La bella política.

Cualquier sistema que montéis sin nosotros será derribado.” 
Leonard Cohen 


Algún día escribiré un poema que verse sobre el infierno para, como el bueno de Woody Allen,
vengarme de algunas personas. Mientras llega ese día despotricaré con cien bocas y
muchísimas más voces contra la corrupción y contra los corruptos para tratar así de limpiar el
nombre de la política; la dama violada. Aunque se lo merezca, aunque con sus ubres haya
amamantado a todos estos hijos de puta que ahora buscan su entierro con un bloque de
cemento y el camuflaje de un barco pesquero. Este es el poema del canto desgarrado y de la
rabia profunda, el poema del cambio y el poema de todos; el poema que nunca llegó a ser
poema.

¡Oh, política, mi inocente política!

Siento la terrible obligación de defender a la bella política de las sucias garras de ese falso rey
que ha usurpado su trono y su cetro. Ese asqueroso gordinflón, apestoso y borracho amigo de
la corrupción es quien está dañando la inocencia de la política para utilizarla contra ella misma.
Política es sinónimo de libertad, de orden y de justicia. Sí, quizás también sea sinónimo de
dominación de los unos sobre los otros, pero ¿qué tipo de sociedad sería aquella en la que no
existan ciertos niveles de autoridad de los unos sobre los otros? Una anarquía sin control
directa contra la cuneta. Aborrezco totalmente de la anarquía, pero creo en la posibilidad de
establecer un orden político que, aunque no igualitario, tenga en cuenta las necesidades y
sobretodo capacidades de todos los ciudadanos que la competen. Deshagamos las cadenas de
estas absurdas e intencionadamente creadas relaciones de poder y creemos unas nuevas
relaciones de poder en las que los dominados no sucumban siempre en la pobreza y en la que
los dominantes no legitimen su poder en un Dios al que solo podamos ver el trasero ni en unos
conceptos tan oscuros y malévolos que hayan olvidado su servicio al hombre. La bella política
es la dama de todos y no podemos permitir que la corrupción, a quien han visto borracho de
poder por las plazas de las grandes ciudades, la use como un bien privado. No es su puta.

¡Oh, política, mi bella política!



Para luchar contra este panzudo tirano que es la corrupción no me serviré de más armas que
mi propio pensamiento y mi acción, pero también necesitaré de vuestro pensamiento y de
vuestra acción para que esta utopía que parásita por mi cabeza llegue algún día (quizás antes
de que me dé tiempo a escribir aquel poema sobre el infierno) a ser una realidad palpable y
visible.

Lo primero que debemos hacer es tirar abajo ese castillo que antes pertenecía a la política
pero que ahora ha sido ocupado por su abominable alter ego. Es la parte más divertida del
plan: tirarlo todo abajo, no quedar nada en pie. Pero para poder hacer esto tenemos que tener
muy claro qué tipo de castillo construiremos después de la destrucción de este primero, no
vayamos a tener que pasar un largo invierno caminando entre polvo y ceniza, aunque adore
esa idea. Lo que quiero que sea el pilar básico de la creación de nuestro nuevo castillo (el cual no dudéis de que será mucho más bonito y elegante que el primero) es la conciencia plena de
todos y cada uno de vosotros de que todos y cada uno de vosotros tenéis algo que hacer
dentro de la historia de esta gran familia que es la humanidad y de que el único deber que
puede imponérsele al hombre como un ser inteligente y capaz de crear nuevas realidad a
través de la acción es el deber social, la entrega a la causa común. No somos seres
independientes, somos seres que necesitamos de los demás y a los demás nos debemos.
Intervenimos en la historia y podemos cambiarla.

¡Oh, política, mi sanguinaria política!

Sin grandes pensadores ninguna revolución hubiese sido posible, pero tampoco sin grandes
actores. Si la corrupción entra el día menos pensado en el huerto donde hay trabajando cinco
o seis pobres campesinos que no tienen más que su trabajo del día a día y quiere quitarles sus
recursos y obligarles al pago de un tributo por cultivar sus tierras (¡desde cuándo la tierra es de
alguien, joder!) no solo tienen que levantarse contra la corrupción esos cinco o seis
campesinos que no tienen más que su trabajo del día a día, sino también los campesinos que
no tienen más que su trabajo del día a día del huerto de enfrente, y los campesinos que no
tienen más que su trabajo del día a día del huerto de más allá. La corrupción se ha hecho con
un gran ejército capaz de cualquier atrocidad por el bien de su señor y por el bien de su
bandera y por el bien de su castillo, pero nosotros tenemos un ejército que sería capaz de
cualquier atrocidad por el bien de su huerto y por el bien de su familia y por el bien de la
humanidad, tenemos un ejército que de tanto ver el pan y no probar la miga ha logrado partir
los barrotes de las cárceles en que cumplían castigo a cabezazos y van directos a por el
verdugo. Ya no necesitamos ningún payaso de las bofetadas (como bien vino a llamar León
Felipe al caballero Quijote que, además de ser un personaje sacado de la hiperlúcida mente de
Cervantes, se convirtió en el primer revolucionario enamorado de la justicia) ni poner la otra
mejilla, es el momento de contraatacar con toda nuestra fuerza.

¡Oh, política, mi justiciera política!

Porque los grandes dictadores y los grandes tiranos pueden legitimar su poder y justificar
grandes genocidios con su lengua bífida y su pelo engominado, pero nosotros tenemos de
nuestra parte a todo un pueblo que un día conoció la libertad y hoy todavía saborea su dulzura
entre los labios. Así que no penséis que vamos a rendirnos jamás, porque el miedo que os
teníamos se ha transformado en rabia, y ahora os habéis encontrado con que los fantasmas
que creasteis son los monstruos que atemorizarán todas vuestras pesadillas hasta el final de
vuestros días.

Y una vez que hayamos conseguido vencer a ese ejército de máquinas que servía a la
corrupción la política quedará por fin libre y nosotros podremos usarla a nuestro favor. Porque
una vez limpiada la mierda todo se verá más blanco y más reluciente que nunca. Nosotros
haremos la política a nuestro gusto y respondiendo siempre a los intereses de la humanidad,
no a intereses privados de poderosos.

¡Oh, política, mi libertada política!

Quedáis avisados: con la política no se juega.

Eduardo Gutiérrez Gutiérrez

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