Mientras muchos países europeos, de esos que se hacen llamar modernos (yo no sé qué hay que hacer para ser tomado como un pueblo moderno, a qué país lamer el culo, con cuál enemistarse...), se descatolizaron durante el siglo XVI siguiendo el movimiento reformista de Lutero y Erasmo, ayudados también por el impulso artístico y mental (epistemológico) del Renacimiento, España se ultra-catolizó. La Iglesia fue expulsada de los principales Estados europeos, pero en España hizo del Gobierno su Castillo. Mientras en Europa crecía la cultura (más tarde Kultura) España se hundía en las raíces del misticismo. La religión salía de las iglesias para pernoctar en el alma del fiel creyente, sus dogmas se desquebrajaban o se hacían más fuertes, pero se interiorizaban y se sometían a crítica. En España la religión se agarró con todas sus fuerzas a los tremendos muros de las iglesias, a fin de no salir de allí jamás. Y llegó el siglo XIX con su gran Revolución y con su gran traición, con toda su ruina y toda su crisis y la poderosa Razón ilustrada, la ciencia y con ellas el progreso se hundieron en el pesimismo. La filosofía crítica le marcó al hombre un horizonte hacia el que orientar, desde la razón, la Historia. La filosofía crítica (kantiana, demasiado kantiana) trajo libertad, igualdad y fraternidad, pero en la gran traición de nuestra era la burguesía tomó ésta consigna como suya; hizo del interés de la Razón (que se sabe histórica) su propio interés. Y claro, los pensadores que vinieron detrás pusieron bajo su punto de mira a ésta razón corrompida que legitimaba unas condiciones de existencia que sólo beneficiaban a unos pocos, dominando a los otros muchos. La Razón iluminadora del camino del hombre perdió fuerza y poder; y los racionalistas y los racionales cayeron en un pesimismo tan profundo que aún a día de hoy se les puede ver por las calles de las grandes ciudades dando tumbos. La cultura vino a traer razón a cambio de alma; y cuando ya no hubo razón, tampoco había alma. La razón resultó ser una interpretación más; la más cruel sin duda. Y no había forma de salir de ése pesimismo. Pero España siempre tuvo alma, y como no hubo razón, no tuvo porqué lamentarse. España no cambió alma por razón; se mantuvo en el misticismo, y no hubo nada ni que perder ni que aprehender desde cero. Tan burra, tan obstinada, tan cabezona España... por una vez la terquedad mereció la pena.
A éste respecto querría criticar la posición de Unamuno en lo concerniente a la situación intelectual de España en contraste con la del resto de países europeos. Bien es cierto que España es periferia europea y que las luces penetraron en cada rincón de cada país del viejo continente menos en aquellos que se acogieron al catolicismo; estos se quedaron atrás mientras el resto avanzaba hacia el progreso con paso decidido, como señala acertadamente Weber. Pero nada de esto es digno de aplauso. Cuando Lutero y Erasmo
sacaron a Dios de las iglesias y le metieron en el fondo de cada hombre, aquí las iglesias se hicieron más oscuras y lúgubres; cuando las gentes de los países protestantes aprendían a leer para poder entender qué se decía en La Biblia, los países católicos cayeron más gravemente en la ignorancia generalizada; para qué queréis aprender a leer, decía el cura de turno, si yo os puedo interpretar las enseñanzas del libro sagrado. Y claro que las interpretaba, pero para sujetar aún más a una sociedad que apenas tenía margen para la espontaneidad. Y en cuanto al siglo XIX, el siglo en que por fin parecía que las luces entrarían con todo su esplendor en la caverna española, las echamos a patadas de nuestro vasto y amarillo reino. Y todavía tenemos la indecencia de sentirnos orgullosos de ello: cada dos de mayo celebramos una victoria con amargo sabor a derrota; y a todo aquel que trata de imponer la razón sobre la fe, a todo aquel que leyó sobre las ideas ilustradas y trató de ilustrar a su pueblo, con el triste fin de salvarlo de la quema de brujas, se le acusó de afrancesado. ¡Afrancesado!, ¡si en el resto de Europa es digno de elogio! No es para estar contentos... tanta brutalidad esconde nuestro pueblo... Pero sigamos.
El pueblo español ha sentido la gélida mano de la muerte sobre su hombro, ha visto el horror y el sufrimiento y lejos de cubrirse el rostro con un fuerte pero inútil conglomerado de conceptos ha plantado cara a la muerte, ¡y la ha vencido, tanto amor profesa hacia la vida!
España es un pueblo artístico, creativo. Es un pueblo guerrero que merece de la venida de un dios guerrero (Nuestro Señor Don Quijote). Un pueblo humilde, rudo y sencillo. Es un pueblo con espíritu, que no es poco; y qué más da el carácter que éste tenga. Y si tanto se empeñan en Europa ¡que inventen ellos! En Alemania tienen a Kant, nosotros tenemos a Cervantes. Que se queden ellos con su Kultura, que a nosotros nos sobra y nos basta con nuestra Cultura, con C de Cervantes; sobre ella construiremos, reformándolo, nuestro espíritu y nuestra voluntad, que es voluntad creadora. Querer extender la tradición y la costumbre europea a todos los países es un crimen contra sus costumbres y tradiciones; no quiero que nadie de fuera venga a decirnos a qué acogernos y bajo qué criterios formarnos. No quiero una España europea, quiero una Europa española. Que se queden ellos con su Cogito, con su Geist, con su Vernunft tan sospechosa y tan distorsionada, que nosotros, los españoles, tenemos el genio irracional, el sentimiento puro, la locura quijotesca como seña de identidad y como arma arrojadiza contra la falta de moral y de juicio.
Otros pueblos han dejado sobre todo instituciones y libros, nosotros hemos dejado almas. Y también libros, don Miguel, hojas y hojas de literatura, de poesía, de teatro... La principal diferencia es que en nuestras novelas se habla de hombres y en sus libros se habla de conciencias. Es para estar orgullosos. ¡Y que no vengan de fuera a empañan nuestra Gran Obra!
En cuanto a la filosofía española, de haberla, es humanista; de la vida y para la vida. Y sin formas ni estructuras lógicas, para qué, si se basta con el poderoso grito del sentimiento. Es la filosofía quijotesca: puramente espiritual, por tanto irracional, y también del cuerpo y por tanto de la vida; la de los sentimientos y la del gran deseo trágico. Es una filosofía religiosa, una economía trascendente hacia lo divino que sigue ésta máxima: Es bueno lo que satisface nuestro anhelo vital y malo lo que no lo satisface. España es un pueblo que le rinde culto al cuerpo, pese a haber vivido (y precisamente por eso) con el alma presa. España es el noble pueblo de la Cultura, el pueblo de la literatura, el pueblo de las artes, el pueblo del sentimiento trágico; el pueblo más humano, porque menos racional.
España es el pueblo de la creación inconsciente, y por eso le amo tanto.
Eduardo Gutiérrez Gutiérrez
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