Primero - Últimamente me ando preguntando sobre todo por dos cuestiones: 1º por la posibilidad de la sinceridad y 2º por la composición de ese “algo” que expresamos cuando decimos “yo”. En estas líneas me gustaría dedicarme al segundo punto. Es una cuestión que viene de lejos. En primer lugar me parece claro que la palabra “Yo” expresa una unidad.
Segundo: No obstante la rama de la medicina catalogada como “psiquiatría” reconoce trastornos de personalidad relacionados con la atribución de una multiplicidad dentro de esa aparente unidad. Reconocer ese fenómeno como “trastorno” me parece una arbitrariedad, o como mínimo un sentido posible escogido de entre muchos otros según un criterio de “salud social”.
Tercero: Creo y afirmo, al igual que miles de voces antes que yo, que dentro de la unidad del Yo existe una multiplicidad de pequeños y efímeros Yoes. Como corolario a este principio, siempre sujeto a controversia y totalmente cerrado a una conclusión definitiva, yo suscribo la idea de que ser plenamente consciente a nivel teórico y práctico de este principio no implica necesariamente una “enfermedad” o “trastorno”. Dicho en una palabra: vivir según ese principio no es dañino, aunque tampoco deseable o saludable. Si el principio es o no es acertado me parece superfluo mientras existan tanto la creencia en él como la creencia opuesta. Y creo también que la creencia en él es un tema que no tiene que ver directamente con la salud mental y que la relación entre la vivencia según el principio y la salud mental es solo tangente y secundaria. Por esto yo digo que muchos locos están más cuerdos que muchos no-locos.
Cuarto: Dejo por ahora esta escritura soporífera y pretenciosa y me dispongo a escribir como otro Yo, como el cuarto Yo de este texto –según los apartados- o como el tricentésimo cuarto Yo –según las palabras-.
Quinto: He oído muchas veces que la esquizofrenia es un desdoblamiento de la personalidad. En ese caso el presente Yo se declara esquizofrénico profundo y estará dispuesto a reconocerlo ante cualquier tribunal psiquiátrico. Desgraciadamente, para entonces este orgulloso Yo esquizofrénico no será el que mire detrás de mis ojos, y mucho menos el que articule mis palabras. Pero, no en serio, la esquizofrenia no se puede reducir a un “desdoblamiento de la personalidad”. Eso sería pecar de reduccionismo. Es como si digo que un amanecer es simplemente “la salida del sol”. No es falso, pero no es suficientemente verdadero. Cuando amanece, sí, sale el sol, pero también se oye el cantar de los pájaros, se observa el rocío en las flores, se huele el frescor de las primeras horas del día, y un sinfín de detalles más de los que los variables Yoes de los esquizofrénicos disfrutan cada variable amanecer de cada variable clima.
Sexto: Algunos habréis oído hablar de Harry Haller, famoso esquizofrénico de ficción –y sin embargo, muy real-. A quien no haya leído sus andanzas recomiéndole la lectura de “El lobo estepario” de Herman Hess. A estos mismos me veo en la obligación –dados los tiempos que corren- de advertirles que en las próximas líneas puedo destriparles el fantástico libro del señor Hess. Aunque tampoco mucho y sin lujo de
detalles. En mi opinión el señor Haller es un hombre perfectamente cuerdo –en términos clínicos- durante todo el libro a excepción de en las últimas páginas –maravillosas páginas. Sin embargo, durante todo el libro el señor Haller tiene un clarísimo -e indeseable para los burgueses- desdoblamiento de la personalidad. El hombre Harry Haller vive atormentado por una parte de sí mismo a la que ha dado el nombre de “lobo estepario”. Esta “parte lobuna” tiene un gran número de cualidades y características que Harry ha ido encasillando mediante la reflexión de sus emociones e impulsos. Si de algo estoy seguro es de que el bueno de Harry sufre y agoniza, y de que en cada giro de esquina se puede encontrar con un tajo en la garganta de su propia mano. ¿Pienso acaso que semejante sufrimiento puede llegar a resultar deseable para alguien? Para responder tengo que examinar el término “deseable” y consiguientemente el término “deseo”.
