"Para no ser los esclavos martirizados del tiempo,
embriagaos, ¡embriagaros sin cesar!
Con vino, poesía o virtud, a vuestra guisa."
Charles Baudelaire
Sueño ciego.
A ese mundo inhóspito yo me ofrezco
donde sólidas nubes se pueblan de espinas
que entre tinieblas florecen en el lívido ocaso
y cuando el aire se contamina de hastío y tormento
las flores fecundan al sueño que crece en mi alma
y todo cuanto es sombra se vuelve bello,
y en el brillo hueco del rocío inerte
se expande mi esencia distante, fugaz e indiferente.
Insondable.
Más allá de la hondura de mis ojos
tortuosidad y simpleza se confunden,
el tiempo cae líquido y frágil
anegando el color de las formas
y como un torrente fundido de nácar
ávidas brumas envuelven mi esperanza.
Por encima de las grietas del destino
y bajo las pesadas ruinas de mi memoria
se expande un vasto río de insípidas certezas,
mi exangüe cuerpo fluye por sus violentas aguas
intentando absorber el ardor que en su cauce lleva
pero el inflamable pensamiento en cenizas vuelve a la tierra.
Aterido e indefenso, el fantasma de mi ser se evapora,
no existe idilio que su ánimo endurezca
ni tampoco infierno que a sus temores acompañe.
Aterido e indefenso, el fantasma de mi ser me abandona.
Elevación efímera.
Avasallado por denso sopor de la dorada luna,
conmovido por el céfiro soplido de los campos,
impoluto y con los rasgos aún descalzos
vine a este lúgubre rincón a esconderme
y emborroné mis pesadillas con vivaces colores
que emanaban de la plenitud del entorno;
sin saberlo me deshice como niebla sobre vidrio
y padecí el aciago tumor enardeciente,
degusté en la acritud el sabroso perfume,
volví a soñar y regresé con cálidas plumas,
sosteniendo mi lívido corazón entre las manos
como un huérfano que custodia sus lágrimas muertas.
Ernesto Rodríguez Vicente
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