Relato existencial
Cabalga un corcel desbocado sin montura
y sin jinete; atraviesa largos valles, estrechas mesetas desérticas;
se adentra en cavernas ocultas en las montañas; sobrepasa pequeños
arroyos, colinas pedregosas, bosques frondosos y llega, en su
incesante marcha, a la cima del monte de las almas perdidas. Allí,
por un instante, contempla la mediocridad del planeta que se muestra
inferior a su vista. Acto seguido comienza a descender con un paso
torpe y despreocupado, avanza a gran velocidad, excediendo sus
límites, y en un breve parpadeo tropieza precipitándose por una
ladera escarpada.
En el primer impacto cae de costado
partiéndose varias vértebras y dejando su piel pegada a las rocas.
No muere pero su lamento es escuchado y después de volar varios
metros con los ojos desorbitados y dejando tras de sí un limpio
reguero de sangre, golpea su cráneo contra la piedra maciza
desparramando sus sesos ya inservibles.
Desde la claridad del cielo nublado un inmenso ave, un águila de plumas celestes, divisa el majestuoso
espectáculo de la muerte. Sin dudarlo un solo momento se abalanza
sobre el cuerpo y empieza a desgarrar la carne que aún queda en él.
Lo devora en pocos minutos y mientras engulle su corazón sometido
asciende con vuelo libertino dejando atrás su hambre insaciable.
Cuando todo parece haberse calmado algo
orbita entre los pensamientos del gran pájaro. Algo que le hace
detenerse en un punto fijo del cielo y que cada vez es más intenso
como un tornado que nace en sus entrañas provocándole un dolor
indescriptible. La bestia se estremece, sus alas quedan paralizadas,
su pecho empieza a palpitar bruscamente y como una pesadilla sacada
de la mente de un loco estalla en un amasijo de plumas que llueven
sobre la fértil tierra quedando en posición vertical y formando así
un hermoso campo alado...
Con el primer rayo de luna llena de
cada pluma creció un esbelto árbol de ramas negras y hojas del
sueño. Sus frutos eran grandes racimos de hombres cristalizados en
uvas de llanto. De las uvas ya maduras cayeron jaurías de nobles,
manadas de esclavos, rebaños de necios y enjambres de avispas. La
Tierra se lleno de humanos que cavaban sus propias tumbas y jugaban a
enterrarse vivos, que acumulaban ideas y métodos para luego perderse
en la niebla espectral.
Todos estos seres alejados
subconscientemente de la Naturaleza, fueron creciendo y creando
enormes reinos para ordenarse como colonias de insectos y poder así
batallar entre ellos por un poder imaginario que solo ellos
comprenden. De este modo, un tétrico caos almidonó la concordia del
mundo y la paz se alejó con el paso del tiempo dejando en los
hombres una marca de simpleza e incertidumbre. Las bestias y alimañas
que antes dominaban con aire despreocupado ancladas al correr del
círculo eterno, se convirtieron en tristes instrumentos, bellas
exposiciones, atractivos juguetes e inservibles deshechos sin
importancia.
Poco a poco, todo fue exterminado y
solo quedaron interminables necrópolis erguidas sobre los pilares de
la existencia, tormentas de arena rojiza, hileras de sangre oscura y
fragmentos irreconocibles del anciano rostro del mundo. Ni un solo
indicio de vida se podía apreciar en kilómetros y kilómetros de
soledad, la nada había llegado a lo más alto del poder y lo único
que quedaba era el descontrol climático que acabaría arrasando la
totalidad del planeta.
Una utopía reducida a la simple
autodestrucción, un lugar inapreciado por cerebros racionales y
demasiado espléndido para ser perfeccionado. Un espacio tan libre y
puro que acabó siendo esclavizado injustamente por el anárquico
progreso de la especie.
Ernesto Rodríguez Vicente
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