Este poema (porque puedo deformar la realidad a mi antojo) es una carga de dinamita, y el pueblo es la mecha. Empezad a temblar.
Cuando me di cuenta de que un hombre disfrazado con un uniforme policial no era más que un hombre, y por lo tanto no más que yo, perdí el miedo a encararme a vosotros para destruir vuestras leyes. Porque vuestras leyes no solucionan mis problemas. Así que ya no tengo miedo a que os colguéis furiosos de mi cuello, porque vuestro odio no puede con mi odio, porque vuestra seguridad no engaña a mi libertad. No, no tenéis nada que hacer contra el dolor que habéis creado; vendrá, como los cuervos que criasteis, a sacaros los ojos.
Tomasteis la calle creyéndola como vuestra cuando jamás fue de nadie, y ese es el delito por el que vagaréis eternamente entre las llagas de mis manos. Por esto y por miles de atrocidades más seréis ahorcados por las cuerdas que manejan mis dedos. No penséis, ni por asomo, que los perros de presa que sacáis en cada manifestación han mermado nuestras ganas de luchar por algo tan obvio que debería daros vergüenza prohibirlo.
No tenemos miedo a vuestro poder, hijos de puta, porque mantenemos intacta la dignidad hacia nosotros mismos.
Creo que de eso no sabéis nada. Normal.
Preparamos un cóctel poético que quizás no dañe vuestros sucios trajes, pero que alimenta el ánimo de una generación que aún no se da por perdida. Así nacerá el hijo: con el puño cerrado y el brazo en alto.
Hay odio en estas líneas porque vosotros, hipócritas ilustrados, lo habéis creado. Hay odio y también hay rabia, así que tened cuidado. Ya sabéis, si nos tratáis como a bestias responderemos como bestias. Creo que ya lo dije en alguna ocasión.
Destruiremos vuestro mundo para hacer de él un lugar maravilloso.
Vedme aquí, de regreso a mis límites. Aprenderos de memoria cada uno de los rincones de mi dolor porque esa será vuestra prisión.
Miradnos, ahora somos gigantes. Y venimos a asaltar vuestro reino, a levantaros del sillón, a ridiculizar vuestros cetros. La próxima vez que salgáis a la calle no penséis que vamos a temeros, porque a base de golpes reconocimos, en la sangre de nuestras mejillas, la nada de la que están hechos vuestros conceptos.
Mi hermano el lobo y yo estamos cansados de vagar, desterrados, por una tierra a la que le pusisteis dueño sin preguntar a nadie, claro, y de la que chupáis hasta la memoria, normal.
También estamos muy, repito, muy enfadados porque tratamos de levantarnos pero en cuanto conseguimos alzar al cielo la cabeza vienen otra vez; las sombras inquisidoras que se quedan con nuestra ropa y disfrutan viéndonos palidecer y sangrar, desnudos de cintura para abajo.
Destruiremos vuestro mundo para hacer de él un lugar maravilloso.
Acabaréis crucificados en la cruz que vosotros mismos inventasteis y seréis el pasto de las ratas. Parecen terribles y asquerosas, ¿verdad? Eso es porque no supisteis vivir con ellas. Ni se os ocurra suplicar por vuestra alma porque eso es algo por lo que nosotros llevamos una vida luchando.
Las lágrimas que empañan este escrito tienen la fuerza demoledora de diez mil hombres, así que no oséis burlaros de ellas. No jugaréis nunca más, os lo juro, con el dolor de mi padre y de mi madre que ahora es el mío. No permitiré que robéis la libertad de la gente a cambio de una seguridad que no existe.
Del mismo modo que nos estáis desinflando los bolsillos se nos están hinchando los huevos, y el día que todo explote le quitaremos al César lo que es de todos.
Pensabais que podíais elegir vosotros mismos el bien que a cada uno le correspondía y os habéis encontrado con esto: con toda una masa de gente unida que se lanzará contra vosotros como perros hambrientos.
Tened los cojones de contarle a ese padre de familia, con fuerzas de sobra para trabajar todavía, que tendrá que soportar la impotencia de no poder dar de comer a sus hijos porque se os antojo llenar a esta realidad de mentira. Parece que la tristeza en los ojos del niño que duerme entre cartones no fue suficiente para reblandecer vuestros corazones (porque no dudo que carezcáis de ellos). Si esto no fue suficiente no queda otra sino combatir.
He imaginado un ejército de hombres libres asaltado iglesias, quemando congresos.
Ya no son lágrimas sino sangre el río que atraviesan estas líneas porque de tanto cerrar los puños, estos han empezado a quejarse.
Eduardo Gutiérrez Gutiérrez
No hay comentarios:
Publicar un comentario