Conversación en suspenso.

-En realidad, la visión del mundo adoptada con mayor frecuencia en un momento dado por los miembros 
de una sociedad determina su economía, su política y sus costumbres.- Michel Houellebecq 
˗˗ …
˗˗ ¿Afirma usted que estoy loco? ¡Ah no, solo me lo pregunta! Disculpe la confusión,
pero ante la palabra loco, tiendo a enloquecer. Para responderle debidamente deberá
disculparme, pero hemos de cumplir un requisito que quizá no sea de su total agrado.
He de presentarme tal y como soy ante usted. Para no avanzar sobre arenas movedizas,
antes que nada debo afirmar lo obvio: que soy un hombre, al igual que usted, y que el
resto de nuestros compañeros de especie. Tengo un código genético, una red neuronal,
un sistema nervioso y un sinfín de estructuras internas análogas a las suyas –si bien,
diferentes-. Tengo también una educación procurada por mi sociedad y por un tiempo
histórico que, al menos en parte, usted y yo compartimos. Como no, también participo
en la moral y en la ciencia. Tengo a mis espaldas lecturas, vivencias, esperanzas,
razonamientos y no pocas decepciones. Pero, disculpe, no le estoy diciendo nada que no
supiese de antemano. Si avanzo a tan cortos pasos, permítamelo, pues no lo hago sino
en virtud de nuestra presente relación. Y, por favor, no caiga en prejuicio por cómo me
expreso. Sé que sueno como con un retardo de siglo y medio, pero comprenderá usted,
mi desconocido amigo, que intento hablarle para que me entienda sin dificultades, y
Dostoievski es mi indiscutible maestro en estos menesteres.

Una vez aceptada mi “humanidad” espero convenga conmigo en el siguiente punto: soy
un hombre sincero. Por una gran ecuación de experiencias, y por algo que no se reduce
al producto de dicha ecuación, siempre, y digo siempre sin miedo al ridículo, he sido
sincero. O al menos puedo alardear de haberlo intentado. Aunque le confesaré que no
soy dado a los alardes, pomposidades, lujos y demás engrandecimientos del ego. Como
iba diciendo y como bien sabrá usted, la sinceridad no es incompatible con el engaño y
la broma. Pues recuerdo haber engañado jocosamente en mi niñez, para conseguir
salirme con la mía en juegos y enfrentamientos familiares. También he engañado con
bromas y piropos, o mejor dicho, maquillado alguna sutilidad, para conseguir los
favores de alguna mujer. Tendrá que disculpar estas descaradas confesiones, pero
¿cómo podrá entender mi sinceridad si no soy del todo sincero con usted? Cómo le
decía, la sinceridad no está reñida con el engaño. Podría ser que yo le estuviese
engañando ahora mismo, pero si lo que le transmito con mi engaño es la genuina verdad
de mi vida, convendrá conmigo en que mediante el engaño estoy sincerándome con
usted.
La auténtica razón por la que podemos superar esta aparente contradicción
consiste en la rigurosidad del discurso vital, que como bien dijo algún pensador, o mejor
dicho dio a entender, no es la exactitud de la matemática, sino la relatividad de la
interpretación. No querrá que entremos en disquisiciones filosóficas, yo tampoco lo
deseo, así que, si no se opone, aceptaremos que aun en el engaño es posible la
sinceridad. Puede pensar - y admito ante usted que yo en ocasiones he pensado del
mismo modo- que esta afirmación es un síntoma de la locura por la que usted me
pregunta, pero me atrevería a intentar disuadirle demostrándole su equivocación. Ocurre
constantemente que damos un significado inmediato a los acontecimientos que nos
rodean, de los cuales en algunos participamos y en otros no, quedando los
acontecimientos definidos a posteriori por la significación que les damos –y a priori por
la significación que podríamos darles, pero aquí ya estamos ante las puertas del infinito,
donde convendrá que no es conveniente llamar para personas cuerdas como nosotros-.
El problema viene cuando ante un mismo acontecimiento nos encontramos con distintos
significados, y por tanto, con distintos acontecimientos de un solo acontecimiento.
Coincidirá conmigo, en que si estoy loco, no soy el único. Pero continuemos, y de
nuevo disculpe por estos rodeos –pues me gustaría poder mostrarle que soy un hombre
directo y positivo-. En el caso anterior, y tomando como ejemplo el acontecimiento que
es la vida de cada uno ¿qué me diría si le digo que soy sincero conforme al significado
de otro –incluso si ese otro no existiese realmente-? ¿Sería posible? Yo le digo que solo
sería posible si mediante la interpretación significante de otro –e insisto en que ese otro
no tiene porque existir- le condujese a mi genuino significado. En eso consiste la
sinceridad, y según mi experiencia, permítame decirle caballero, que en el mayor
número de casos, la sinceridad siempre está pertrechada por un engaño. O si me
consiente decirlo en términos más directos, el único método riguroso de ser sincero es el
engaño. ¿Acaso sospecha de mis intenciones? Puedo asegurarle que no me burlo de
usted, mis intenciones son del todo positivas y dignas de un caballero. Permítame a este
respecto una última aclaración en forma de pregunta ¿diría usted que su Yo con 5 años,
su Yo con 18 años y su Yo presente son idénticos, que son los mismos? Exacto, el
tiempo es un compañero engañoso y totalmente sincero. Si, si, me dice usted que su Yo
presente es el beneficiario y único heredero de todos sus Yoes pasados, pero yo no le he
preguntado eso. Aunque no se opondrá si le digo que es una afirmación cuestionable.
No se usted, pero mi Yo presente se niega a ser reducido a una mera suma de instantes
que vagan por los dudosos campos de la memoria. ¿Acaso su interpretación actual de la
vida –o de lo que usted quiera- es la misma que hace 10 años? ¿Acaso lo será después
de que nos separemos? Y sin embargo no me negará que para sincerarse usted conmigo
hoy en día, se ve obligado a recurrir a acontecimientos –tal y como los hemos definido-
de sus Yoes pasados, que permítame la licencia de afirmar que son otros respecto de
usted y que ya no existen. No insistiré más en el tema a sabiendas de cuán fácil sería
refutarlo con un buen empleo de la lógica. Queda en manos de su buen juicio toda
continuación de mi sinceridad.

