he fallado el blanco de la vida. Son las dos de la tarde.– Michel Houellebecq
Muchas veces he pensado como sería escribir unas líneas que dejar junto al propio cuerpo
sin vida. Al final siempre pensaba que poco importaba lo que quedase escrito, puesto que
esas partículas y particularidades reunidas en la ilusión del Yo, habrían desaparecido de
la realidad constituida por ellas mimas. Para darme ideas en mis momentos suicidas leía
la carta de H.S. Thompson o de Kurt Cobain, pero no quedaba convencido y nunca hice
ni siquiera eso que llaman “intento de suicidio” o “grito de socorro”. No creo que necesite
que nadie me salve, y aun si lo creyese lo negaría una y otra vez. Del mismo modo negaría
ser merecedor de la compasión del hombre, cruel estigma de la indiferencia primordial.
Pero esto no es una carta de suicidio, o no en el sentido usual, puesto que no pretendo
quitarme lo que generalmente se considera “la vida”. Es una despedida (tranquilos,
estadísticamente hablando pocas despedidas son definitivas) de esta revista y de la vida
tal y como ha sido para mí hasta ahora. Para empezar seguiré el estilo Cobain:
Ya no disfruto escribiendo. Más justo sería decir que nunca lo he disfrutado realmente, y
que simplemente me valía de ello con la intención de definir e integrar esa esquiva “vida
interior” en la imposición exclusiva de la dominancia externa. Ahora bien, esto no
significa que vaya a dejar de hacerlo. Simplemente voy a dejar de publicar en este espacio,
como una suerte de esperanza hacia un nivel más profundo de mi mismo. Siempre se
habla de “conocerse a uno mismo” o de “ampliar los límites de la conciencia” pero muy
pocas veces se desea profundizar en ese abismo que nos mira, y que con un primer vistazo
superficial ya se intuye infinitamente vacío. El problema que yo veo en esta labor
arqueológica de la psicología humana es que, a cada paso, la realidad se desvirtúa y se
emborrona. Es un sendero arriesgado en el cual la locura amenaza tras cada curva y cada
vuelta. Pero hoy más que nunca la locura misma está en duda, subsumida en función de
la interpretación de las relaciones de poder llevadas a cabo en los últimos años. Además
eso, en verdad, tampoco es tan importante. Una vez se ha sentido la llamada del vacío, es
decir, la desilusión por el sentido común de la realidad aplastante, es absurdo siquiera
plantearse el retorno a la seguridad de las masas. Si acaso se volverá a ese amplio terreno
de conflicto tras el descenso y el pleno desencanto, nunca antes. Más tampoco esa óptica
revisionista de un ingenuo pesimismo, llamado a la ilusión de la superioridad espiritual,
es válida para mí. Y esto, en definitiva, me tiene a mí como punto de partida para las
posibles conexiones con los diversos organismos de lo real.
En este texto pretendo ser directo y simple (¿he ahí la ficción?). En muchos de los textos
que he escrito para esta revista adoptaba una visión autobiográfica, falseada por la ficción.
Es decir, se os ofrecía la apariencia de que vuestro interlocutor en la lectura era “yo”, pero
la verdad es que no era así. A la hora de escribir (exceptuando quizás los textos
estrictamente filosóficos –de haberlos-), aun en aras de la sinceridad intelectual y moral,
es para mí evidente la presencia de una frontera de ficción que abre el marco para la
integración de mis impresiones e ideas. Es en esa frontera donde más atención hay que
poner para detectar a ese que escribe, y no en el ámbito que se explicita en las propias
palabras. Es como cuando lees Rayuela, pero, obviamente, en un nivel muy inferior de
estructura literaria. Además Cortázar tiene la virtud de abrir con una amplitud asombrosa
23
ese intersticio entre lo que escribe y lo que desea. Por seguir a Žižek, de lo que se trata es
de: en primer lugar, aceptar que la realidad se constituye a través de ficciones, por y para
ellas; es decir, que para el hombre no existe esa ansiada realidad libre de ficciones
constitutivas, sino que toda realidad está contenida en los sueños, ideas y las fantasías por
las cuales nos movemos; y en segundo lugar, una vez aceptado el “principio ficcional o
ideológico” de la realidad (por llamarlo de alguna manera), buscar no la causa teórica que
deforma lo real, sino los mecanismos prácticos mediante los cuales las ficciones teóricas
articulan y constituyen la realidad (aunque esa articulación sea propiamente una
deformación teórica de algo desconocido). Así pues, ese “yo real” es un susurro que
recorre todos mis “yoes ficticios”, que en este caso son los textos de esta revista. Y ahora
viene la pregunta fundamental: ¿existimos, acaso, sin el apoyo de la fantasía? Si nadie me
lee para sustentar mi fantasía literaria ¿he existido en algún sentido? ¿En algún nivel?
