En cuantiosas ocasiones he deseado ser fruta, y como el naranjo que en el campo espera,
mientras el viento mece sus delicadas hojas, formarme, crecer y alimentarme del amor
que recorre las entrañas del árbol, para finalmente desprenderme de su cálido regazo,
abandonar la suspensión en el espacio y la plácida sensación de no tocar el suelo y acabar
rendido frente a la grandiosa gravedad. Cuantas veces he querido provenir de la tierra y
ser fruto de un ser sin conciencia, sin posibilidad de corromperse, templado de espíritu y
unido a su entorno. Benditas las veces en que mi cabeza viaja a los campos y a los
bosques, bendita la hora en que mi conciencia se introduce en los árboles y arbustos,
cuando mi alma se une a las flores y siente el influjo de un tiempo que transcurre diferente.
Vivir las estaciones observando los cambios desde el mismo punto año tras año; convivir
con los mismos vecinos, llorar sus muertes y agradecer el renacer de su vitalidad.
Disfrutar del festival primaveral, sentir los cálidos lazos con el Sol, su alimento y su
poder. Sentir el frágil arropar de la luna en las noches profundas y el discurrir de las aguas
en los manantiales que manan de entre las piernas enraizadas de las florestas. Perder la
noción de una existencia grácil entre la frondosidad de las selvas. Experimentar el frío
del invierno en las tundras abismales. Conflagrar el miedo en los desiertos y estepas,
probar el néctar fluvial, las lluvias torrentosas, las gotas cristalinas que se derraman por
los ápices de las hojas, bailando por su nervadura hasta precipitarse hacia el húmedo
suelo. Escuchar el rugido de las cataratas, la tranquilidad de los lagos, sentir el poder de
la enormidad de las montañas.
Mágicos son esos momentos, en los que viajo lejos hacia lo salvaje y no pienso en
progreso ni en civilización. Ese instante en el que desaparece la intransigencia del
hombre; cuando no hay cabida para sencillas explicaciones. Exiliarme brevemente de una
especie que no se mentaliza de su insignificancia en este inmenso universo. Creemos
conocer el sentido práctico que atañe a los seres vivos, cuando ni siquiera podemos dar
respuestas humildes a nuestra relevancia y probable contingencia en el legado histórico
del cosmos. Es mi momento, cuando la tranquilidad me asola y siento esa llamada de la
lejanía, apartado de la predilección humana por el odio.
Quiero ser, al fin y al cabo, un fruto de un árbol de los millones que protegen la tierra. No
deseo árbol, ni montaña, ni selva ni astro. Porque el período de crecimiento del fruto es
breve y hermoso, colmado de colores, fragancias y temporales. Pero al final te desprendes
de esa belleza, de esos instantes inamovibles colgando, observando el mismo mundo
desde el mismo punto durante todo tu desarrollo, para al final, desprenderte de la
acogedora rama y acabar en el suelo, en la mullida tierra, observando el mismo mundo
que concebías desde otro ángulo y altura. Y desde allí, tendido entre tierra, cantos y otras
formas de vida, maravillarte del mismo ciclo natural, que tú has vivido, y las venideras
generaciones de ese majestuoso y humilde proceso. Por eso el tiempo siempre observa y
regula el devenir, colmando de castigo y virtud a la vida con el inevitable don de la
mortalidad.
Pablo Vázquez Lobato
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