Cruel batalla es ésta
que sin salpicar de rojo,
sin llover me mojo
en el cielo más claro
y sin sangrar los ojos
de dolor y llanto
siento el tronco roto
y el alma cabeza abajo.
Cruel batalla es ésta
que desidia escupe
y aunque la luz ocupe
el hueco más oscuro
en vano silencio sufre
sin soltar sollozo alguno
el desierto vacío de luces
que del corazón fue intruso.
Cruel batalla es ésta
que en silencio vive
del gran espíritu libre
debilitado a cada paso
por la lid que describen
el triunfo y el fracaso.
-!Qué por dentro griten
lo que por fuera es ocultado!
¿Cuándo acabará esta disputa?
¿Cuándo estallará el interior
de la rabia que la chispa perdió?
¿Cómo quemaré esta amargura?
¿Se volverá cuerda la locura
y llorará la guitarra monocorde
soltando la pena en un acorde?
No, no podrán los cimientos aguantar
el peso del denso lamento de viva cal
que cada vez más lento en su baño mortal,
gota a gota, inflama el sentimiento
hasta que, pálido, termine en el huerto
mirando mi rostro el triste final...
No, no acabará tal nocivo sufrimiento
nunca esta vida acogerá, piadosa de mí,
el hielo ardiendo que reside tan dentro.
Y bramaré al ánima obligando a seguir
aunque el desierto cada vez más extenso
apoderarse quiera de mí, y entre dunas
hundir su puño de arena hasta morir.
Ernesto Rodríguez Vicente
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