieza a pesar como una obligación, cuando no puede ser tal. Siempre, desde mi más tierna infancia he amado leer y lo hacía movido por ese amor, por ese sentimiento absoluto de felicidad que me embargaba al posar mis ojos sobre una novela, un ensayo o un cuento. Ese sentimiento fue madurando al encontrar en la lectura la satisfacción de mi ansía de sabiduría, mis ojos se volvieron lentos, cautelosos, suspicaces, y el placer iba en aumento. Pero ahora, cada vez más, en la fantasía solo encuentro arena irritante, en la ficción humo inasible y en la filosofía cadáveres vacíos que más que miedo, me dan vértigo. Por detrás de todas estas impresiones contemplo como un resplandor enfermizo y delirante que, supongo, será la vida.
No es fácil escribir cuando no se cree en nada. El nihilismo me viene grande, es un abismo en el que tampoco puedo creer con lo que la distancia entre el mundo, la realidad y mi conciencia es cada vez mayor. Veo como la ciencia y el arte, mis dos pilares hercúleos, caen presa de la masificación, quedando su pureza en un mero ideal caduco. Pero, en fin, podría decir que sí creo en algo, es en eso, en la ciencia y en el arte. El redescubrimiento de la música me da fuerza para luchar contra la decadencia que como una tormenta apocalíptica se cierne sobre mi mundo. La rabia de ver a la ciencia pura postrada ante los intereses materialistas de una sociedad acomodada y débil, arrasada por la banalidad de las masas, me hace querer saber más de biología y física. En una palabra: no me rindo. La única rendición que contemplo es la muerte, la cual siempre está, como un bálsamo definitivo, al alcance de mi mano. El suicido, como posibilidad, es una fuerza de mayor intensidad que la pasión más violenta. Me permito, pues, así impulsado, escribir un breve bosquejo de la atemporalidad de la filosofía (que es precisamente la perspectiva que estoy perdiendo de vista).
Cuando Baroja puso en boca de su personaje Andrés Hurtado estas palabras: “Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una hipótesis racional de la formación del mundo; después, una explicación biológica del origen de la vida y del hombre”, estaba expresando la tarea íntima y universal de la filosofía: la resolución del enigma del mundo. Este motor filosófico es atemporal, en el sentido de que no queda determinado en la consolidación a priori de la realidad, pero tampoco en un mundo suprasensible o ultrasensible en el que el espíritu adquiere un estatus ontológico. Esta atemporalidad de la filosofía es inherente a la relación hombre-mundo y es previa a la manifestación práctica de dicha relación. Es la perspectiva nouménica del hombre. No puede darse en el pensamiento ni en los conceptos del conocimiento, es otra cosa. Obviamente explicitar que cosa es, es un absurdo –quizá por eso Schopenhauer cae en las fauces de Nietzsche y, después, en el olvido. Para Hegel, lo universal de la filosofía está precisamente en el concepto, en la comprensión racional de una racionalidad previa, inherente al cosmos. Pero no hay tal “racionalidad previa”: lo racional se hace patente en el a priori kantiano y con anterioridad solo hay voluntad de poder (como lucha de fuerzas físicas regidas todas ellas por su tendencia a la dominación plena). Toda tendencia a imponerse es una fuerza física; la vida es, desde luego, una fuerza física. Entonces ¿Es la racionalidad del hombre, la capacidad representacional y de figuración lógica, una fuerza física? Solo lo es si tiende a imponerse sobre la propia vida –lo que no es tan descabellado. Si, por el contrario, es una manifestación concreta de la fuerza que es la vida, no sería propiamente una fuerza que entre en el juego de la voluntad de poder, sino solamente una instrumento de la vida. Por ilustrarlo con el ejemplo del ajedrez que tanto gustaba a Wittgenstein, la vida sería el jugador de ajedrez, mientras que la racionalidad sería la una simple figura (aunque sea la reina). A nosotros, desde nuestro conocimiento racional, científico y conceptual nos parece más bien lo segundo, es decir, una suerte de herramienta que nos ayuda a vivir. Aun así no faltan pensadores que postulen la racionalidad del universo, como esencia –ya sea en clave hegeliana o en clave cristiana (donde Dios representa el intelecto organizador del cosmos). Desde esta perspectiva la razón humana es un reflejo de esa racionalidad previa, llamada a alcanzar una síntesis
entre la causa y el efecto final. Desde esta perspectiva, se evita siempre la noción de voluntad de poder, puesto que si la vida es una fuerza y la racionalidad otra, antes o después una de las dos acabará por imponerse para desgracia de la otra. Se ha tratado de ver la vida como un “don” de la razón divina; la vida como el instrumento de la razón, para comprenderse a sí misma en su universalidad. Para mí, esto es el súmmum del absurdo. Kant demostró que el tiempo es una condición a priori, la razón pone el tiempo en el mundo y así queda constituida una realidad temporal. Esto significa en sus consecuencias evidentes, que el tiempo no existe fuera de la razón. Y si la razón pone la temporalidad en el mundo, es porque ésta antes no estaba en él. Y si no hay tiempo previo, tampoco razón previa –o al menos, razón tal y como nosotros la concebimos y experimentamos. Podría reprocharse a esto: aunque la razón ponga el tiempo, no se puede inferir de esto que no haya una suerte de temporalidad previa inasequible desde nuestras categorías. Podría ser, si. Pero de existir semejante temporalidad no podríamos saber si guarda una mínima analogía con nuestra comprensión del fenómeno del tiempo. Dicho en otras palabras: nos da lo mismo negar o suponer una racionalidad previa si está es incognoscible. Todo son suposiciones infundamentadas, tanto los argumentos positivos como los negativos. Pero Kant no; su teoría del conocimiento, mientras la neurología y la filosofía de la mente no digan lo contrario mediante un estudio empírico, es correcta.
