El acto poético.

"Como un viejo chupando un limón seco, así es el acto poético."
Leopoldo María Panero

En él me pierdo, me encuentro, me busco, me evito, me engaño, 
me escondo, me muestro, me condeno, me protejo, me desangro... 
muero, muero, muero... Y resucito, al tercer día, convertido en 
oruga.

Tres son los elementos que conforman el acto poético: el poema, el poeta y el lector.
Conforme se van completando los procesos que corresponden con cada uno de estos
elementos el acto poético progresa a través de sus grados de perfección y excelencia, no
pudiendo jamás alcanzar los límites de esta perfección y excelencia, tan efímero es este
proceso. Por así decirlo, corre y corre hacia la meta sin alcanzarla nunca; pero en este
eterno avanzar madura, perfeccionándose. Muy kantiano todo.

Creo que el acto poético supone una de las actividades más altruistas que el ser humano
es capaz de desarrollar, sólo comparable a la política, a mi bella política. En el acto
poético el poeta se abandona de sí mismo para ser el otro, para ser todos, que no todo. Y
así, refiriéndonos al altruismo del acto poético, llegamos al primer elemento de este
proceso, el poema. Bien podríamos referirnos ahora al poeta, pero ese momento llegará
más tarde, que no hay carpintero sin madera ni médico sin heridas.

El poema marca el punto de partida del proceso poético, que ha de llevarnos hasta el
poeta y servirá además de unión entre éste y el lector. Tendremos que prestar atención
especial al mundo como realidad física y espiritual, pues el poema es un espejo que
viene a reflejar la miseria del mundo, la crueldad del mundo, la patética figura del
mundo. Puede hacerlo de dos formas, ya sea reflejando la realidad tal cual es, lo cual me
parece aburridísimo, o reflejando la realidad del día a día deformándola, dándola la
vuelta, llevándola a sus límites, estirándola, para hacer de ella un títere movido por la
locura del poema, que ha de crear la locura del poeta y no al revés.

Hablaba del poema como un espejo. Yo siempre he tenido un miedo atroz a la imagen
que los espejos puedan reflejar en la noche, como también tengo un miedo atroz a lo
que el poema pueda reflejar en la noche, que es cuando el poeta se arroja al pánico de
sus líneas. Cada poeta tiene un momento del día para escribir, recomendando como
mejores horas para la inspiración (¿¿y el trabajo??, ¿¿y la disciplina??, en fin...) las
primeras de la mañana o las últimas de la noche, en las que se alcanza un estado mental
que oscila cual bailarina sobre el filo de una navaja entre la vigilia y el sueño; una
duermevela de sueños y pesadillas que parecen más reales que nunca. Me parecía bien
decirlo aquí, no sé.



Como decía, es primero el poema y después, y sólo después, el poeta. Pero veremos que
esto no es del todo correcto. El poema hace al poeta y constituye su personalidad
poética. En el acto poético primero aparece el poema, reflejando el mundo como un
espejo cruel, y después aparece la figura del poeta, que modifica el poema; es una
reciprocidad que deja entrever el altruismo de este proceso poético: el poema crea al
poeta mientras es el propio poeta quien moldea el poema. Ambos elementos se
construyen a la vez, siendo el uno antes que el otro, siempre dentro del proceso poético.

Me atrevería a hablar de un primer poema, puro, sin intervención del poeta (lo que
quiere decir, sin que la personalidad del poeta, con sus sentimientos, miedos, sueños y
recuerdos, penetre aún en el poema), y de un segundo poema, en el que el poeta ya ha
intervenido, transformándolo, y por tanto convirtiéndolo en un poema nuevo. Este
segundo poema ya ha perdido su pureza, pero ha ganado técnica, profundidad y, al
haberse introducido ya el segundo elemento del proceso poético, perfección.

El poema es un ente. El poema es un ente. El poema es un ente. He dicho.

No hay posibilidad de poema sin un mundo exterior, como tampoco hay poeta sin un
ellos, un vosotros o, sobre todo, sin un nosotros; porque es en este nosotros, que resulta
de la conjunción del mundo con el poeta, tantas y tantas veces abandonado a la
enfermedad del sabio, donde el poema adquiere el grado óptimo de madurez sensorial y
sentimental, pudiendo ser empleado como un finísimo hilo conductor que une al poeta
con el lector.

