Elusiones.

-El único conocimiento absoluto alcanzable por el hombre es que la vida no tiene sentido.- León Tolstoi

Puede que esté un tanto obsesionado. Y digo puede como puerta abierta a la posibilidad
de que la obsesión no sea una particularidad subjetiva, sino algo universal. Es decir ¿quién
no está obsesionado con algo? Las obsesiones hacen la vida, son la vida. Pueden llamarlas
pasiones, aspiraciones, expectativas o simplemente deseos para eludir su carácter
enfermizo; está bien. Simplista o no, esta idea es válida –o al menos tan válida como
cualquier otra. Si se preguntan cuál es mi obsesión, bien podría responderles siguiendo
este simplismo y decir: la vida. No como totalidad filosófica, sino como fenómeno
filosófico. No me obsesiona comprender el ser de la vida, el noúmeno vital, sólo quiero
vivir, me obsesiona vivir, y es así porque mi vida consiste en no vivir. Váyanse a paseo
con esa historia de que la vida son los instantes que transcurren mientras morimos, ese es
un argumento de víctima de la vida y yo no cederé a ese romanticismo irrefutable. Cuando
digo que mi vida es un no vivir estoy diciendo en realidad dos cosas: 1º que el proceso de
descomposición de mi cuerpo y de mi conciencia individual no transcurren como la
mayoría de estos procesos individuales –es decir, soy una rareza (obviamente una rareza
predecible, clasificable en un listado potencialmente infinito, pero factualmente finito);
por exponerlo con claridad: que él como yo vivo no se considera por la opinión pública
global de mi periodo histórico como vivir –más exactamente como un vivir válido-. 2º
Afirmo con rotundidad que mi no vivir es un modo de vivir, y que además debería ser tan
válido como el resto (o más).

Creo que esta rareza a la hora de vivir –el no vivir- es algo característico de ciertos
hombres. Podría lanzarme a la piscina diciendo que es algo que compartimos todos los
hombres que escribimos, pero limitaré mi teoría a los filósofos. Los filósofos sacrifican
todos los modos de vida válidos –o en el mejor de los casos someten un modo de vida
válido a este no vivir- para vivir de otra forma. Deciden, por así decirlo, no vivir para
explicar y para crear. También podríamos incluir en este grupo a la mayoría de los artistas
y, quizás, a algunos políticos y militares. Pero en el caso de los filósofos, su no vivir es
más evidente que en ningún otro. Quizás merezcan más explicación que la que yo pueda
darles, si es que llegan a sentir algún interés.

Tradicionalmente se ha considerado al filósofo como el ser de alma contemplativa. Ya
con Sócrates, a quien según Aristófanes le cagó un lagarto en la boca por ir ensimismado
en sus pensamientos. Ese momento en el que el excremento del reptil toca la boca de
Sócrates es la tragedia del filósofo: ese momento en el que la vida nos escupe en la cara
por no hacerla demasiado caso. Desde una de tantas interpretaciones modernas de la vida,
aquella que la concibe como totalidad, como máxima expresión de la naturaleza –que es
todo (panteísmo)- no podemos negar que los elevados pensamientos de Sócrates –y de
todo otro filósofo- iban de la vida y provenían de la vida; del vivir en su sentido biológico.
Sin embargo pensemos en Sócrates extraído de su querida Atenas e insertado en el mundo
contemporáneo. Impensable, semejante posibilidad es inconcebible. ¿Quién diría hoy que
semejante hombre está viviendo? Si ya su vivir era una rareza en la Grecia Clásica, hoy
en día es una contradicción histórica ¿Qué hay pues de todos aquellos que queremos vivir
como Sócrates? Mi palabra ahora, es pura fantasía; furiosa y terrible fantasía.



El modo de vivir de Sócrates bien podría definirse como sumisión de todo accidente vital
a la contemplación filosófica. O si preferís, la filosofía era su obsesión. Odio los ejemplos,
y Sócrates es un ejemplo, luego odio a Sócrates. No, es broma. Pero si que odio los
ejemplos ya que alguno podría salirme con un San Agustín, un Leibniz o un Voltaire –
claro que yo contraatacaría con un Spinoza, un Kant o un Nietzsche. En fin que puedo y
debo alargar un poco más esta broma fundamental.

Obviamente el filósofo come, duerme y se relaciona –en algunos casos incluso se
reproduce. Es decir, en sentido estricto, vive. Pero frente a un océano insondable de
obsesiones, él decide apartarse y hacer de la vida su obsesión. A algo parecido a esto es
a lo que llamo no vivir. Esta obsesión puede dividirse, siguiendo a Kant –que a su vez
seguía a la filosofía Griega-, en lógica, física y ética (habría que adjuntar la metafísica
como aglutinador del conjunto). Pero esto actualmente nos parece insustancial, vacío y
muerto. Todos los lloriqueos existenciales, políticos y sociales se pueden exponer en
función de estas disciplinas, por mucho que hoy nos empeñemos en lo contrario. Aunque
esto no viene al caso.

