Ya sabrás, supongo, de lo que hablo: el copiloto de un avión de pasajeros toma el control
del aparato a mitad de vuelo sin autorización del piloto ni de la compañía, aprovechando
la momentánea ausencia de éste, y decide estrellarlo desde una altura de más de mil
quinientos metros.
Me dan igual nombre del copiloto, el nombre del piloto, la compañía aérea, la zona de la
colisión... todo eso ahora no nos importa para lo que de aquí se va a hablar (déjame creer
que a ti tampoco, lector).
Cuando oí la noticia, como cualquier hombre con algo de sentido común, que en estos
casos se traduce o debería traducirse en empatía para con los otros (amor al estilo
unamunesco; tan puro y tan severo. Ágape, caridad, y todo ese rollo), quedé consternado:
hombres, mujeres y niños de todas las nacionalidades habían perdido la vida, y no creo
que haya nadie incapaz de sobrecogerse ante tan terrible suceso. Pero había algo en la
información que nos proporcionaban nuestros medios de comunicación y en la forma de
informar que me consternaba aún más. No hicieron, al menos los medios a los que acudí
por simple casualidad (todo en esta vida se reduce a estar en el momento adecuado en el
lugar exacto. Creo que lo llaman suerte, no sé) o por una necesaria búsqueda de
contrastación a que me veo obligado cuando acontece un suceso de este calado (como
dice Juan Bonilla, los medios de comunicación se han deportivizado en exceso; la radical
polarización), referencia alguna al término atentado terrorista. Recuerdo, para colmo,
cómo escuchaba atónito decir a uno de los familiares de una de las víctimas que viajaba
en el avión que el motivo de la muerte de su ser querido no había sido un atentado. ¿Cuál
había sido, entonces?
Y me puse a pensar acerca de qué es o qué entiendo yo que es un atentado terrorista. Lo
primero que hago siempre que me pregunto por el significado de algún término,
obviamente, es acudir al diccionario de la Real Academia Española. Pues bien, tomando
en primer lugar el término atentado me encuentro (y te encontrarás tú si procedes de la
misma manera) con seis acepciones distintas, de entre las cuales me inclino por aceptar
aquélla que define el atentado como la agresión contra la vida o la integridad física o
moral de alguien. Hasta aquí bien. Creo que todos estaríamos dispuestos a calificar como
atentado lo que hizo el copiloto del avión. Porque, efectivamente, atentar contra la vida
de más de un centenar de personas puede llamarse asesinato o como se quiera, pero es un
atentado; estamos de acuerdo entonces en considerar al copiloto del avión como un
asesino que ha atentado contra la vida de unos inocentes (pocos o muchos, ¿qué más da
ahora? Y puestos a hablar de ese tipo de cosas que no tienen mucho sentido, ¿qué
importancia tiene si el agresor está ahora muerto? Era un asesino en vida, ahora ya no,
pero lo fue.).
El problema aparece cuando pasamos a definir el término terrorista o terrorismo. La RAE
dice que el terrorismo es la dominación por el terror (yo entiendo que se quiera hacer
referencia aquí a la dominación de unos pocos sobre otros muchos o de unos muchos
sobre otros muchos, aunque en toda relación social hay dominación porque hay poder y
hay derecho de propiedad y hay dominado y hay dominante) o la sucesión de actos de
violencia ejecutados para infundir terror, que puede emplearse para ámbitos más
concretos de las relaciones entre los hombres aunque mantenga, como mantiene todo acto
que alcanza cierto reconocimiento social, un reproche y una desaprobación generalizada.
De este modo, considero como acto terrorista tanto el atentar contra la vida de muchas
personas como el atentar contra la vida de una sola. Y no entiendo cómo la sociedad no
es capaz de comprender que una bomba en Atocha es igual de despreciable y merece el
mismo castigo que la muerte a golpes de una mujer por parte de su malnacido marido.
Por eso, creo, la RAE se cubre las espaldas y en la tercera de las acepciones dice que es
terrorista toda actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo
común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.
Entonces el término atentado terrorista recoge en su definición la acción de un grupo de
personas, nunca de una sola, que tiene además un interés o una finalidad política, es decir,
de calado social (nacional o internacional). El copiloto del avión estrellado es un asesino,
según las definiciones expuestas, pero no un terrorista. Muy complicado todo.
Además, creo, se justifica la no-calificación del accidente (¡accidente!) como atentado
terrorista por la intención que le llevó al piloto a estrellar el avión. Su propósito, dicen,
no era el de acabar trágicamente con la vida de más de un centenar de personas (el número
exacto también me da igual, siendo utilizado únicamente como una medida instrumental
y nunca como un dato de suma importancia. La tendencia a aportar datos concretos, sobre
todo cuando se trata de un alto número de muertos, se debe a una patología mediática
conocida como el fetichismo de lo macabro o, más coloquialmente, morbo), sino el de
suicidarse; quería acabar con su propia vida. Y claro, al más puro estilo de Maquiavelo
(cuánto dañaron tu imagen estos despreciables modernos neoliberales, Nicolás...),
argumentan que todo fin justifica los medios y que la muerte de los otros era sólo un
añadido muy poco edulcorado para el cumplimiento de su verdadero objetivo. Me parece
un argumento carente de relevancia y una justificación de muy mal gusto. Los pilotos que
estrellaron sus aviones contra al torres gemelas ese fatídico día once-de-septiembre que
tanto retumba cada año por los ecos de la memoria también iban a suicidarse, aunque
obviamente los intereses y causas del suicidio difieran mucho de las de nuestro copiloto.
