Abundancia


-Les juro, señores, que tener exceso de conciencia es una enfermedad; una enfermedad real y completa 
[…] Pero a pesar de todo, estoy firmemente convencido de que no sólo mucha conciencia, sino que 
cualquier dosis de conciencia es una enfermedad. Mantengo mi opinión.- F. Dostoievski: Memorias del 
subsuelo

Sin formas, como lo exige mi tiempo, me dispongo a soltar la abundancia de mi
voluntad. Muertos ya el espíritu de la corte, el terror ideal del Medioevo y la plenitud
clásica hoy nos queda un joven esqueleto de temerosos recuerdos de tiempos “peores”,
una resonancia del romanticismo que casi parece empujarnos hacia atrás, hacia un
pasado que no conseguimos situar en el tiempo. Claro que tenemos moldes para el arte
y modelos para la acción y organización social -¡como si acaso pudiésemos liberarnos
de tales mitologías de nuestros antepasados!- pero lo que ya no tenemos son motivos
para ajustarnos a ellos. Y cuando digo motivos, quiero decir auténticos motivos: la
vocación queda eclipsada por la frivolidad y la obligación por la trivialidad. Aunque
claro ¿por qué ajustarnos a alguna bella forma arcaica cuando la belleza de nuestro
tiempo es la libertad de formas? Por ejemplo: un escritor contemporáneo a la hora de
escribir una novela, un relato o un guión -¡incluso un ensayo!- puede adoptar una
postura de crudo realismo y escribir diálogos con locuciones y proposiciones del
lenguaje actual olvidando toda estructura clásica de la literatura histórica desde Homero
y Esquilo hasta Borges, Kafka -¡o incluso Camus!-. También puede creerse capacitado
para renovar la literatura aplicando esas estructuras a su escritura realista,
convirtiéndose así en pseudo-realista, modernizándolas y haciendo progresar al arte.
Pero yo me pregunto: si no se es progresista ¿se es retrogrado? En fin, para decirlo de
una vez por todas, ningún escritor que sea tal –y no un profesor de catequesis- está
seguro de nada. O, dicho con más precisión: no está seguro de nada por mucho tiempo.
Hasta aquí el ejemplo. Yo ni siquiera soy escritor, y menos en estas líneas donde habla
la abundancia de mi voluntad que no entiende de límites –casi diría que por desgracia
para este cuerpo finito y decadente-.


El miedo campa a sus anchas sin restricciones de clase. Aunque lo cierto es que siempre
hay un límite que salvaguarda el sentimiento fóbico para el individuo de todas las razas,
culturas y climas. Para la inmensa mayoría –la cada vez mayor materia humana
masificada- ese límite es la ilegalidad o la inmoralidad, según la cultura. Para la minoría
de hombres “extraordinarios” ese límite varía según sus excentricidades y manías; por
lo común oscila entre el aburrimiento y el desencanto artístico, cuyo punto medio es la
enfermedad patológica –en una palabra: sufrimiento-. Podría decirse que el límite
universal es la muerte, pero hoy en día nadie cree ya en la muerte, hasta ahí llega la
crítica de la experiencia en nuestro tiempo: cuando nos muramos, solo tendremos que
levantarnos y caminar, como Lázaro. Esto no quiere decir que no pensemos en la
muerte, nos aterra morir. Y sin embargo no creemos que vaya a pasar. Preferimos creer
que los viejos no existen y que la juventud es un recuerdo de alguien que no somos
nosotros -¡Tan soberbia es nuestra vanidad!-. Es lo que comúnmente se llama una
paradoja. Hace poco, hablando con un interlocutor filosófico, llegamos a la conclusión
de que entender algo no es entender ese algo, es decir, su razón, o dicho
aristotélicamente, su causa. Entender un hecho, o un concepto si nos ponemos
dramáticos, es entender sus posibles y efectivas derivaciones prácticas. Y esto es algo
que solo lo podemos hacer desde el puro individualismo, es decir, ¿cómo me afecta a
mí? A partir de ahí, más tarde, por comparaciones de afinidad y desemejanza
intentaremos convertir nuestra subjetividad en objetividad lógica. Pero este proceso
aplicado a la muerte, es un perfecto sin sentido –quiero decir más aun que con cualquier
otro hecho-. En primer lugar porque, como he dicho, hoy en día nadie piensa que se
vaya a morir. Y en segundo lugar, porque tendríamos que morir y revivir para
preguntarnos con coherencia ¿cómo me afecta a mí? La cuestión no es como me afecta
la muerte de otros, eso es un asunto distinto, la cuestión es cómo me afecta la muerte
“en sí” a mí. Parece jodidamente estúpido mirado con simplicidad ¿cómo te va a
afectar? Muriéndote gilipollas. Eso podría decir cualquiera. Pero si aceptamos, como es
necesario hacer si tenemos dos ojos en la cara y el presente contexto socio-histórico
bajo nuestros pies, que en este siglo XXI nadie cree en la (propia) muerte, entonces ya
no es tan simple. Tanta abundancia –y en este caso, no de la voluntad- es un gran peso
sobre nuestras espaldas, y el precio a pagar es una muerte insignificante, totalmente
intrascendental. Supongo que ya gastamos toda nuestra trascendencia durante la vida, en
vez de vivir ¿No entendéis la paradoja? ¿No vais viendo sus consecuencias? Vivimos
pensando en la muerte y creemos que no vamos a morir. Y es que del saber al creer hay
mucha distancia. Lo primero se refiere a la certeza epistémica y lo segundo a la certeza
moral. Por eso, por muy seguros que estemos de la realidad de nuestra finitud, nuestra
moral en una fuerte apología de la esperanza moderna nos otorga un sentimiento de
inmortalidad. En otras épocas este impulso se canalizaba mediante los cultos sacros de
las religiones manifiestos en un código de virtud moral, pero hoy pese a cualquier
creencia religiosa la virtud moral pende del hilo de los prejuicios sociales y económicos
–principalmente-. No es esto un análisis, ni mucho menos, son simples palabras, que
bajo el velo de inteligencia en realidad ocultan una necesidad o, como diría un buen
profesor, una determinación empírica. Os dejo a vosotros adivinarla para que al menos
haya algún misterio a las claras en la exaltación de mi voluntad haciendo gala de su
abundancia espiritual. Alguno quizá os estéis preguntando de qué cojones hablo. ¿No
está claro? Os estoy dando una pista, una muy buena pista para la intelección –y no
análisis- del misterio de mis palabras. La voluntad siempre desborda a la acción, del
mismo modo que la acción siempre desborda a la experiencia; de ahí la abundancia.
Hay muchísimas interpretaciones del término “voluntad” pasando desde Kant por
Schopenhauer hasta Nietzsche –por hablar de los “paradigmas modernos más de moda”-
. Pero de normal lo que cualquiera entiende por voluntad es la facultad del querer, de la
plenitud del deseo. Nada hay más abundante que la voluntad –o así debería ser- que
quiere mucho más de lo que puede –por definición-. ¿Cómo estar plenamente
convencidos de algo cuando la voluntad, como un huracán, nos empuja de un lado a
otro, y más en este tiempo donde las posibilidades de acción han explotado hasta límites
antaño insospechados y que aun hoy nos parecen increíbles? Kant nos dejo la teoría de
que la voluntad no es el deseo puro, sino la razón en tanto que es capaz de darse una
norma práctica a sí misma bajo la cual colocarse y poder obrar por y/o conforme a ella.