El hecho de concebir la misión de la filosofía como atemporal, no se enfrenta con la existencia de una misteriosa temporalidad nouménica. Expresa, simple y llanamente, que mientras la racionalidad funciona mediante la abstracción de lo sensible, la filosofía, aun teniendo como apoyo y principal herramienta esas representaciones abstractas, tiene un objeto que trasciende lo racional. Y focalizar la atención en las diversas maneras de describir, definir y explicar ese objeto, nos aparta de su carácter universal: ser atemporal. El concepto de “Bien” postulado por Platón, el “Dios” del cristianismo, la Sustancia de Descartes y Spinoza, la Voluntad de Schopenhauer, o el Eterno Retorno de Nietzsche, son diferentes únicamente en su comparación racional y conceptual, esto es, histórica. Pero más allá de esa historicidad del pensamiento, hay una profundidad fundamental que hace de todos esos conceptos filosóficos una y la misma cosa. Se pueden comparar descontextualizados porque en todos reside una misma esencia, atemporal, que es, el impulso hacia la comprensión plena del misterio que es el mundo. Así cuando Nietzsche habla de Sócrates y de Platón sin tener en cuenta su época histórica –despreciándoles por errar el blanco en esa cuestión atemporal- lo está haciendo “cara a cara”; el mismo Nietzsche, uno de los grandes conocedores de la Antigüedad, sabiéndose histórico, se arranca a sí mismo del tiempo y se enfrenta con Platón y Sócrates en un ágora atemporal, en dónde el tiempo y las costumbres no justifican los aciertos ni los errores. Por eso puede despreciarlos, y por eso es posible la interpretación de la filosofía descontextualizada.
Pero esto no le quita valor al conocimiento de la Historia, ni mucho menos. Le quita valor como ciencia –pues la ciencia trata de predecir el mayor número de casos fenoménicos posibles con sus leyes generales, y esto no es posible en la Historia-, pero le agrega un valor nuevo, como conocimiento pleno de un aspecto de la relación hombre-mundo. Para poder enfrentarnos justamente con el pensamiento de un autor de otra época, debemos conocer su contexto no porque el peso histórico determine esos pensamientos, sino para poder extraer lo atemporal, lo fundamentalmente filosófico de entre toda la “paja histórica”. Conocer la Historia también nos permite conocer el futuro, pero no con rigor científico, sino intuitivamente. Dado que la Historia es a posteriori no hay nada sustancialmente nuevo, sino que solo cambian las apariencias. Esto quiere decir que lo esencial que nos aporta la Historia es su carácter relativo, enfrentado a una esencia atemporal y plena que la precede. Lo previo a la Historia y la Razón no es como diría Hegel, el espíritu –que es racional e histórico- sino precisamente lo contrario: la voluntad de poder. Y la voluntad de poder es infinita, no tiene cabida en el tiempo. La Historia es una de tantas representaciones posibles de la voluntad de poder, y si la vida triunfa sobre la racionalidad, desapareciendo ésta del universo, no cambiará nada. Creo que esta cita de Schopenhauer en El Mundo como Voluntad y Representación aclarará, o al menos iluminará, lo que quiero decir:
El lema de la historia, en general, tendría que sonar: Eadem, sed aliter*. Si uno ha leído a Heródoto, entonces bajo el aspecto filosófico, ha estudiado ya bastante historia. Pues allí está ya todo lo que conforma la historia mundial posterior: el mover, actuar, sufrir y destino del género humano, tal y como deriva de dichas propiedades y de la física suerte terrenal.
[…] yo me di cuenta de que Sócrates y Platón son síntomas de decaimiento, instrumentos de la disolución griega, pseudogriegos, antigriegos.**
________________________________________________________________________________
* La misma, pero diferente. Es decir: las mismas cosas pero de distinta manera.
** Nietzsche en Crepúsculo de los Ídolos.
David Álvarez García
No hay comentarios:
Publicar un comentario