Y así pasamos a hablar del poeta, esa criatura atroz que se desenvuelve como pez en el
agua sobre el poema, maldito enfermo. Ya hemos visto antes que el poeta aparece como
segundo elemento del acto poético para dar forma al poema, que hasta entonces se
mostraba casi como un folio en blanco, sin llegar a serlo. El poema es un ente, creo que
ya lo he dicho.

Pero, ¿podría haber acto poético y, por tanto, poesía, sin el poeta? Si el poema existe
con anterioridad al poeta y este sólo se encarga de darle forma, deformándolo, ¿para qué
sirve? El poeta sirve para situar el poema en el mundo, pues pese a depender de éste, no
es nada en él sin una autoría. Foucault ya se refirió a este tema señalando al autor como
culpable, no redundaré en la idea aunque debería. Además el poeta se constituye como
mediador entre el poema y el lector, no pudiendo éste último llegar al poema sin la
intervención sobre él del poeta.

Entonces el poeta tiene dos funciones principales, introducir al poema en el mundo y
ponerle en contacto directo con el lector. Y como el poema que llega al lector es ese
segundo poema del que hemos hablado antes, transformado por el poeta, el primer 11
poema puro, el folio en blanco, no es más que el genio del poeta, esperando a ser
moldeado línea tras línea.

Con el poeta el acto poético alcanza su segundo grado de perfección, su es que pueden
numerarse. El poema ha sido tallado y puesto al servicio del lector, que ha de aparecer
ahora.

Pero de nada serviría hablar del acto poético si no nos referimos, aunque brevemente, a
la figura del lector, último paladín de este precioso proceso de psicoanálisis. Quiero
decir que el acto poético no sólo consiste en la construcción del poema, sino que es en el
lector donde el proceso adquiere su más alto grado de excelencia.

El lector da vida al poeta como antes éste dio vida al poema. Pero no cualquiera puede
convertirse en óptimo lector de un determinado poema; tiene que existir una preparación
previa, nada muy académico. El lector tiene que vaciarse del mundo para aspirar de una
bocanada toda la realidad que el poema contiene y que el poeta intenta transmitir.
Importa tanto la intención del poeta como la interpretación del lector, pues de un poema
pueden surgir cientos de interpretaciones válidas, siendo sólo correcta o, mejor dicho,
más cercana a La Interpretación (sin poder nunca alcanzarla); aquella a la que el lector
consigue llegar desde la pureza de espíritu. Lo que no quiere decir que el resto de
interpretaciones tengan que ser desechadas, por supuesto que no. Toda interpretación es
construcción artística, es creación estética y ha de ser entendida como tal. La
interpretación también transforma la realidad.

De nada vale un poema si no es leído, de nada vale el poeta si no hay lector. Otra vez el
altruismo, ya ves. Por eso el acto poético no sólo consiste en un conjunto de
sentimientos y sensaciones plurales que se unen sobre un solo hombre que las
deconstruye hasta su práctica destrucción y devastación en el poema, no, sino que
también consiste en parasitar una mente, en poseer un poema; ser dos cuando ni siquiera
se llega a ser uno. Olvidarse de uno mismo. Vivir del poema y sólo por el poema, como
el otro también vive del poema y sólo por el poema.

Ésa es la perfección del acto poético, tan parecido al amor.

El acto poético es una sonora bofetada cuya única conclusión es 
la crueldad del poema, un grito de terror que nunca acaba, la 
crudeza de la realidad en que vivimos, la irracionalidad de 
nuestra era forzada a caber en un puñado de versos, es no 
querer morirse muriendo poco a poco, arrojarse al mundo aún 
ante la indiferencia del propio mundo.

El acto poético es un constante y continuo sangrar y sanar, 
sangrar y sanar que nunca, nunca, encuentra un punto y final; 
es una herida que jamás se cierra, tanto dolor produce. Es la 
herida de mi generación, que pide a gritos un cambio. La herida 
de África, tan fuertemente apaleada por el fantasma del ébola. 
La herida de Gaza, que no puede comprender tantísimo dolor. Es 
la herida de occidente, que lentamente se apaga...

Eduardo Gutiérrez Gutiérrez

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