Enfoques.

Inevitable

No pude evitarlo, aquel momento regresó a mis manos a pesar de haberle dedicado tantas horas a su olvido. Y es que pesaba tanto o más de lo que pesan un par de intenciones. Áspero e inmóvil, como el deseo de un mosquito en el centro de un ámbar, aguardaba tras el marco de mi espejo. Yo siempre supe que estaba allí pero debía ignorar su presencia, aunque no pudiera contemplar mi rostro reflejado. No pude evitarlo, el descenso de los ríos, la marcha incansable de las orugas, las aves rasgando las cortinas, los semáforos que daban paso al tumulto, las voces (esas voces llenas de sangre), el eco incontrolable de los pasillos, la estancia precipitada de las ciudades, no pude evitarlo: el tintineo de los ascensores, las bisagras chirriantes, el humo de la calle y hasta el aire que respiraba era demasiado para mí...
Sin dudarlo un solo instante, apagué mi cigarro, desenchufé la lavadora, deshice la cama, arranqué todos y cada uno de los cajones de mi armario, abrí las ventanas y, lentamente, caminé hacia mi espejo. Al alzar la vista, después de tanto tiempo, no pude sentir otra cosa que no fuera asombro: ¿Quién era ese ser arrugado y mohíno que me observaba boquiabierto?
No pude evitarlo,
había algo en aquella imagen que me hizo romper el espejo y, cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde. El marco estaba roto y mis manos ensangrentadas sostenían aquel momento, que se perdía entre los fragmentos del cristal esparcidos por aquella habitación desconocida.
No pude evitarlo,
rápidamente, recogí cada uno de los pedazos y juré que olvidaría todo lo sucedido, y que empezaría por devolver a aquel lugar su inevitable apariencia.



Carta desde la cadena de abastecimiento.

Como es costumbre a esta hora del día, me dispongo a componer, vuelta a vuelta, un mensaje en movimiento. Vosotros, formas quietas ancladas al devenir de mis palabras, seréis el vehículo que recorra mi pensamiento. ¿Y a dónde podría conduciros? Hay tantas direcciones para llegar a un mismo sitio que es frecuente equivocarse de horizonte.
Cualquier propósito puede ser vencido al desastre, como cualquier caos puede encaminaros a un orden inesperado. En la cíclica gravedad de la conciencia, todo objeto tiene un peso inestable y es tarea de los hombres sujetos al movimiento, aplicar la balanza adecuada para hallar siempre la misma sustancia.

A sí mismo, el hombre se mantiene en el olvido y se vale del recuerdo para olvidarse de sí pero, qué es el recuerdo sino el árbol en el que florece la conciencia. Todo fin conlleva un principio y en esta trayectoria infinita podemos considerarnos presas libres de la luz que da color a nuestras flores.
Llegados a este punto, en el que, vuelta tras vuelta, al fin seré liberado solo espero que conozcáis cuál es el fruto de vuestra incertidumbre.

Nunca

Nunca es tarde para el día
y pronto para la noche escalonada.
Nunca es el momento de marcharse,
Nunca es el deseo irremediable
de que Siempre se acabe.

Nunca es un café amargo
o un sorbo de agua turbia,
Nunca es el angosto pasillo del mañana,
la mano que decidió cerrarse,
Nunca es como un confuso mensaje
dirigido al diván del viaje.

Nunca es esa historia suicida,
ese ser y no ser sin cabida,
Nunca es un mundo cuadrado,
una esquina frente a un túnel
insoportable, insoportable...
Nunca es todo lo contrario
y todo a su favor.

Nunca es el agua que refleja
la misma expresión de siempre,
el mismo perdón vanidoso,
la misma intención presupuesta.
Nunca es todo cuanto abarcas
en el momento de embarcarte
hacia el abismo conocido,
hacia la calma sin respuesta.

Ernesto Rodríguez Vicente

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