Pero por más vueltas que le he dado no consigo ver lo brillante de esta idea, sólo veo
ingenuidad y no poca debilidad. Si el hombre es capaz de controlar un deseo mediante
una razón práctica no es por esa razón, sino por otro deseo más elevado. No quiero
meterme en el laberinto kantiano de actuar por deber y conforme al deber –a quien le
interese que se lea con una mirada perspicaz su Fundamentación de la metafísica de las
costumbres- solo mostrar la falsedad que esconde su teoría. La técnica y la moral
siempre serán herramientas del deseo y no al revés por el simple hecho de que la
voluntad es más abundante –más fuerte- que la razón. Sin voluntad la razón sería una
calculadora sin números, un ordenador sin operaciones que realizar por falta de
contenido. La razón sólo quiere una cosa para la cual necesita infinitas otras que no
están a su alcance; la voluntad, quiere infinitas cosas para las cuales solo necesita una de
la cual dispone –vida-. Como nosotros somos animales finitos –débiles físicamente
respecto a otros- la razón nos viene que ni pintada a la hora de no morir entre garras y
fauces. Creemos que al racionalizar la voluntad todo es posible, incluso los más altos
ideales –morales y técnicos-, y así hemos llegado a la conclusión de que no moriremos
(cada individuo) jamás. Poco nos importa que la experiencia histórica y biológica nos
asegure la realidad de la muerte, ¿qué nos importa la experiencia cuando tenemos a
nuestra disposición ese síntoma de voluntad que es acción, la cual desborda a la misma
realidad? ¡Cuán poco consideramos el papel de la voluntad! Decimos a diestro y
siniestro que la fuerza de voluntad es la solución a nuestra insatisfacción vital, pero lo
cierto es que esa insatisfacción viene dada por la represión de la voluntad por la
conciencia que es precisamente a lo que comúnmente se llama fuerza de voluntad. Es
una simple confusión terminológica: decimos fuerza de voluntad cuando queremos
expresar fuerza de conciencia. Y conciencia y voluntad casi podría decirse que son la
tesis-antítesis hegeliana. La síntesis que se pretendería alcanzar en esta absurda
construcción –no por ello menos exacta- no es la reconciliación, sino la dominación de
la voluntad sobre la conciencia, es decir, el caso contrario a la moral y la cultura de esta
época. La conciencia es la propia razón, ese “Yo” que desde la perspectiva de la
voluntad es “Los-Otros-en-mí”. La voluntad en cambio no necesita del “Yo” más que
como medio de vida, pues su finalidad no es la satisfacción de ese “Otros-en-mí” sino la
satisfacción de sí misma, la plenitud de su abundancia por medio de la carne y el
espíritu de ese pobre “Yo” que cree saberse dueño de sí, un ser inmortalmente moral,
cuando en realidad, como un buen escritor, nunca está seguro de nada durante un
periodo muy largo de tiempo. La luna brilla; y no para excitar a los mirones gatos 

pardos, sino para su propio deleite. 

David Álvarez García



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