Lo último que recordaba era una sonrisa, su propia sonrisa antes del impacto. Abrió los ojos lentamente y la luz le hizo daño. Estaba en su cama de siempre en su casa de siempre, sano y salvo -¿He muerto? Se preguntó. Qué curioso que ante la confusión del despertar lo primero que acuda a una mente sea la muerte. Pero no, no estaba muerto, aunque él mismo no lo creyese. Los recuerdos iban entrando a raudales en su cabeza, que empezó a dolerle, no sé si por causa de la luz o de los recuerdos o de ambas cosas. Volvía en autobús a su casa y era de noche y además estaba fumado o eso creía recordar. Una puerta salía volando en la habitación de su conciencia y entraba una figura negra que venía a buscarlo. Hacía frío, mucho frío y temblaba en una parada de autobús mientras se devanaba los sesos en una cuestión que ahora parecía no tener importancia. ¡No, espera! Eso es un recuerdo que estaba recordando antes de despertarme aquí ¿O era antes del accidente? ¿O un sueño? Estaba dentro del autobús y no había fumado nada y no hacía tanto frío. Pero nada de eso tiene ninguna importancia ya que la mente de Javi estaba en otra parte; en un recuerdo ¿Dónde si no? Extractos de imágenes se sucedían sin ninguna lógica, pero tenían un sentido -¡Espera! Se dijo a sí mismo -¿Ahora donde estoy y por qué? Estoy en mi cama dolorido y confuso, pero tranquilo y en paz. Debo haber estado inconsciente tras el accidente y he despertado ahora ¿Pero debería estar en un hospital? Da igual, creo que estoy bien –terminó de convencerse.
Así que cerró los ojos y dejo a su cabeza funcionar mientras el contemplaba en su descanso. Contempló como el autobús volcaba en una curva con él dentro –además de otros pasajeros- dando algunas vueltas sobre sí mismo. Vio como su cuerpo quedaba atrapado en la masa de escombros que era ahora el bus. Y contempló como su cuerpo hacía algo que el siempre creyó imposible: una imagen difuminada de sí mismo se elevo desde su propio cuerpo tumbado bocabajo. Al principio pensó que era un espíritu, su alma que quedaba libre para continuar con lo que quiera que hiciesen las almas –prefirió no entrar en antiguas cuevas griegas. Pero según avanzaba en su cabeza esa escena, dejó de creer que eso fuese su alma. Y no sin una buena razón, pues ese “reflejo de sí mismo” empezó a moverse como lo haría cualquier hombre y arrastrándose salió de debajo del autobús y a continuación sacó el cuerpo del que había surgido de entre los restos del accidente y, simplemente, se fue. Comenzó a andar por la calle alejándose de su causa para emprender su propia vida, pensó Javi. Tumbado en su cama contemplaba toda aquella película, justo en el centro de todo, disponiendo de todas las perspectivas. Desde todas ellas miró y en todas vio lo mismo: una réplica perfecta de sí mismo desde todas las perspectivas había salido de él justo después de un terrible accidente de autobús, le había salvado la vida y se había ido sin mirar atrás. -¿Tendrá esto algo que ver con el remedio? Con ese remedio que llevo toda mi existencia buscando y que la noche del accidente pude saborear. Sé que antes del accidente iba pensando en una noche lejana en una parada de autobús en la que conseguí dejar de temblar, en la que conseguí tomar control de mi mismo. Sé que relacioné lo que ocurrió aquella noche –en la que había fumado bastante- con mi búsqueda del remedio, que devanaba mi mente la noche en la que no estoy seguro de si morí. Y ahora esto ¿Qué debo pensar? ¿Qué cojones debo creer? Al menos ahora no tengo miedo – sintió en lo más profundo de su ser. Y entonces, al constatarse de la ausencia de miedo se estremeció, simplemente un escalofrió recorrió todo su sistema nervioso y su cuerpo respondió estremeciéndose. –Impulsos, pensó. Todo empieza y termina con un impulso, que además siempre parece ser el mismo.
