Desde hace tiempo, en la arboleda de ramas caídas, seres confusos y silenciosos pasean sus
cuerpos entre las sombras sosegados y contemplativos ante el murmullo que brota del corazón
del bosque. Hay algo extraordianrio en aquel paraje que hace que las aves caminen, que los
lobos escalen a las copas más altas, que los insectos se duerman y que el viento se mantenga
inmóvil.
Desde hace tiempo, en la arboleda de ramas caídas, un extraño ser habita en el corazón del
bosque. Dicen que desde que llegó a aquel paraje seres confusos y silenciosos acudieron en
busca de su misteriosa presencia pero que al adentrarse en aquel lugar comenzaron a caminar
como aves, a escalar como lobos a las copas más altas, a dormirse como insectos y a
mantenerse inmóviles en el viento.
2
Crudo es el halo que me envuelve,
de gusto pétreo y límpida forma,
inextinguibles son las brasas que ahondan
en las roncas cavidades de mi cuerpo.
Pura es la densa luz que respiro
cuando las hojas danzan en las ramas
y los árboles agitan sus sombras.
Firme es mi talle, gentil y misterioso se asemeja
al susurro que avanza y en el agua se detiene,
sangre es mi lecho y aire el horizonte.
Crudo, inextinguible y puro es el halo que me envuelve,
firme y misterioso ahonda en la gentileza de mi alma
y en sangre se funde bajo las sombras del bosque.
3*
Tengo los ojos mudos
y no puedo ver con palabras.
Tengo las narices sordas
y no puedo respirar los sonidos.
Tengo el tacto ciego
y no puedo sentir las miradas.
Tengo las orejas insensibles
y no puedo escuchar las heridas.
Tengo el gusto paralítico
y no puedo saborear el movimiento.
Soy una sombra que palidece,
un charlatán que sufre ceguera,
un rastreador sin olfato,
un espectador sin tacto.
Soy ese mutilado sordo
que no para de agitarse
porque no puede degustar su existencia.
Ernesto Rodríguez Vicente
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