Todos, desde el yo bebé a el yo triste de hace media hora, el yo feliz de antes de éste, o el yo lógico de ahora mismo. Todos y a todos los debo todo lo que sé, lo que decidí y he sentido hasta ahora, ellos son los guardianes de mi yo, ya que yo no soy nada.
Con el viaje de este mundo de uno de los más magníficos y brillantes creadores de yoes, Gabriel García Márquez, he comenzado a cuestionarme que es aquello tan maravilloso que él consiguió mostrarme y es esa capacidad plena de los yoes que él creó de deformar a voluntad su concepción de la realidad de tal manera que sean capaces, todo el rato, de aceptar como cotidianos la mayor variedad de hechos fantásticos imaginables. Lo importante de ello no es que, por ejemplo, las que ven marchar al cielo a Remedios, la bella, en Cien años de soledad, sólo se preocupen por qué ésta se llevó la sábana, sin nunca devolverla.
“Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
-¿Te sientes mal? -le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.”
Lo importante de ello es que sean capaces de tener una relación tan estrecha con su concepción del mundo, con su manera de presentarse ellos a él, su yo, que les permita mutilar a ese yo que era, que no concibe la ascensión de nadie a los cielos como parte de la realidad, tan rápido y de forma tan eficaz que el yo que se sucede asume tales hechos como tan corrientes que casi carecen de importancia. Es aquello de lo que te hablan los profanos, el realismo mágico, pero lo maravilloso de ello no es el incluir en lo corriente lo mágico, sino el cómo lo mágico se inserta en lo corriente, dando lugar a una mezcla sin rastro, sin un hilo del que tirar y desvelar el engaño porque tal engaño no existe. Es el cambio el que se diluye en lo corriente hasta desaparecer, ya que él es lo más corriente, lo normal, lo esperable, es que los yoes continúen sucediéndose, que mi posición frente el mundo se suceda a sí misma engulléndose y superándose, sin que yo me niegue en este proceso o lo niegue a él.
Los yoes no mueren, sólo nacen como yo individual tras un nuevo cambio. Déjenme que les aclare algo esencial antes de seguir. Podríamos decir que hay dos clases de yo. El yo que yo soy en el último momento del ahora, el yo conjunto de todos los yoes que fue y ahora es, el yo que ustedes conocen. Este yo se caracteriza por no ser nada, no es, pero no en tanto que no existe, si no en tanto que no está por nada determinado. Es todos sus yoes, pero no se reduce ni a ninguno de ellos, ni al conjunto de todos ellos. Esto es mi anterior “yo no soy nada”, el cual completaré más adelante.
La otra clase de yo comprende a los yoes que son, porque ya fueron, y que, debido a ello, son fuera del tiempo y de la posibilidad de cambio. Lo que cada uno de estos yoes es se determina cuando dejan de ser en el tiempo, cuando se agotan en un nuevo cambio. Son los miles de yoes que soy, pero mejor veámoslos dentro de un ejemplo. En Cien años, Macondo, como organismo colectivo, sufre la enfermedad del olvido, con ella cada uno, poco a poco, olvida todo lo que recordaba antes. Si lo vemos desde la perspectiva de la sucesión de yoes individuales con el paso del tiempo los yoes que era, que saben aquello que no recuerdo, se olvidan en el yo que soy, teniendo lugar en ese olvido la desaparición en el yo que soy de parte de los yoes que era; con el cambio que produce el olvido, con el tiempo que da lugar al desarrollo de dicho olvido. Pero en la solución que ellos dan a tal enfermedad encontramos el devenir de los yoes que eran, los yoes que eran no mueren, sino que a veces se olvidan, de la misma manera pueden, también, recordarse; porque yo soy miles de yoes, pero no soy nada.
“El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido:
“Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche.”
Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita. En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más grande en la calle central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrita claves para memorizar los objetos y los sentimientos.”
La pregunta del amnésico, “¿quién soy yo?”, tras lo expuesto, tiene fácil solución: nada, nadie, pero puedes ser lo que quieras. Esta última proposición es muy poderosa, pero ahora urge más el análisis del tema principal. Todo lo que soy, mis miles de yoes, sólo determina el coro de las miles de voces que puebla y llena mi ser ante cualquier tipo de decisión, ante mi disposición hacia el mundo, pero en ningún modo determinan la decisión. Puedo plantearme frente a todos ellos, comprenderlos como el resultado del desgranado de mi ser y ver que en ningún modo me superan, sólo son todo aquello de lo que me he servido para llegar hasta aquí. Esto, claro, sólo puede darse lugar en el momento en el que yo esté en comunión con todos ellos -no podemos olvidar el poderoso efecto determinante en la conducta del individuo de trastornos psicológicos como lo son aquellos provocados por experiencias traumáticas del pasado-, en un sentido de aceptación y comprensión de lo que son, recuerdos de lo que he sido, no aquello que soy y seré.
Esta es una libertad dura y muy costosa. Para ella parece necesaria la confianza en el cambio continuo de mi yo y de mi realidad, sin cuestionarme si aquello que ahora es puede ser, en base a lo que ha y he sido, pudiendo tener la entereza que posibilita tal comunión con uno mismo y con su realidad. De esta manera siempre podremos sentarnos con nuestros miles de yoes, desplegarlos, abrazarlos y sonreír libres al comprender que he sido, pero ahora –y ahora, y ahora, y ahora...- no soy nada, pero puedo ser lo que quiera.
Así, con la aceptación de mi cambio continuo y el de mi realidad, pues yo soy el prisma por el que yo la comprendo, con el ánimo inspirado en los diseños del gran Gabo, puedo sentarme en frente de mi yo, de dos de ellos, de cientos... de tantos como sea capaz de escuchar y sentir a la vez, verlos actuar, reír, llorar, soltar su texto inmóvil, comprender que yo soy y ellos me dan de ser y que ya he sido, otro yo ha empezado pero ya se me ha olvidado, otro yo que era, ahora no es, se diluye el montón de sus hermanos, se suma al olvido, pero este el sólo voluntario, ya le traerá el recuerdo un par de pies nuevos para cruzar esta tierra que es mi imaginación y que inunda la de verdad, la que duele. Quizá él y yo nos conozcamos, pero le siento tan lejos que no me reconozco, quizá algo haya olvidado que él recuerde. Sólo he de conseguir que hablen, pero yo sea el único que viva, porque, por supuesto, yo soy el único que muere.
Carlos Esteban González

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