Capítulo I
Estaba un pequeño guerrero sentado en mitad de todos los caminos. En verdad
debemos considerar que su posición es privilegiada, ante él se afirman todos los
caminos posibles.
Sentado allí contempla el inicio de todos sus caminos. Unos rodeados de oro y
cruzados por el rojo, otros, desarraigados miran insultantes a aquellos de raíces de
hierro, los que sangran dorado no saben del sol, pero saben de iluminar al más oscuro.
El guerrero se hace mayor ahí parado, medita acompañado por la duda y su espada
cada posible comienzo.
- Cuál será el camino adecuado... Sabré diferéncialo una vez
comenzado... Podré volver aquí alguna otra vez y volver a tenerlo todo,
sin apenas tener nada...
Al final de todas las dudas, de que los pies se le confundieran en el suelo con el verde y
el tierra, siendo sus manos lagos, los brazos ríos, llegando, desde su pecho, las
montañas. Tomó al fin la decisión más arriesgada. Despertó de su ser al son de cien
tormentas, tan rápido se estiró como se lo permitió el viento, espada en mano,
brillando afilada por tres generaciones de arenas rojas, bajó su mano rápido y decidido
cortando su cuerpo y sino en millones de partes iguales, tantas como caminos. Los
emprendió todos.
Capítulo II
Las tormentas perdieron fuerza y entre el lodo uno de los ahora casi infinitos
caballeros habló con la voz de todos. Aquel día terminaba su primer viaje, no había
sombra de duda en su corazón tan dividido. Emprenderían todos los caminos con el
acuerdo de reunirse al término de un año en el mar que ahora les acoge, fruto del más
violento de los nacimientos. Así cada uno iniciaría un destino, sin necesidad de
elección pues todos son él mismo. Todos capitanes de la búsqueda del más acertado
de los caminos, aquel que les hiciera brillar a cada rato, manchando sus son de todos
los colores del corazón.
Algunos luego afirmarían que desde el momento que el caballero se alzó perdió la
razón, pero ese momento de locura llegó ya hace años; comenzó, se realizó y fue
olvidado. Cuando se levantó con la fuerza del viento tenía ya su destino tejido con el
hilo dorado de la más delirante cordura. Si no podía elegir uno, los elegiría todos. Si no
podía recorrerlos todos con una sola vida, dividiría ésta por todos sus caminos.
Y como ya había hecho miles de voces, imaginó como seria ese camino que ahora en
su mente se dibujaba. Cada uno de sí se situaría al frente de un camino, sin importar
cual, y todos al tiempo, con el ritmo que permite un solo latir, iniciarían todos los
caminos que se le presentaban. Sería necesario que a la par que absorbían cada piedra
y cada sino recordaran como desandarlo pues debían volver al término del año
acordado. Pero, ¿era necesario volver? Como el caballero se sabía igual a sus iguales
dejó de lado la duda de la hipótesis y se serenó con la certeza del conocimiento de lo
interno, alzó un segundo la vista y enfocó el camino más cercano a su sitio, pensando
cual sería su devenir en él.
Pensó que no conocía tal camino y debía dejar su devenir en él al azar, pero de sí
mismo todo sabía, así centró su ego como objeto de análisis y comenzó a predecir. Al
inicio estaría loco de felicidad, esperanza y velocidad; lo querría todo y todo ya.
Imaginaría orgulloso la reunión con sus otros y a cada nuevo logro que le ocurriera le
buscaría su feliz argumento para que el suyo fuera el camino entre todos elegido. Pero
su imaginación cobró la fuerza de la gravedad real y se imaginó lo que seguía. Algunos
de esos caminos parecían hechos de sangre y guerra, claro que podría ser feliz en ellos,
pero también podría ser que allí muriera. No era descabellado pensar que muchos de
ellos no llegaran a la cita, la muerte es un camino entre todos y de él parece imposible
volver. Quizá también hubiera otras razones por las que no volvería. Se imaginó su ego
dividido en millones, millones que viajan solos con una ilusión caduca de vuelta, quizá
en su destino encontrara aquello que más quiere, quizá sus pasos nunca se volvieran.
Por todo ello no se desanimó, si la reunión a la vuelta era menos numerosa la elección
sería más sencilla, pues era de esperar reconocer las ausencias como caminos perdidos
y no deseables, o, en el peor de los casos, como arranques de ego al encontrar
caminos benditos y no sensatamente abandonables. En todos los finales lo ocurrido
coincidía con los objetivos de sus ideales, era, pues, por fin feliz. Nada quedaba ya
como lastre. Se alzó con la fuerza del viento y entre el ruido de la lluvia y el trueno hizo
del final de su valle el principio de todos los mares.
Capítulo III
Así todos los arcos inimaginables fueron cruzados por sus millones de sombras. Un
mismo sol las iluminaba, de todas ellas era destino el son perdido. Atendiendo con
firmeza a su profecía uno de ellos escogió, por azar, el camino de la muerte, otros la
conocieron más pronto que tarde en las esquinas de su sino. No es necesario portar la
marca en la frente para conocer tu destino. Pero, lo que el caballero no imaginaba era
que aunque todos eran uno cada uno se llevó consigo una parte, dejando atrás todas
las demás, alcanzando así la seguridad pero perdiendo el don de la elección por sólo
una cosa desear.
