Analogías y Libertad.

-¡Cuánto tiempo me he esforzado en demostrarme a mí mismo la absoluta inocencia del devenir!- F. W. Nietzsche

Haciendo acopia de mi contaminada imaginación, vamos allá.

Marx y Engels nos dijeron que la Historia del hombre es, esencialmente, una lucha de clases –por el poder-. Las palabras, lucha y clase han variado en su manifestación práctica en eso que llamamos Historia. Toda lucha es una relación que implica violencia, ya sea física o mental, individual o social. El concepto de clase social esquiva toda definición cerrada, pues siempre se reconocen subdivisiones de clase estableciéndose una jerarquía de poder en la cual delimitar y agrupar por clases a todos los individuos de una sociedad es una tarea infinita y siempre altamente imperfecta. No obstante, y a la sombra de Marx, cuando digo burgués o proletario, parece que de inmediato nos formamos una imagen en la cabeza. Lo mismo ocurre si digo esclavos y amos, funcionarios y autónomos, políticos y pueblo. La definición siempre será obscura, pero las imágenes que se nos vienen a la cabeza son claras: el esclavo nos lleva a las cadenas, el amo a lo opulencia y a la mano que sujeta las cadenas; el proletario nos lleva a la pobreza material y espiritual, el burgués a la ostentación y la elegancia; el político a traje, corbata y mentiras, el pueblo a incomprensión, desorganización y conciencia de clase. Son solo imágenes, puras palabras en nuestras cabezas que nos hacen sentir de una determinada manera, según el bando –o bandos- en el que luchemos.

La lucha de clases es la eterna lucha por la libertad. La libertad es sin duda el concepto central de todos los discursos, ya sean legitimadores del poder establecido, ya de la revolución. El amo lucha por mantener su libertad, el esclavo por conquistar la suya. Y se diga lo que se diga, la libertad absoluta del hombre, en tanto que hombre, es inalcanzable –al igual que la racionalidad perfecta, la paz, la igualdad o cualquier otro valor absoluto-, y en consecuencia toda libertad dependerá de una cierta no-libertad. Si la libertad en su sentido más básico, más inmediato –con el menor tinte político y metafísico- es algo así como la capacidad de poder hacer, la libertad está en relación directa con el poder. A mayor poder mayor libertad. Pero claro no hemos, ni por asomo, alcanzado una definición de libertad o de poder suficientes como para poder entrar en el juego del análisis de las relaciones conceptuales. No es lo que pretendo con estas pobres palabras –quizás algún día lo intente-. Ahora mismo solo quiero recrear un baile de imágenes metafóricas y filosóficas en el que la libertad aparezca en su sentido más puro.

Desde siempre y hasta siempre la razón humana podrá encontrar una interpretación según la cual su libertad para poder hacer se vea limitada, o incluso absolutamente reprimida. Por ahora tenemos el determinismo mecanicista de la materia como la expresión más elevada de no-libertad. Si todas nuestras acciones están determinadas por la causalidad universal, desde luego no somos libres para poder hacer nada, pues todo nuestro hacer será siempre un efecto de infinitas causas que no podemos comprender jamás, y nunca una elección. Del mismo modo que siempre habrá una interpretación de la represión, también la habrá de la solución a esa represión. Contra el mecanicismo materialista podemos decir, por ejemplo, que al no conocer la totalidad de las causas determinantes de nuestras acciones, somos libres en la medida en que somos ignorantes. Y eso está bien. Ya tenemos a los dos primeros bailarines: determinismo absoluto e incapacidad para abarcar el determinismo, es decir, libertad por imperfección del conocimiento. Veamos a los siguientes invitados.


