Eikon y Noein

-La felicidad no era un horizonte posible. El mundo nos había traicionado. Mi cuerpo me pertenecía por un breve lapso de tiempo; yo jamás alcanzaría el objetivo asignado. El futuro estaba vacío; era la montaña.- Houellebecq

Quiero que se consideren mis palabras como si no fuesen mías, ese es uno de mis problemas (quizás también, de mis virtudes). Sin embargo pretendo revestir, mejor dicho, transmitir a mis palabras una intuición de verdad que parece imposible desde la sombra. Estoy a medio camino entre la ficción filosófica y el ensayo novelado. Solo me siento sublime en la poesía, y sublime no significa, ni de lejos, feliz. Debéis comprender que aunque junto al título de este texto aparezca un nombre que se entiende que soy yo, como autor, no lo soy. Soy moderno, y lamentablemente, postmoderno. Quiero decir que estas palabras no me significan a mí, a David; si acaso me refieren indirectamente. No pueden significarme, por mucho que yo lo ansíe. Quien escribe es un chico delante de un ordenador, pero las palabras que ahora leéis no le corresponden, o mejor dicho, no son de su propiedad. Puede que con un nombre artístico la cosa mejore, pero aparte de que no se me dan bien esas cosas, el problema de la identidad me seguiría trastornando. No es exactamente la identidad, sino más bien la realidad de ser yo; la conciencia clara y precisa de que “ser yo” no tiene sentido. La palabra “Yo” tiene que ver con lo espiritual mucho más que con lo material, y por eso mismo puedo afirmar desde la seguridad de mi materia que “yo no existo”.

Puede que la complicación –bendita complicación de la juventud- sea que aún me siento dentro de un grupo que me reconoce, y por tanto me otorga un valor personal. A raíz de esto surgen toda una serie de pensamientos sobre las esperanzas maltrechas, la decepción y la ausencia de libertad. Y si sigo la cadena acabo llegando a un muro de sensaciones de terror solo descritas por Lovecraft. Terror sideral, abismo espacial, ansia de muerte para huir del espanto extrauniversal. La perspectiva de la exposición sin barreras a la justicia del azar –única justicia universal-, a la pura libertad solo deseada por los podridos como yo. En resumen y en palabras de chimpancé: ver de cerca la distancia infinita que nos separa. Para los que me han de compadecer: la presencia de la soledad. Pero aunque me tire el pisto de intelectual, no lo soy, por lo que asumiré con determinación vuestra irrefutable debilidad por no poder odiarme. En algún rincón se esconde el deseo de ponéroslo fácil, aquello del odio, y ese rincón crece.

A veces pienso: “Joder, ojala pudiese escribir como los clásicos, pensar como los clásicos”, pero rápidamente me doy cuenta de que el simple hecho de pensar eso me convierte en la antítesis de “lo clásico”. Si tan solo pudiese conjugar ambas literaturas ‘me daría con un canto en los dientes’ (expresión qué, dicho sea de paso, en su origen antropológico debió ser prácticamente sinónima de aquella otra que dice “me podría morir a gusto”)



Está cayendo la noche arrastrando consigo un color azul similar al del mar adentro. Cuando miro –miraba- al mar desde las costas rocosas de Sant Feliu de Guíxols, empecé a sentirme trascendental. Si pudiese volver atrás me acercaría a mí por la espalda y me arrojaría al mar, desapareciendo todos mis contenidos en el tiempo. Pero no es del todo cierto ¿O acaso es posible desear ser algo que no soy? Si me preguntas, te respondo que sí, que es posible, que el deseo no tiene límite en el absurdo, como ocurre con el sentido común. Aunque ese límite del absurdo ya está superado a nivel racional –o mejor dicho a nivel de la consciencia racional. En cualquier caso –y pido perdón por la vaguedad de lo que voy a decir- “Yo no deseo no ser Yo”. Si eliminamos la doble negación “Yo deseo ser Yo”. ¿No dije que ‘yo no existo’? No podría desear mayor éxtasis.

Ahí va un cuento, una fábula, un chiste, o lo que sea que me contarán hace ya muchos años. A mí me hizo gracia:

              —En la sabana africana está una pequeña manada de antílopes de charla. El más sabio dice que el animal más peligroso es el hombre. “¿Por qué?”, le preguntan. “Porque además del instinto animal que nos es común a todos, tiene esa cosa llamada “el deseo”, y al contrario que la llamada del instinto, el deseo jamás se sacia. Si un hombre desease matar a un antílope, a los pocos meses no quedaría ni un solo antílope”, respondió. La mayoría de sus compañeros asintieron ante tan sabias palabras. Pero uno de los antílopes más pequeños habló y dijo: “Pero compañeros, yo creo que el animal más peligroso es el león, pues es quien nos caza y come”. Todos le mandaron callar diciendo que el león solo les atacaba para comer cuando tenía hambre. A todo esto aparece un león y se come a un antílope. “Lo ves”, dicen los antílopes grandes al antílope chico; “sólo caza uno y nos deja en paz a los demás. Eso es porque su instinto animal ha quedado satisfecho y no desea matarnos a todos”. Al día siguiente vuelve el león y caza otro antílope, y así día tras día. Cuando ya solo quedan el antílope chico y el antílope sabio, éste le dice a aquel: “Chaval, estaba equivocado. El animal más peligroso es el león. No desea matarnos, pero tiene hambre todos los días”. Dos días después, no quedaba manada. —

Yo diría que es un chiste con poca gracia –aunque posiblemente lo haya contado mal. Me lo contó un amigo muy trasnochado de mi pueblo. A saber de dónde lo había sacado. El caso es que me ha venido a la memoria al hablar del deseo.