Quiso el azar que al cantar del primer año sólo dos de ellos desearan volver,
conociendo uno de ellos su feliz muerte antes del último anochecer a la cita; puesto
que son todos sus destinos posibles el azar genera todas sus posibilidades, siendo
necesario integrar cada deseo en dos de sus seres, uno que debe cumplirlo y otro que
debe vivir para sentir el deseo, muriendo en tal trance. Todos los demás, sin buscarlo,
eligieron el mismo destino, derramar su vida en cada giro hasta allí mismo agotarla,
bebiendo cada día del camino sin tener que llorar lo atrás dejado.
De estos dos que volvían era necesario que uno llegara. Cuando cruzó de nuevo
preparado su arco vital allí sólo uno, fundido con la tierra, lo esperaba. Este que ahora
llega se detuvo sorprendido, pues había olvidado recordar que él fue duda y como tal
un yo de de duda dentro le quedaba, aquel que debía escoger el camino de no hacer
nada.
Capítulo IV
La vuelta no era sólo el desandar de su sino, esperaba ser la reencarnación de todo su
ser en uno, la unión de lo divido en un solo corazón, de nuevo complejo. Pero esa no
era la única predicción fallada, ahí, elemento de la calma y de esa facultad de la que
nos servimos para alejarnos de la realidad, como un escalón que desaparece estaba el
guerrero que se levantó, aún sentado. Él, enorme y pausado por la falta de
movimiento, dejó tan sólo un momento de ser uno con el suelo y abrió tan solo uno de
sus ojos para contemplar al recién llegado.
- Así que ya pasó el primer año.
Todos los caminos posibles que el guerrero dibujó y conjuntó en su mente se
derramaron por el fondo de su imaginación, quedando en alza aquel que ahora se
demostraba como verdadero. Había alcanzado a ver que la forma de un único
caballero cruzaba el último arco llegando así a determinar el final de tal arriesgada
hazaña. Olvidó recordar cuál era el camino que le permitiría volver a aquella posición
privilegiada, pero eso ahora ya no importaba más nada. Todo quedaba ya
contemplado, todas sus vidas por él ya habían pasado. Su elección es la más temida y
devastada. Se señaló con aquellos que cercenan su espíritu dividiendo sus entrañas,
tratando de hacer coincidir los destinos con los viajeros que los viajan. Trató de buscar
la pieza que le faltaba, la idea dorada que le sirviera para cortar en dos cualquier duda
osada, pero olvidó que era caballero, olvidó que tenía una espada.
Se alzó con el mudo ruido que da el girar del mundo, tanto se sentó y se pensó que
ahora con él era uno. Comenzó perdido y pequeño pensándose frente al tiempo. Es
este el más cruel de los tutores pues su voluntad es irrevocable y la muerte el viaje
interminable. Cada paso que daba se perdía en el pasado, ninguno de ellos podía
cambiarse ni corregirse. El presente se dibujaba ante él como un amante infiel, pues
cuanto más se dedicaba a él más rápido y fugaz se volvía este, deshaciéndose en el
pasado, irrumpiendo en él de lleno el futuro. Pero es este último el peor de todos sus
enemigos. El pasado nunca pudo dañarlo, pronto aprendió a dejarlo ir tan rápido como
este se convertía en sí, el presente no podría lastimarlo si no dejaba de convertirse en
pasado, pero el futuro lo inquietaba de manera poderosísima. Sabía que el final de su
futuro era la muerte, lo que le impelía a realizarse a toda prisa, temeroso de que todo
acabara antes de que él lo deseara, alcanzándole el final de su futuro, convirtiéndose
este en repentino presente y, como de costumbre, en prematuro pasado.
Por ello era necesario que la elección de su devenir fuera magnífica. El error haría que
el pasado le dañara, pues es su posición la más privilegiada pero sólo por su futuro, ya
que el pasado se muere y su presente ahora no vale nada.
Después de poner en juego todo su intelecto, hizo que cesaran en su imaginación
todos sus posibles alzamientos, cerró de nuevo sus ojos y los abrió al verdadero viento.
Levantó de allí su cuerpo, el inicio nunca debió ser tan lento, pero ahora sabía lo que
antes le faltaba. Todos los caminos son el mismo, el fin de los días se torna, es inútil
tratar de alentarlo o retrasarlo. El destino de todos los viajes es el mismo, alcanzar el
viaje que nunca acaba, sólo debía continuar su caminar resuelto y falto de esperanza.
Pues no esperaba ya más nada, sólo derramarse pleno y recorrer cada palmo de la
ensenada. Es su vida el devenir de su tiempo en nada y sólo le queda disfrutar de tal
mascarada. Se alzó en sus pies de tierra, se sacudió la duda y la esperanza, abrió los
ojos, descubrió que todos se volvieron uno y tomó resuelto su senda.
Carlos Esteban González
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