¿Acaso basta con que me lea yo a mí mismo? A esto último podría responder que sí,
siempre y cuando se aceptase que el David que escribe, es radicalmente diferente del
David que lee, aunque eso no está tan claro.
Pero volvamos a mi suicidio. Aparte de mi creciente disgusto por lo que hago (por lo que
soy) he de reconocer que siento un cierto placer al componer una estructura literaria. Con
estructura literaria pretendo abarcar desde el ensayo filosófico, hasta el poema, pasando
por el relato y la prosa lírica. Es decir, lo que propiamente hago. Ese placer (como casi
todo placer) viene acompañado por toda una cohorte de estímulos: culpabilidad, orgullo
y vanidad, compasión, sufrimiento, esperanza, repulsa, ira, etc. Y todo ello constituye
propiamente ese placer que, como diría Baudelaire, no deja de ser un placer culpable. He
tratado de compartir ese placer, y no me arrepiento, pues algo he conseguido. De una
forma u otra “eso ahí queda” y ojala algún día mientras algún tipo o tipa se fuma un
cigarrillo leyéndome, me encuentre entre tanta palabra. Pero ahora mismo siento que ya
he compartido suficiente (en cantidad al menos). No me siento cómodo cada mes teniendo
que forzarme a escribir aunque realmente no lo quiera. Esa presión (leve presión dada la
magnitud de nuestro público) me resulta sucia, pegajosa y corrosiva, por lo que he
decidido abandonar por el momento este prometedor proyecto. Cuando cada mes llega a
mi correo la revista, no siento el entusiasmo que me hacía devorarla en minutos, ya ni
siquiera disfruto de los textos de mis queridos compañeros. Por otra parte el gran número
de abortos creativos que sufro cada mes me asfixia con saña.
No puedo saber cuánto durará esta muerte creativa que trato de justificar. Eso no cambia
nada de aquellos versos que escribí hace algunos números en los que afirmaba ser escritor.
Si desde hoy, hasta el día de mi muerte física, no escribo una sola palabra más (cosa que
la verdad me resulta inimaginable), no habrá cambiado nada. La fama, el éxito, la virtud
individual, etc., no cambian nada, al menos nada esencial en lo que a mi condición se
refiere. No puedo saber más de lo que ya he dicho, asique ahora me dedicaré a olvidarme
de mi participación en esta revista y a seguir por mi cuenta: leyendo, escribiendo,
estudiando, fingiendo y demás artificios patológicos. Quizás trate de hacer valer mi
primer libro que he terminado recientemente, o quizás lo revise una y otra vez hasta que
me harte y lo olvide. No dejan de ser una serie de poemas, aforismos y ensayos pero si a
alguien le interesa puede tratar de contactar conmigo. Ya no me queda nada más por decir
aquí, tan solo despedirme agradecido y expectante.
Como último favor, no voy a pediros que me recordéis, que me compadezcáis, o que me
reconozcáis en un alarde de reciprocidad; sino que voy a pediros que me dejéis descansar
de esta experiencia. Este último envanecimiento es más que nada una broma.
Y esto último, como no, va dirigido al lector:
Hola lector, siento hacerte pasar por esto
créeme me gustaría dejarte en paz
desearía que te librases de mí
tanto como a mi liberarme de ti
Aquellos buenos libros de hace años
nos permitían soñar sin necesidad de referencias
hoy añoramos esas palabras puras y desinteresadas
y henos aquí demostrando que no estamos solos.
Ya nadie nos lee, apreciado lector.
Por eso estamos hablando sobre el texto
bajo él no existimos en ningún modo
y es por eso
que no puedo dejarte en paz.
David Álvarez García
No hay comentarios:
Publicar un comentario