Séptimo: Creo que el sentido inmediato de “deseable” es “algo digno de ser deseado”. Acabo de comprobarlo y la Real Academia Española coincide conmigo en términos exactos. Lo deseable merece ser deseado. Un deseo es algo que nos gustaría realizar o padecer. La definición de la R.A.E. creo que gana tanto en elegancia como en vaguedad: “movimiento afectivo hacia algo que se apetece”. El caso es que un deseo siempre tiene una finalidad –que siempre es otro deseo-. Así por ejemplo podemos imaginar el siguiente caso: un hombre tiene una enfermedad, por ejemplo un cáncer, que le ocasiona terrible sufrimiento físico y psicológico (dolores corporales, miedo a la muerte, angustia moral, etc.). Desea curarse del cáncer. Y la finalidad de ese deseo es dejar de sufrir, es decir, desea no sufrir por medio del deseo de curarse. A su vez desea no sufrir porque desea sentir lo que algunos griegos consideraron el mayor placer: la salud, la ausencia de dolencias. Desea no sufrir porque desea placer, y desea placer porque a través del placer llega al deseo de ser feliz. Desea ser feliz porque le mueve afectivamente la apetencia de no ser infeliz, no sufrir, solo gozar como un cerdo en una orgía de lodazal. Pero paremos un momento y revisemos. Parece que el deseo tiene como finalidad la felicidad (no tengo en cuenta la doctrina que entiende la felicidad como suspensión del deseo; aunque incluso en ese caso el deseo sería el camino para la felicidad solo que en sentido negativo). Y pese a que todos los filósofos del mundo no se ponen de acuerdo en lo que es la felicidad, en sentido general podríamos decir que es, siguiendo a los griegos, la ausencia de dolencias, la desaparición del sufrimiento. Luego si el deseo es el vehículo de la felicidad que es la ausencia de sufrimiento, parece que en ningún caso el sufrimiento pueda ser deseable. Pues bien, quien esté de acuerdo en eso creo que no valora justamente la condición humana. Y es que hasta ahora he definido la felicidad de un modo negativo; he dicho lo que no es. Y pese a todo, la felicidad es lo más deseable. Si como pienso, no se puede alcanzar una definición positiva y definitiva del término “felicidad” no nos queda más que admitir que el sufrimiento es una condición necesaria para la felicidad, en el sentido de que sin el sufrimiento, la felicidad no tendría sentido; y ya no sería felicidad sino que sería otra cosa inimaginable. Y ya, llegando al final tenemos que si la felicidad es deseable, y la felicidad necesita del sufrimiento como un medio para su existencia, el sufrimiento, ciertamente, es deseable. Pero mientras que parece que la felicidad es deseable en sí, el sufrimiento solo es deseable como medio. Así en el ejemplo que veíamos más arriba, el canceroso para satisfacer su deseo de curarse, habrá de desear un tratamiento de quimioterapia, el cual hace daño, hace sufrir. Ese pobre hombre deseará sufrir como medio para eliminar un sufrimiento que se interpone en su felicidad. Y es que además en este ejemplo, el cáncer es una enfermedad que mata, y la vida es la raíz primigenia para cualquier valoración de cualquier tipo: para la felicidad y el sufrimiento, para la salud y la enfermedad, para la filosofía y para la irreflexividad. Pero bueno, eso ahora da igual. He llegado a la conclusión de que el sufrimiento puede ser deseable en determinadas circunstancias. Alguno podría decir que por mi razonamiento soy todo un sofista, que doy la vuelta a las cosas para conseguir mis propósitos argumentativos. Podríais decir que sí que se puede alcanzar una definición positiva de felicidad y así desmontar mi razonamiento. Pero si la definición que proponéis es la de la R.A.E [Felicidad- Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien] los sofistas sois vosotros, pues no he visto una definición más ambigua e imprecisa en mi vida.