Lo diré sin divagar, directo y sin pretextos: el deseo, al igual que la razón, la lógica y cualquier tipo de ámbito humano, ES INSTINTO. Se puede invertir la definición y el valor de verdad se mantendrá idéntico, siendo pues, una tautología lógica; es decir, el instinto animal, es deseo y es razón. A A.

Ciertamente no es comparable la razón humana con la “razón” de cualquier otro animal. Y para mantener algún tipo de rigor filosófico –que últimamente tengo abandonado- diré que no todos los animales tienen razón. Sin embargo sí que diría que todos están movidos por un principio racional, que es la reproducción, la transmisión selectiva del genoma. Las diferencias abismales en la práctica que dividen al reino animal según la jerarquía más simple –que es la cadena alimentaria- son diminutas gotas de sangre en un espacio infinito de agua. ¡Cuidado, se acercan los escualos!

Todo sistema de teorías –científicas u ontológicas- está sometido al mayor de los ridículos: la imposibilidad absoluta de validación o refutación (según nos hemos dado cuenta de este hecho, se ha producido un movimiento inversamente proporcional en la práctica, o mejor dicho en la existencia; es decir, existimos en un sentido absoluto, pero sometidos a una refutación igualmente absoluta).

Solo un ser capaz de vivir conscientemente según un principio de movimiento puramente determinista, sin alusiones a ningún tipo de ámbito espiritual, será capaz de hablar con la propiedad que el hombre lleva buscando desde siempre sobre el mundo y la realidad. Una suerte de razón práctica pura que niegue la libertad. No digo que ese ser sea capaz de enunciar una Verdad absoluta ni nada por el estilo, pues el reino de la gran Verdad está en el dominio del Espíritu. En términos filosóficos: la metafísica de Hegel –y, por consiguiente todas las anteriores que quedan renovadas en ella- es una patraña. Elegante, atractiva, incluso bella, pero una patraña de principio a Fin. El Fin de la Historia ya ha acontecido, y el Espíritu no se ha reconciliado con la realidad fenoménica. El tiempo, o lo que quede del tiempo en ausencia de toda existencia perceptiva, no da tregua al hombre, que, ensimismado como lo está en sus intrigas, no ve que, finalmente, ha desaparecido y el mundo le ha sobrevivido. Es decir, se ha cumplido su mayor temor. En su defensa alzo la voz para recordar que conquistamos el cielo… y en su vergüenza le recuerdo ¡No lo suficiente!

Nunca es suficiente, el camino no es preciso
Pero basta una razón hecha verbo para abandonar
Para aceptar que es bastante lo recorrido
Y ¿Para qué seguir más? Nuestro Santuario espera
O eso pensamos.

Podríamos vivir solos en toda una vida juntos
De hecho, es lo que debemos hacer.
Es un principio moral y físico.

Estoy de pie, frente a mí la imaginación
Y mucho contenido empírico a interpretar
¿Salto o no salto?
No está en mi mano la decisión de tu decisión
Pero tengo la seguridad del fin
Al final de mi imaginación.

La evidencia de vuestra ciencia me sepulta
Me hace dudar de mi más clara evidencia
La obviedad de nuestro contrato me deja en ridículo
No soy, ni de lejos, lo que pensáis
Aun menos lo que yo pienso.

Me confieso perdido, hallado y escondido
Tinieblas fuera y dentro de la noche
Desde el coche me arrastro y pienso
¿Será este mi último viaje?

La filosofía tiene una doble enseñanza
Cada una excluye a la contraria
La primera es el valor del propio individuo
La segunda su evidente irrelevancia
Cada cual aprende la que conviene a su predeterminación
Lo mejor: Hay quien no aprende nada.

Un lugar, y no vale cualquiera
Son necesarias condiciones inexcusables:
Ha de ser físico, real en sentido subjetivo
Tangible, bello en sentido objetivo
Ha de ser el paraíso de cada ángel caído
Mi representación: un retiro indefinido

Presumo de ser buen jugador, hábil e inteligente
Pero nunca antes pensé en la amplitud del concepto ‘juego’
Incluyendo las más que miles de metáforas
En los juegos que importan, soy un jugador pésimo.
Por suerte no son los juegos que a mí me importan
Por suerte son los juegos cuyas reglas excluyen mi participación
Dejadme a un lado mirando con mi balón deshinchado.

Sé una cosa, no es broma, lo sé:
El conflicto que atormenta mi cielo presente
Será superado, la tormenta dejará paso
A una neblina adorable y cariñosa
Con ensueños de sol bañando mi valle inundado
Tras los rayos y truenos, contemplaré un intervalo.

Dejándome a mí a un lado, cercano,
Solo me queda una cosa por hablar
Poco importa su valor de verdad, en verdad
Solo importa que aunque seamos humanos
El valor adjudicado a la humanidad
Por sus humanos jueces, divinos o seculares
En cualquier caso
Es la más descarada arbitrariedad.

Y regresando del retiro antes del evidente final
En un desesperado intento de sentirme sublime
Tengo el derecho, o al menos el poder
De inscribir mi arbitrariedad justificada por mis ancestros:
Según aumenta el valor por la vida y sus huestes
Decrece el valor de nuestra vida y nuestras pestes
¡He dicho!

David Álvarez García

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