Debo decirle que si soy culpable de la locura que otros a mis espaldas me asignan, lo
soy por amor. Y en ese caso, soy el único cuerdo en un mundo de locos ¿O no es el
amor la mayor expresión del hombre juicioso? Siento no poder contarle mi aventura,
pero no disponemos de tiempo ni de drogas suficientes para que yo pueda sacar a reflote
el navío junto al cual me hundí. ¿Me mira con lástima? ¿O quizás es incredulidad lo que
veo en su mirada? No soy digno de ninguna de las dos. Quizá le moleste que me haya
puesto puntualmente algo poético, pero sabrá disculparme dados los derroteros por los
que fluye nuestra conversación.

Disculpe caballero, pero tal vez se sienta molesto por mis ideas o, peor aún, por mis
modales. Como verá, soy ante todo un hombre prudente, tranquilo y confuso. He pasado
momentos de auténtico temor por esos caracteres. Miles son las ocasiones en que me
preguntaba a mí mismo si estaba siendo sincero conmigo mismo. ¿Cómo ser sincero si
no sé lo que siento o lo que pienso? Abiertamente le confieso que no pocas veces he
temido por mi salud mental, y digo más, por mi vida misma. Y es que, y perdone que
vuelva sobre el tema, siempre he estado preocupado por eso de la sinceridad ¿Qué es?
¿Existe realmente? ¿Puede uno ser totalmente sincero? Por suerte encontré algunos
caminos que recorren esas preguntas y, si bien no las responden positivamente, si que
superan su importancia. Ya hemos bosquejado hace un momento uno de esos caminos
trascendentes, pero no es el único créame. Tengo un viejo camarada, escritor y poeta,
que escribió un cuento sobre un guerrero en el centro de todos los caminos. Le
recomiendo a usted que lo lea si quiere acercarse un poco a estos procesos, y tal vez
pesquisar sobre mi posible enfermedad mental. Y ya que le he mencionado a mi amigo,
déjeme lanzar un enigma al vuelo siguiendo el recorrido de sus palabras: que yo,
realmente, solo soy un yo, y no mil –y no se ofenda si le aseguro que usted igual-. Un
yo, no obstante, capaz de aceptar como cotidiano esta conversación desde el pasado,
capaz incluso de tratar con la cordialidad que me es característica a un cruel desalmado
como usted, que, permítame que le acuse, sólo está interesado en una versión amarillista
y ante todo no-sincera de mi vida y mis problemas.

¿Me pregunta usted si estoy loco? Pues mire por donde, si lo estoy; loco de atar, de
remate, y si me permite como una puta cabra. Me faltan más tornillos de los que usted
tendrá jamás. Para terminar solo le diré que tras tanta serotonina mal empleada y tantos
círculos dibujados, me he vuelto un hombre pragmático y por eso le he aceptado con
buena cara el cubata y el porro con los que se abrió camino hasta mí. Como también y
pese a todo, soy un buen hombre, le agradezco su invitación y su conversación aunque
su intención no fuese otra que soltar mi lengua en busca de bazofia que poder venderle a
los medios. Déjeme despedirme con un orgullo del que más tarde se que me arrepentiré,
diciéndole que no tiene ni la más mínima idea de lo que significa escribir para mí –no
hablemos ya de esa fanfarronería de que se me acusa de “ser escritor”-, pero descuide
que esa duda se la podrá llevar como regalo para inventar sobre ella. Y ahora me veo
obligado a imperarle que se largue antes de que deje de ser otro, y deje pasar al Yo que
realmente está buscando.

David Álvarez García 

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