Octavo- El señor Haller, con su desdoblamiento de personalidad y su sufrimiento, tiene un rasgo ciertamente admirable, que es el fin que persigue. Esto, desde luego, es una cuestión de Yoes, de gustos y colores. Pero su fin es la inmortalidad pura, en el anonimato, alejada de toda vanidad, de todo prestigio y reconocimiento, cargada de humor y sensualidad, ausente de caras largas y adustos semblantes aristocráticos. Esa inmortalidad bien podría ser el deseo que se esconde tras el “en sí” de la felicidad; y si la felicidad necesita del sufrimiento para existir y ser, la inmortalidad necesita del mayor sufrimiento de todos: querer morir, pero aun más querer vivir; que aunque el mayor deber sea la muerte, la vida prevalezca sobre el deber del antisocial. Ese es el caso del señor Harry Haller, y por poder aspirar al fin de la inmortalidad –que bien puede ser una perfecta ilusión de mayores dimensiones que la felicidad-, y aun a riesgo de quedar en el purgatorio junto a Brahms y Wagner yo desearía a cualquiera los sufrimientos del lobo estepario Harry Haller. Pero reconozcamos un par de cosillas: en primer lugar, la ficción del señor Hess y su planteamiento de los inmortales es solo una bella visión de la vida que trata de combatir tanto un nihilismo aterrador que avanza por Occidente cual fantasma, como el resurgimiento de fanatismos dogmaticos –ya sean políticos (materiales) o religiosos (espirituales)-. Y en segundo lugar, que semejantes ilusiones no son para todos –solo para locos-, por lo que en términos generales, tal sufrimiento no es deseable. Pero según mi parecer igual de indeseable es, en los mismo términos generales, asumir que un pobre diablo que se cree medio lobo (o lo que sea) es un esquizofrénico, y por ende un peligro para la salud pública.
Noveno: La esquizofrenia, por otro lado, bien entendida desde luego que es una enfermedad mental. Pero poco o nada tiene que ver con el desdoblamiento de la personalidad. La esquizofrenia implica una distorsión incontrolable en la percepción, tanto del interior como del exterior del Yo. La percepción del Yo como unidad cerrada e inseparable es en la misma medida una distorsión de dicha percepción. Dentro de este trastorno existe según tengo entendido una escala de grados de gravedad y por eso es más correcto hablar de esquizofrenias puesto que se tratan de varios trastornos y no de uno solo.
Décimo: El término “Yo” es problemático en cuanto a su composición, pero no en cuanto a su uso en el lenguaje cotidiano. El Yo queda limitado por las fronteras de la piel, y por eso cuando decimos “yo tal y tal” sabemos que hablamos de una unidad física refiriéndonos al cuerpo que percibimos que ocupa y “controla” nuestra mente. Pero lo cierto es que el Yo es un “algo” mental y en ese sentido es infinito.
Undécimo: La personalidad sería la cualidad de ser persona realizada en un individuo concreto. El Yo es la personalidad, en tanto que se reúne la infinidad de posibilidades de “ser persona” en un solo individuo. A cada instante somos una persona distinta, pero siempre realizada en un mismo individuo concreto. El individuo concreto siempre es el mismo, mientras que la persona no lo es.
Duodécimo: El individuo concreto tiene una experiencia concreta. Las posibilidades del Yo están determinadas por la experiencia del individuo concreto. La cualidad de infinitud del Yo no viene dada per se, sino que viene dada por la incapacidad del individuo para representarse el infinito en sí mismo.
Decimotercero: Por autocompasión me gustaría que mi Yo fuese solo un yo, pero un Yo bien grande; magnánimo.
Decimocuarto: Por autodestrucción me gustaría que mi Yo fuese infinitos e ínfimos Yoes.
Decimoquinto: Por sociabilidad y educación desearía ser un solo Yo con infinitos intereses.
Decimosexto: Por antisociabilidad y por rebeldía desearía ser un lobo estepario.
Decimoséptimo: Por frío interés y cálculo racional desearía ser un solo Yo caótico y maquiavélico; con una múltiple moral adaptable a cada situación.
Decimoctavo: Por amor desearía ser únicamente tu-yo.
Decimonoveno: Por filosofía desearía encontrar una armonía entre todos mis Yoes. Una armonía no burguesa, no del punto medio ni de la justicia moderna. Tampoco una armonía mística o astral con dejes de sentimentalismo romántico. Ni una armonía teórica y racional en la que cada Yo fuese un eslabón de una cadena que me atase de pies, manos, cabeza y corazón. Por filosofía desearía encontrar una armonía erótica entre todos mis Yoes. Un compendio de actitudes vitales valientes, sufrientes y gozosas que hiciesen de mi Yo y de mis infinitos Yoes un todo y una nada, un ser real y una fantasía de ficción, un universo entero, simple y complejo, un Dios eterno y feliz.
Vigésimo: Yo ya no soy yo.
David Álvarez García
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