Aunque quizás no tanto, porque atendiendo a la ideología con que se captan adeptos en
los movimientos radicales musulmanes la muerte en nombre de Alá es una muerte digna
que le será recompensada a un muy alto precio en el más allá; el interés, ya sea por querer
escapar de los dolores de esta vida o querer alcanzar los placeres de la otra, es interés
egoísta, más egoísta todavía si su satisfacción implica la muerte de hombres, mujeres y
niños inocentes.
No veo, por tanto, ninguna diferencia entre los atentados de Atocha y de las torres gemelas
o la patética masacre de Charlie Hebdo y lo ocurrido a finales de este mes de marzo en
Los Alpes franceses. Cuando alguien pone en riesgo la vida de personas inocentes, sea
una sola o sean muchas (dando más importancia al acontecimiento cuando se trata de un
número tan escalofriante de víctimas, of course) está cometiendo un atentado terrorista,
él mismo se convierte en terrorista armado (el avión, además de un vehículo, es un
poderoso arma) y a su causa en una causa de terror.
¿Por qué, entonces, no se ha hablado de atentado terrorista? Sinceramente, pienso que ha
sido así porque el asesino ha sido un hombre occidental. Me explico.
Durante las dos o tres últimas décadas del siglo XX una Europa que luchaba aún contra
los seccionismos y trataba de recuperarse de las barbaries de la gran guerra era amenazada
por el fantasma de los movimientos radicales de independencia que asediaban sus
principales ciudades: ETA en España y Francia, IRA en Irlanda o RAF en Alemania son
los más graves testimonios de ello. Y fue entonces cuando empezó a hablarse de grupos
del terror, de movimientos terroristas o de ataques terroristas. Eran, por aquella época,
grupos organizados y armados que trataban de alterar un orden continental (desde la
ruptura del orden interno) que tan penosamente y que tanto sacrificio había requerido para
recuperar el espíritu (Hegel in love and Husserl in love) de una Europa aún tambaleante.
Y por eso mismo fueron significados como grupos de terror; querían sumir de nuevo a
Europa en los horrores de la guerra y del separatismo, dicen, en el infierno cruel de unos
países que se odian y que se desmoronan desde dentro. Europa era otra vez vulnerable. Y
se persiguió, por tierra, mar y aire (opinión pública, represión mediática y acuerdos
internacionales; la Santa Trinidad de la era moderna) la acción de estas bandas armadas.
La lucha contra el terrorismo era el instrumento de legitimación de la unión europea (que
no UE) y de la unión nacional, es decir, del europeismo y del nacionalismo. Poco a poco
la persecución de los grupos anti-nacionalistas dejó de ser tan necesaria (España, por
ejemplo, consolidaba su gobierno democrático y su Estado de bienestar durante los años
noventa tras su ruptura con el antiguo régimen franquista y se preparaba para un glorioso
y próspero siglo XXI de unidad y crecimiento que al final no resultó serlo tanto. Aunque...
bueno, el ejemplo del Estado español, con el runrún de ETA atormentando hasta hace
bien poco el sueño del pueblo vasco, quizás no haya sido el más adecuado. Joder, esto me
pasa por escribir y pensar de una sola vez). Europa se abría al mundo como mercado de
mercados y se convertía en una de las mayores potencias mundiales después de muchos
años a la sombra de una todopoderosa y todoauxiliadora EEUU a la que aún se le debía
la vida tras la Segunda Guerra Mundial y el tal Marshall.
La lucha ya no era tanto una lucha de cada nación por separado tratando de asegurar su
seguridad y orden interno y de garantizar el progreso, sino de todas las naciones unidas
para hacer de Europa una grande y libre (pese a que esa adjetivación haga rechinar los
oídos de los españoles que aún no hemos perdido la memoria histórica de nuestro país).
Y con ello se cambió el objetivo al que derrumbar, y los grupos independentistas y
radicales dejaron de ser el peligro terrorista. Después del once-eme la necesidad de alianza
mundial contra el peligro musulmán (que no sólo amenazaba la hegemonía ideológica de
occidente, sino también su hegemonía económica) se hizo patente, y a ella se unió, por
razones más que obvias, EEUU. Se pasó de una defensa del orden interno a una defensa
(siempre defendiéndonos, siempre, siempre...) del orden externo que ya despuntaba un
poco más y mejor como reconquista de lo reconquistado, es decir, la búsqueda de victoria
tras de la derrota de lo derrotado.
Y por eso, digo yo, que sólo se identifica como ataque terrorista el ataque que viene desde
el tenebroso, deformado y bárbaro oriente hacia la espléndida, bella, despampanante y
civilizada occidente. Nótese el carácter masculino y femenino que en esta parodia
tragicómica le doy a cada uno de los personajes.
Y joder, por supuesto que estoy en contra de todo acto violento, de toda reivindicación
que se sirva de la violencia para prevalecer, de todo ataque contra la dignidad física y
moral de uno o de cientos, de todo levantamiento armado; pero vamos a buscar una buena
y legítima fundamentación de esa oposición. Hagámoslo por el amor a nuestra patria, no
por el odio al extranjero.
Eduardo Gutiérrez Gutiérrez
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