Por tanto es perfectamente compatible el llevar una vida usual, con un trabajo y una
familia y al mismo tiempo no vivir. Aunque hay un alto grado de interrelación. Quiero
decir que cuanto mayor sea la dedicación sincera a lo usual, menor será el nivel de “no
vida”. Al menos en teoría –jamás se ha de subestimar la práctica. El hombre
extraordinario capaz de dedicar su vida a no vivir es el que se arranca a sí mismo del
anonimato humano y se eleva al grado de portavoz de la Historia. Hay muchas otras
razones por las que la Historia recuerda ciertos nombres y personalidades, pero son de
segundo orden y casuales. El que Sócrates sea Sócrates no es casualidad (quiero decir que
no es más casualidad que cualquier fenómeno de la existencia, mientras que los otros
casos sí que son “más casualidad”). Me gustaría detenerme en esto, pero entonces me iría
a otro tema importantísimo (la voluntad) y dejaría de lado mi obsesión.
No me malinterpretéis. Lo contrarío de no vivir no es tanto el vivir usual, como el mostrar
interés en los dramas e intrigas que caracterizan la vida corriente. Compartir obsesiones
es prácticamente una contradicción. La obsesión es absoluta. Solo por eso quizás la
palabra obsesión no se utiliza como sinónimo de pasión o de meta. Asique o bien la
obsesión por la vida es tal para eclipsar a la propia vida, o bien la vida eclipsa a esa
obsesión. Estar a medio camino es mi problema. Dos fuerzas tiran de mí, desde dentro de
mí, y así me desgarro. Mi vivir es un no vivir que, con patética melancolía, recuerda la
vida. El moralista que hay en mí, al que intento silenciar cada día me dice con sorna: eso
te pasa por haber vivido.

Soy un mirón, un voyeur de la vida. Mi observación es parcial, restringida, injusta. En mi
ansía de creación, encuentro destrucción tras cada palabra. Lo que hay detrás está
almacenado en el infinito de mi imaginario; ese abandono es un gran paso. Pero el
progreso de mi mente lleva el lastre de la plenitud de mi cuerpo, mi más preciado bien.
La exageración que arrastro es propiamente mediocre y la condena que arriesgo, es algo
menos que eterna. Ya que escribo estas palabras al borde del cambio anual confesaré mi
obsesión de este año: Houellebecq. Y me permito citarle de memoria diciendo mi cuerpo
me pertenece por un breve lapso de tiempo.

Me lance al abismo de la prosa
Mecido por el verso que de filosofía abusa
Si digo que quiero…quiero
Pero no afecta, si lo que quiero no importa

En realidad solo busco una demostración
Que desmienta de mis palabras su conclusión
Que por fuerte evidencia resulta insalvable
Mis pensamientos no dejan lugar a engaños:
Concebir la posibilidad es hacerla real.

Aunque el camino sea un arma de doble filo
Seguirlo cada mañana
Es al menos un destino al que aferrarse
Al menos es un Dios por el que matar y morir.

Mi vida, ¿quién dice ser tu dueño y señor?
Más valdría preguntarse
¿Quieres, mi vida,
quieres que seamos amantes?

Quisiera hacer tuyos mis vicios
Que nocivos devoren tus entrañas
Que de ellos nazcan tus reproches
Que hagamos un pacto
Qué por tus virtudes, mi vida he abandonado.

Si tan solo pudieras ocultarte tras mis ojos
Y mirarte, y leerme, y verme como yo me veo
Dejarías por fin de lado ese brillo de compasión
Que te vomita cada mañana el espejo.

Es curiosa la absurda idea que me asalta
De que quien se encuentre en estas soledades
Está absolutamente equivocado
Todas las palabras que abandono en vuestros ojos
Son un reflejo de una mirada que ya no me mira.

Bien podría reconocer que ya ha llegado la hora
De dejar de ocultar mentiras
Para abandonar a las verdades en las carreteras
Y, por fin, puro y cristalino
Empezar un nuevo día con unos ojos ajenos.

Contemplo con precisión nuestro apocalipsis
Es como un guiño del sol cada día
O una sonrisa de las estrellas cada noche
Y ardientemente temo equivocarme
Temo no sobrevivir para contemplar
La venida del reino de los cielos
Y comprender por fin, que cielo y tierra
Son dos páginas de una misma novela.

Debería permitirme la licencia de una breve Historia
Algo elemental que explique la creciente catarsis
De estos dos actos trágicos de ociosa psicosis
Que con narcisista y melosa voz de antihéroe
Algún vanidoso Dios separatista ha llamado vida humana.

La sociopatía es un don aún por descubrir
Y el amor un regalo aun por regalar
De nuevo te pregunta vida mía
¿Quieres que te regale una vida de amor?
 Si, mejor no respondas                         
Mi reacción aún no está clara.

Vivimos en días raros, tiempos aún más raros
Que un médico te prescriba depresión
Es motivo de alegría y celebración
Y, en cambio, un sacrificio en éxtasis
A la figura inmortal de alguna diosa pagana
Es una vergüenza, algo digno de ocultar.

Es pronto aun, más es de noche
Y el bosque del fin del mundo muere
En los brazos de Walter y su Doncella
Y yo, Dios, los condeno a la dulce hoguera.

Se oye la llamada de mil voces en el abismo
Sin embargo, es el eco de mis alaridos
Y al asomarme al mundo en descanso
Veo que las voces callan en mi presencia
Me adoran y me temen
me añoran y me matan.

En algún lugar arrinconado y fúnebre
Se esconde la pasión del viejo lúgubre
Sencilla y dulce alucinación:
Déjenme morir a gusto hostias.


David Álvarez García

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