Cajón de sastre #2

Toda una vida corriendo
en direcciones cortadas.
Toda una vida huyendo
de tu cuerpo, de mi cara.

 Mírame, si quieres, ahí sentada.
Veamos si puedo volver a morir
a tu lado, o en otra cama.
Veamos si me tocas y nazco
de nuevo. Tranquila, recién
salgo, recién muero.

 Tanto tiempo sangrando
y aún no ha llegado ni a rozar el suelo.
Este corazón que se desgrana
no es mío ni del resto,
no es tuyo, ni mi familia lo lleva
puesto, no nace de otros días,
no es ningún sentimiento nuevo.
No necesitó que me acercara por
sus vías, el tren me arrolló por bueno,
por el caer de las horas en este
de otro cuerpo. No caí por el lado de
las olas, el otro era de invierno.

 Llegamos, te lo dije, corriendo.
Nos desnudamos rápido, tropezando,
empuñamos palabra y aliento,
buscamos crear mundos de trueno,
buscamos verlos caer todos los días,
todo el tiempo. Quizá el ruido alguna vez
llegue a hacer retroceder
a este horrible matarife
al que llamáis tiempo.

Mueren en mí todos los días, 
las noches nos devuelven la vida, 
nos apretamos juntos todos los yoes 
al calor de tu sonrisa. 

Saltan los corazones, 
caen de los balcones crueles
rías. Mares son las calles
y no azules sus divisas. 
Nos tomaron ayer el norte,
hoy estamos por perder 
el tiempo y su prisa. 

Quizá yo muera con el 
nudo de mis alas 
entre las costillas. 
Quizá el castillo de la nada 
sea mi palacio de ayer 
y la cama deseada. 

Si mi cabeza derrumbó 
su cuello por el falso 
peso que echaba 
sobre mi espalda, 
mi corazón, con su rojo
ejército de lava, 
declinó manchando 
el suelo la vacante 
que mi cara dejaba. 

 Ahí fuera corren 
y se llaman poetas, 
los que los callan
filósofos y así casi 
nada vuela, casi nada 
se salva de quedar
como un murmullo
si la música inunda
y todo se riega. 

 No me olvido de ti 
luz del alba, que
graciosa bañas mi
cuerpo aún cuando
yo no lo habitaba
y eran los quereres
de otro que manda
los que le hacen parecer 
que habla, que anda.


Ay, no te acabes todavía, 
aún quedan palabras. 

Me enfadé con la ciudad 
porque no podía ir a verla. 
Me odié por no llorar, 
quizás así ella me viera 
como un perro arrepentido, 
como un sol rodeado de pena, 
pero me escupió desde el bordillo,
me condenó a besar su acera. 

 No dejan de mirarme, 
con sus de orgullo brillantes cuerdas. 
Cómo mentirlas sin herirlas, 
sin que llore su madera, 
que yo las quiero y ellas me duelen, 
que no busquen lo que no pueden. 
Mi corazón murió en cama de cera, 
tuve cuidado de no arder, quizá se derritiera. 
Huí a tiempo, me miró y casi 
lo vio brillar; por ellas 
la vida entera perdía. 

 Así quizá, con el dolor en igualdad, 
cuando me siente con ellas 
quizá me derrame por dos lados, 
me vibre de orgullos prestados. 

Quizá ellas no me sigan 
y hasta las gotas, temerosas, 
pero si callo cantan 
no rozan el suelo. 
Miran, como diosas, 
como los tres
nos ahogamos
en 
el 
Abuelo.
.......................................................................................
¿A dónde irán 
con su maravilloso caminar, 
su ágil querer y volar,
su concienzudo sentir y soñar,
su desprendido padecer y razonar?

¿A dónde irán 
ustedes, brillantes palabras de otro, 
otro muerto, tardío y ronco, 
otro lejano, agotado y yermo.
Otro que, sin saberlo, 
cruzó la herida del pensamiento y el 
tiempo 
acertando, ahora, clavándose en mi 
pecho.

No me alumbres así aurora, 
si mis ojos se abrazan 
y mi cuerpo se recoge en la espera. 

No hagas por sostenerme acera. 
Hoy debí morir en otra vida, 
pues mi nombre me es ajeno puesto 
y el sol me huye entre marquesinas.

Deja de mentirme almohada
nuestro amor se agota en la mañana,
ahí fuera llevan ya esperando
la acera, el sol y mi realidad amada.


Carlos Esteban González



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