Castillo, frondoso haz
de plumas verdes, de
niebla naranja y voces
de coche rápidas, de viajeros
fríos y adoquines roncos.
Goce de soledad limpia y
cristalina, de luna, de color
de carnal, del rojo de la guardia,
del amarillo de adolescencia y
estampida.
Roce, de años que pesan,
que pasan del calor de mosquito
al frío de tiembla y
bar tibio, de dormir
cuando se es niño.
A ti vuelvo siempre,
a mí y tú que me envuelves.
-Poema medio dormido-
No es aire lo que llena mi cabeza
es libertad del corazón mío
que me recuerda que huí del frío,
que me inunda en cuerpo y sangre
nueva.
De Morfeo son los ojos que devuelve
el espejo, también de mi tez
que ahora se cruza, que se sabe
densa y pura, que el sino atrás deja.
Mis pasos recuerdan una columna
ya despierta, que cogió vacaciones
que pierde en la siesta, que soporta
el rasgo vertical de una vida atenta.
Mis manos, hoy batalladas,
recorren su seno de aire púrpura
que hormiguea, que traen
las miles de agujas,
que hoy despiertan con nunca.
Desconocen hoy mis labios
sus palabras, nada ha hecho
vibrar mi garganta, ningún ruido
se procesa, menos el golpe del goteo
de una nariz hoy presa.
Vuelvo, tras un rato, y ya
el calor se escapa, he de
olvidar el valor de la fiel cama
y vivir el día que nace y espera.
-De caminar descalzo-
Uno que nace desnudo, cubierto
de vida y sangre, dona la vena
y recoge a la primera en su seno,
berrea, ya llegó al mundo, nuevo.
Corre por el pasillo y lleva en las
uñas arena. Llora en el salón
y llena de abrazos a la madre,
a la abuela. Grita calmado, en
ristre la almohada ahora rea,
soporte del soñar que el padre
ilustra, que el porqué por bandera
anuncia una curiosidad sonora.
Se llenó de luz y va y lo olvida,
ahora se cubre de lo que rechaza
su camino de huida, de ropa,
de velocidad, de morir sin medida.
Aliento sustenta el pecho que ya baja
y ya aumenta, el vaho lo envuelve,
y ya ni tiembla, los pies mojados
al son de un corazón liberado
y un alma ya desierta.
-Con mucha cara-
Respira, que reza más por el aire
la piel que tus pulmones, deja,
que el solo frío no se detenga
e inunde la capa de grasa y cera.
Déjate caer y miente en la caída,
vuelve tirado por el calor
que el radiador cede a la pierna,
viaje de sin movimiento e ida y vuelta.
Recuerdos que a la cabeza llevan
que las paredes de la habitación apresan
y no sueltan, que señalan en su amontonar
que huir es olvidar y esa suerte no es la nuestra.
Que baila, que ríe, que salta,
que apuñala el inverso surco
que el veneno cuenta,
que suelta, que dormido queda.
Carlos Esteban González
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