Qué sé yo.

-Son la misma persona-

Se levantó pronto, o eso ella pensaba. Cerró los ojos con fuerza, suspirando y enseñando los
dientes estiró gran parte de su cuerpo mientras condenaba al resto a una flexión colmada de
sueño. ¡Mierda! ¡Es la una y media!, exclamó mientras lamentaba el deplorable estado de sus
encías, lengua y garganta. Tosió con desgana y buscó con la mano en el centro de la cama a su
compañero. Rac no estaba allí, maldito desgraciado, tengo que salir de aquí. Maldijo de nuevo
el pedo que ahora le pesaba, no fue capaz de bajar la persiana, la puerta está entreabierta, la
luz de la sala acaricia el suelo del pasillo. De repente se da cuenta de que en el trascurso del
corto trance tumbada le han ido abandonando el cobertor, el edredón y la almohada; los cuales
han ido a juntarse con el desierto de dunas de ropa que el suelo soportaba. La habitación es
pequeña y está uniformada con obstáculos de diferente tamaño y forma, una silla desterrada,
un par de armarios y una cajonera que solventa la mesa que ahora inútil rebosa de papeles viejos
y platos y vasos ocupados con ceniza y chustas.

Tiene que elegir, ya que su cuerpo le apremia, desespera en su búsqueda de ropa y cruza
desnuda la puerta, inconscientemente alza un brazo para cubrirse los senos, espera que nadie
esté despierto y de paseo y la descubra. Descalza golpea el suelo que de negro cubre su planta,
mientras las pelusas se retiran en una pasiva ovación cuando el viento revuelto por ella contra
el zócalo las empuja. En el caer del tercer paso siente el peso del movilizar un cuerpo devastado
y pierde el equilibrio ligeramente hacia la derecha, golpea uno de los radiadores con el talón,
nada que pueda percibirse. Decide echar un vistazo al salón, su primera puerta a la izquierda,
asomará sólo la cabeza, nadie tiene porqué verle las tetas. Puntos de luz muy tenues se
descubren desdibujados tras el cristal traslúcido que viste la puerta, la persiana del salón está
bajada, puede, incluso, abrir la puerta entera. Sus ojos cómodos ante la falta de luz descubren
dos personas amontonadas dislocadamente sobre el sofá pequeño, normalmente no queda
nadie extraño tan tarde, alguien los despertará y los invitará a comer. Sobre el otro sofá,
reinando vagamente detrás de una anarquía de vasos mediados, tarros mediados, colillas y
ceniza en ceniceros de varias naturalezas está Rac, utilizando unas gafas rotas de diadema y
aguantando el sopor sentado con los brazos estirados. Al acercarse a él pisa algo que le retiene
el pie, una pegajosa mancha que ayer era wiski le recuerda a una chica menuda que presa de la
risa fácil del alcohol se apoyaba sobre la fregona disculpándose por aquel charco. Recoge una
manta acolchada del mueble de la televisión, le llama muy bajito, se sienta sobre él con las
piernas abiertas y mientras lo recoge suavemente en sus brazos le susurra al oído, ya es la una
y media.

Él, sin abrir los ojos, trata de mojar sus labios y recorriendo el cuerpo de ella con sus manos
susurra muy ronco, Sol… ¿dónde estabas?... Ella le contesta mientras le besa muy suave el cuello
y sube por el borde de la mandíbula, En la cama, cuando desperté aquí quedamos en movernos
y nunca llegaste. Pero vamos, muévete, que van a despertarse. Él recibe todavía saliendo del
trance onírico su beso suave, ella lo atrae hacia sí y él le agarra el culo acostumbrado, ambos se
dejan llevar por el calor de la mañana y comienzan a buscar sus órganos más sensibles de forma
acompasada. Ella se levanta y deja caer la manta, tira de su pantalón hacia arriba, él se levanta
sin esconder su rotura, ambos se alejan hacia el pasillo sonriendo cargados de sexo y resaca.
Consiguen alcanzar de nuevo algo de soledad, quizá alguien más por allí se moviera, continúan
desenfrenados hacia el baño, él llega adivinar la figura inanimada de su compañero desnudo
pero cubierto con la manta, rodeado de los brazos de su ella. No pudo ver más, no importaba