Entonces se destapo de un tirón y bajo las piernas de la cama en busca de sus viejas chanclas. Sus pies las encontraron y se puso en pie. Salió al pasillo y se estiró de camino al baño. Se lavo la cara ensangrentada, aun bastante confuso pese a la intensidad del instante que había permanecido contemplando las visiones de su cerebro tumbado en la cama. Y entonces se miró al espejo una vez más, cómo cada mañana, cómo queriendo asegurarse de que está donde tiene que estar, como debió sentirse Jesús al contemplar Jerusalén. Y cómo cada mañana sintió que no estaba en su Jerusalén, sintió que estaba perdido en su imagen, en su idea. Pero había algo diferente, pues no en vano había sido salvado por una especie de clon post mórtem de sí mismo. Esa mañana no sólo contempló con los ojos cerrados el suceso de la duplicación, sino que atónito ante el espejo con los ojos abiertos vio cómo su reflejo le sonreía, con la misma sonrisa que era su primer recuerdo al despertar. El reflejo era perfecto a la percepción, la simetría no incumplía ni una sola regla de la proporción y sin embargo una cara miraba pasmada, mientras la otra miraba con una sonrisa, no en los labios, sino en los ojos. Dos cuerpos idénticos, con los mismos ojos y mirada distinta, mirándose uno a otro, uno confuso por el presente, el otro alegre por su pasado. Entonces Javi habló en voz alta ante su reflejo que movía la boca al ritmo de sus palabras:
Tuve un accidente mientras rozaba el remedio con las yemas de mi percepción a través de un recuerdo. Nunca estuve dispuesto a morir sin antes haberlo encontrado o haberme rendido. Y sin embargo la muerte llamaba a mi puerta cada vez con más fuerza. ¿Qué podía hacer? Sabiendo que iba a morir, creí que no iba a morir, y lo creí porque realmente no podía creer que estuviese muriéndome en ese mismo instante en ese “sitio”. Y entonces se produjo lo que ocurre constantemente y que constantemente ignoramos, pues no lo percibimos jamás. Una serie infinita de posibilidades que convergen en un hecho, sólo que no es un solo hecho, sino infinitos. Pero dado que no soy el universo en el sentido de que no tengo conciencia de serlo, un hecho para mí, no es ni uno ni infinitos, sino dos: morir o vivir. Más simple: Puerta 1 y Puerta 2. Desde el momento en que nacemos nos duplicamos: en un camino vivimos por primera vez, en otro morimos por primera vez nada más nacer. En el camino de la muerte no sé si la duplicación continuará o no. Pero en el camino de la vida, nada más llorar se duplica nuestra vida y de cada bifurcación, de cada “clon” sale otro. No me atrevería a decir dónde termina esto, ya que cuando morimos, todas nuestras duplicaciones siguen un presente que no es el nuestro propiamente dicho. Algunos habrán muerto, pero otros seguirán vivos mientras creamos haber muerto, mientras creamos haber perdido el presente. Ese momento –al que llamamos muerte- en el que dejamos definitivamente de creer en el presente, consiste simplemente en la rendición. No podemos seguir creyendo en la vida –en la llamada muerte natural diríamos que por cansancio- y en vez de buscar senderos cada vez mas impracticables que nos lleven de nuevo a la felicidad del presente, lo abandonamos, ansiosos de futuro, muertos de miedo o de curiosidad. Y es que el presente es el preludio del hecho, es decir la acción. Y una acción es cualquier cosa que tenga proyección de hecho. En el accidente ocurrieron dos hechos: 1º Morí creyendo que no iba a morir 2º Sobreviví y no morí pero esta posibilidad de no haber muerto en el accidente murió por mí al materializarse y sacar mi cuerpo de la chatarra humeante. Antes creí que se iba a vivir su vida, pero no. Se iba por mi vida, para mantener mi presente, para que pudiese seguir creyendo. Y eso es lo que algunas gentes llaman milagro. ¿Qué sí el milagro pasó por no creer en mi muerte mientras se producía? Quizá, desde luego la posibilidad existe. También pasó que en el instante previo a mi muerte si que creía que estaba muriendo, y tanto la posibilidad de vivir como la de morir se llevaron a cabo y posiblemente un yo vivo que creyó que estaba muerto este cuestionándose cosas similares a estas, sólo que más confuso que yo pues tendrá la sensación de haber resucitado. De todos modos no sé que estarán haciendo los infinitos "Yoes" de mi vida en sus respectivos presentes, se lo que estoy haciendo yo en este. Estoy hablándome delante del espejo y esta mañana es diferente. Esta mañana quizá sea ese día en el que encontré el remedio. El remedio es creer todo esto, creer en las duplicaciones, en las alucinaciones delirantes de mi mente tras el accidente, en las deducciones de un loco que tal vez este muerto, en las visiones que he tenido de lo que pasó en el accidente mientras estaba tirado en la cama. El remedio es creer que el presente es único, pese a que quizá no lo sea. El remedio, amigo Yo del espejo, es creer. Pero así expresado es el remedio en abstracto, por decirlo de alguna manera. Cada uno debe encontrar en lo que creer. Y encontrarlo exige buscarlo, creer en una creencia sin haberla buscado es el error que ha cometido el hombre en su ansia de civilización –buscando el camino fácil y rápido en vez del calmado e imponente. Mi remedio es creer: creer que todo se reduce a algún tipo de impulso, creer que el destino siempre tiene una bifurcación; creer que el presente puede impulsar su destino entre los infinitos pasajes que se abren ante la felicidad de toda una vida.
Dicho esto terminó el monólogo consigo mismo y entonces el reflejo llegó a la catarsis al cruzarse las miradas y estar ambas sonriendo, con la sonrisa con la que murió, con la sonrisa con la que resurgió de sus creencias. ¿En qué crees tú? Creo que tengo un billete para Jerusalem.
________________________________________________________________________________
Conclusión: Hay tantas posibilidades que la vida, sencillamente, debe ser infinita en algún sentido. Ahora bien encontrar ese sentido en esta vida no es posible -si acaso en los sentimientos; y más en forma de intuición que de conocimiento. Es un camino de metáforas.
David Álvarez García
No hay comentarios:
Publicar un comentario