El primero es la cadena, una herramienta humana para sujetar algo limitando su campo de movimiento –entre otros usos-. El determinismo –sea o no sea cierto- nos cuesta concebirlo como una cadena al ser algo tan alejado de nuestras posibilidades para combatirlo. En cambio cualquier tipo de coacción de un hombre sobre otros hombres, bien encaja con la imagen de la cadena. Esta es, sin duda, la imagen humana de la esclavitud por antonomasia. Toda sofisticación del poder, en tanto que represor –esclavista-, es un perfeccionamiento de esta imagen. Hoy en día, en muchas viñetas de crítica social se recurre a la cadena bajo algún tipo de velo o engaño, para mostrar la ironía de la libertad moderna. De este modo mientras el esclavo antiguo –y no tan antiguo- tenía una cadena en su cuello, el esclavo moderno tiene un engaño anclado en la mente. La lucha ha pasado del ámbito de lo físico al ámbito de lo mental. El papel de limitación de la libertad que antaño se desempeñaba con una cadena hoy se desempeña con el condicionamiento mental que oculta las posibles limitaciones en el campo de lo material –esencialmente la riqueza económica-. Por ejemplo, si antes un esclavo trataba de huir, se solucionaba con un “tirón de la cadena”; hoy ese “tirón” puede ser un programa de televisión, una página web, un trabajo alienante –aun sigo buscando uno que no lo sea-, o lo que se os pueda ocurrir –también vuestra imaginación está invitada a este baile de tristes máscaras-. Pero de momento solo he hablado de los esclavos y su ausencia de libertad. ¿Qué hay de la libertad de los que tiran de la cadena? ¿Acaso su libertad no está limitada por depender de esos “tirones”? ¿Acaso la cadena no es igual de opresiva por ambos extremos? Otra nueva imagen: la interpretación del poder como corruptible, y por tanto como represor de la libertad. Un Lord inglés dijo una vez “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” y tenía razón. Si la libertad pura es el poder hacer –el poder hacer del águila que vuela totalmente libre con el mundo entero bajo su poderosa mirada- todo estímulo sea del tipo que sea que disminuya las posibilidades de hacer, es una limitación de la libertad. Y el hombre que detenta un gran poder, no tiene la posibilidad de dejar de ser un hombre poderoso; será un adicto al poder. Un hombre pobre siempre puede intentar hacerse rico, pero un hombre rico no puede intentar hacerse pobre (salvo contadas excepciones). Desde luego, materialmente puede hacerlo, pero su psicología está totalmente absorbida por el encanto estético y moral del poder. Pero claro, me diréis, puestos a elegir… ¿Qué cadena es la que prefieres? Simplemente elige la cadena que más bonita te parezca y sácala a bailar. Todos, sin excepción, elegiremos el poder, y solo un mínimo número se arrepentirá de su decisión.

Ya vamos teniendo unos cuantos invitados y el ritmo del baile, lejos de decaer, va en aumento, acompasando el tintineo de las cadenas. La hermenéutica del siglo XX en su ejercicio de la interpretación, cae en la cuenta de la condición del hombre como ser de infinitas posibilidades. Todas esas posibilidades, todas ellas, pueden verse como libertad o como esclavitud. Y no da igual como valoremos las posibilidades, pues nuestra vida depende fundamentalmente de nuestra voluntad –exista o no exista el puto determinismo para decirlo de una vez por todas (que por cierto no es sino un posibilidad [en mi opinión, muy, muy, probable])-. Diría que Nietzsche nos puso una brillante estrella en el firmamento con su idea del eterno retorno: “vive tu vida como si cada instante de ella, lo fueses a experimentar de la misma manera durante toda la eternidad”. Seguir esa máxima es mi visión particular de la libertad pura, poder seguir esa máxima siempre y en todo momento. No digo con ello que yo la siga, lo que yo haga o deje de hacer es cosa mía. Aun así para ser sincero reconozco mi no-libertad, mi cadena, o mejor dicho, una de tantas. En fin, como decía al principio la Historia es una lucha por el poder, una lucha de clases; que es en su más cruda expresión, una lucha eterna por alcanzar la libertad pura –a todos los niveles-. Y hasta el día de hoy en este baile ni el gran burgués ni el pequeño proletario, ni el político ni el funcionario, ni el amo ni el esclavo, han siquiera olido la pureza de este aire de libertad.

No se puede generalizar con esta libertad, no es para unos o para otros, sino que solo individuos aislados, anónimos, sin cara ni nombre, han conquistado esta cumbre. Y esto es así, antes y después de Nietzsche; sus palabras no crean una nueva libertad, solo pone nombre a la fuerza desconocida que mueve la Historia escondida detrás del poder y del recuerdo. ¡Qué Napoleón, ni que Papa Borgia! ¿Queréis un Superhombre? ¿Queréis la encarnación del eterno retorno? ¿Queréis el “lado nietzscheano” de la vida? Ah no, a mí no me miréis; eso es algo que solo encontrareis en vosotros mismos, más allá del laberinto del espejo y más acá del paraíso de todo ideal (¿una pista?: si os empiezan a doler las cadenas, es que vais por buen camino).

El baile ya ha alcanzado su punto álgido, y ha culminado con el éxtasis irracional que solo un buen drogadicto conoce; ya las cadenas están ocultas bajo las podridas mantas en que nos arropamos cada noche; ya se llevó a cabo la destrucción de toda interpretación por parte de la banalidad hiperracional. Cuelga fofa del techo una lámpara con alas de águila y velas de sebo derretidas chorreando células madre y sangre negra. Hace aparición Poe con la máscara de la muerte roja, y todos quedamos infectados del mortal virus, miedo, miedo, miedo a no ser más que partículas insustanciales, delirios de la mente insana de algún Dios que nos sueña en un ataque de fiebre oriental. ¡Ay, Occidente! ¿Qué has hecho del mundo con tu gran búsqueda sino infectarlo de tu obscena enfermedad; mezcla de culpabilidad, falso orgullo y una repulsiva autocompasión de guerrillas? Así termina el baile de imágenes, y aquí sigo esperando entre insultos e indiferencia, con el eterno retorno en la cabeza, a que el mundo se pare, se acabe y vuelva a empezar. A fin de cuentas mi vida no ha estado nada mal.

David Álvarez García

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