que la puerta estuviera casi cerrada ya que otro beso hizo que sus ojos se cerraran. No hubo que
esperar demasiado, su miembro erecto impulsado por una vejiga llena que dormía y la vagina
empapada de su compañera ya se buscaban entre sí, lo que devino en un sexo rápido y poco
sensible encima del mueble del lavabo. Ella lo besa y busca papel para quedarse, él se limpia
antes de salir y desnudo emprende el viaje hacia la habitación ya añorada. Son casi ya menos
cuarto Rac –le dice ella desde el baño- no tardes demasiado en irte preparando. Él, ya
acostumbrado al caos, comienza de memoria la lista de tareas, recorre el trecho que le resta y
abre del todo la puerta, o al menos lo intenta. Algo detrás de la puerta solo permite abrirla a
medias, algo, se dice, porque ya no recuerda qué hay ahí, echa un vistazo al desastre, lo
reproduce desde su inicio y lo ve mutar, maldice el tiempo que no tiene y se lamenta sobre todo
por ella; a él no le importa el orden, le importan su tiempo y sus ideas. Antes de que ella vuelva
recoge el edredón y mete debajo el cobertor, de tal manera que la cama aparenta estar hecha,
coge la almohada con una mano libre y con la otra recoge la ropa que reconoce, la de él, la de
ella. En el cacho desnudo de trastos coloca la mochila, empuja con el pie la cajonera, se deja
caer hacia delante bordeando la arista de la mesa con la cadera, tira de la cuerda y la persiana
se mueve hacia arriba y suena. Ella recorta el pasillo, con los ojos entrecerrados, al girar la
esquina golpea con el hombro el fin de la pared, reubica su centro en el siguiente paso y un poco
más despejada ya llega. Él está metiendo cosas en la mochila, buscando rápido con las manos,
mirando ya hacia la siguiente acción, no habla, sólo piensa y ordena. Ella le besa la espalda y le
acaricia despacio, él casi sin mirar se gira y la besa. Ella se sienta en una esquina más bien
ocupada de la cama y lo mira mientras él entra en los pantalones que ayer vestía, aún tenemos
tiempo, ¿quieres fumar antes de salir?, él la mira despacio, sonríe mirando la hora en el móvil y
le dice aun sonriendo pero con cuidado, háztelo si quieres, pero yo como mucho le doy un par
de calos, en 10 minutos me esperan abajo y no quiero que me noten fumado. Ella busca un cartón
y de pronto encuentra una camiseta, se la pone mientras corta un trozo de una etiqueta, él ya
tiene todo listo y se estira desperezado, con el gesto tira al suelo las gafas y cuando el pelo
golpea sus párpados busca una goma entre el suelo y la estantería de madera. Se sienta a su
lado, ella ya está lamiendo el pega, le da un beso en la mejilla, ella sonríe y también lo besa. El
canuto queda allí olvidado, él la agarra de la muñeca y tira de ella hacia afuera, se oye un espera
en la sala, ella se agacha y recoge un pantalón corto y las zapatillas de detrás de un montón de
ropa quieta. Él la espera ya en el pasillo y ella no tarda en seguirlo, caminan hacia la puerta de
salida, él se adelanta y llama al ascensor, ella recoge las llaves de la pared y cierra la puerta. Una
vez dentro se besan, se golpean el uno al otro contra las paredes, se sonríen, se piensan, se dicen
te quiero un par de veces y se prometen el uno al otro que se recuerdan. La puerta del ascensor
se abre, ella de nuevo se queda, sonriendo lo despide con la mano, el gira rápido la esquina y ya
cruza la primera puerta. La puerta del ascensor se cierra, ella también ha de marcharse, pero
eso corresponde al futuro, ahora está sola ahí arriba, habrá de ir recordado como era eso de
vivir mientras se despierta, quizá música, quizá desayuno. Ya llegó, abre, cruza y cierra la puerta.
Él deja que se cierre la puerta de la calle, ni se inmuta por el sol abrasador, ni por la falta de agua
y comida, ni por el sueño ni por la vida. Comienza a correr con un vistazo rápido al reloj, no se
plantea mal la carrera, aunque no lo esperen el tiempo que ahora tiene le ampara y le lleva.

-Tu cuerpo humano-

No piensen y sientan,
sigan ahora conmigo
este camino, no cedan,
pues su cabeza les gritará
que recuperen su sentido
cuando ya casi lo encuentran.

No respiren al ritmo del miedo,
dense conciencia de su propio
aparato, jueguen, inhalen por la boca,
traten de engañarse y exhalen por
donde no se espera; con la primera
y la pirámide biconducida
tienen tres senderos de vida nueva.

No caminen al son de la norma,
recorran sus designios si es lo
que prefieren, pero sépanse reyes
de su locomotor sistema,
gobernantes de cada músculo,
de cada acto. Sean conscientes
de que nada puede obligarlos y si así
lo sienten ustedes mismos eligieron
que fueran dominados.

De igual gobierno están dotados
en los restantes actos. Sean conscientes
de su inviolable ocupación del gusto,
del oído, de su vista y de su tacto.
Sean conscientes, también, de su uso
y su sino, pues no es la única
de las relaciones posibles con la natura, pero
de seguro que esa es la suya.

Aúpense con este estado de reconocimiento
y vuelvan su mirar al órgano vertebrador,
asediado en su cabeza por un interminable
caudal de información que le pide que salga
de ella. Sepan que su cualidad es darse
como omniposibilitador y que ésta es
la naturaleza de su yo y su conciencia.
- No ser nada es la única condición necesaria para poder serlo todo-

-Examen-

Como 60 lavadoras funcionando
que ocultan su ruido y su destreza
bajo el pelo que tras los años van
cortando, bajo la mirada que ahora
se concentra.

-Temblaba-

Sonríe y ya casi no tiembla.
Su piel comienza a olvidar el frío,
la estancia se demuestra vacía
y queda. Recuerda que tiene
espalda, la comba y ella
se queja, recuerda que tiene párpados,
los frota y bosteza.

Ya recostada en la cama
aplasta el aire con el paladar
y la lengua. Llegó el tiempo,
todos sus sentimientos
irrumpen en su cabeza.

Ya su pecho ya no suena,
ya su vientre ya no llena
de impulso y vaga fuerza
el paso del pulso
de una vida
todavía nueva.

Carga el peso en un hombro,
se gira y la manta no llega,
arruga un poco su tez de nata
que la luz cubrió hasta vieja.
Ya se llenó su ser de nada,
encontró lugar en el vacío
que ahora solo le aguanta;
cambió comida por manta,
cambió su vida por esta.

Despierta y es una gaviota
que golpeando el aire
la mar atrás deja,
el pescador, el barco y la rienda
que la playa hizo con arena.

Sus alas se vuelven verde
rama cuando las pesa,
ya no siente la sal y el frío,
ahora el calor de alguna selva,
marcas de garras por blusa,
tierra y raíces
por patria nueva.

Llegó el espacio y ya se
despereza, sueña que duerme
en una cama de manta y paja,
que un elefante ya la lleva.
Sueña que vive encinta y nada conserva.

Carlos Esteban González

No hay comentarios:

Publicar un comentario