Cajón de sastre #3

Corran si están sentados, abran los ojos si se sintieron ciegos, hoy la luna es de fuego. A veces
me pregunto si cuando lo leen alcanzan la velocidad adecuada, si su ánimo en afín o llegan y yo
les descarno de su calma, de su bien hallada cama. Otras veces, me cabreo con Dios y su reparto,
como si me fuera a caer el piso del cuarto, que diría Lírico, pero siempre todo llega y todo se va.

No piensen si están gritando, no salten si ya llevan cayendo, si caen que sea sincero, si dicen la
verdad que sea sin piel, si van a morir no se confiesen. Si ahora que sueñan despiertan de lado
no culpen al viento, no señalen al colchón con el dedo ensangrentado, no se piensen gigantes si
una gota de lluvia, al chocar con el suelo, les ha salpicado.

Quizá lo más valioso por saber sea sobre tiempos, sobre momentos, sobre improvisación, sobre
oportunidades, sobre uno, sobre todos, sobre el resto. Suden, sobre nada suden, subir ya suben
desde que nacen, no creo que perciban la pendiente, a no ser que no sonrían. No cuando
afirmen, el sí vale demasiado, de igual manera sí cuando nieguen, el no es demasiado poderoso
como para perderlo a la primera.

Abracen su propiedad, su ser, cuerpo y tiento. Deshagan su yo en el ritmo, renazcan cuando el
respire, es el tiempo de recobrarse, cuando el muera será demasiado tarde. Quieran por
deporte, mueran a su lado, ya habrá tiempo de nacer cuando se vaya. Rujan, rujan encima,
debajo y entre medias del agua, siéntanse propios en ambos mundos, ajenos bajo las luces del
cuarto oscuro.

-Dependencia-

Si pende cuelga,
si depende cae,
si cae el suelo tensa,
si se tensa todo tiembla,
si tiembla quizá se rompa.

Ojalá todo me pille dormido,
ojalá no me despierte la luz y el ruido,
no sea mi voz ronca la que
lleve todo fuera y lo llene
de sombra y tierra.



-De ir a clase
Tanto
ruido que quizá
sean palabras, tanto frío
que refleja toda esta distancia.

Desamparo sin lucha,
ni búsqueda. Que hagan
lo que quieran, ya me
amparará la espera,
la larga y podrida primavera,
mi alma entera.

Son castillos de razón,
inmóviles del puedo,
frondosos y fértiles en el quiero,
imberbes y muertos
en la improvisación
y el tiempo.

Sombras de una institución
caduca, ya casi ni luz
proyecta, que lejos de educar
se tensa, tratado de inundar la sala,
postrándose grotesca en el aula
sin llegarnos a tocar si quiera.

Sombras que la existencia
de la luz indican, sombras
que da hoy la piedra
de los que un día trataron
aupar una civilización dormida
y ahora abre a otros
de una sociedad despierta.

-Del hombre

Primero
se siente la tierra,
profunda de soporte y cuerpo,
a veces, encima hay piedra,
la llena el manto de brea
y orgullos castillos de luna plena.

De pies se sirven de casas,
sin frío, con luz en las manos,
sonríen construyendo de cemento,
de adoquín, titánicas lanzas.

Estiran sus brazos, los cuentan,
también hay dos piernas,
tan sólo una cabeza,
dos veces lo quieren,
dos veces lo corren,
ya una lo piensan.

Con todo, crecieron primero
con el pecho volcado a la tierra,
luego pesó la cabeza en el cuerpo,
ya sólo nos queda la rienda
que embrida el animal loco
que en propiedad y poder se encierra.



Quizá aquello de lo que más necesitemos saber para la vida pública es acerca de los tiempos.
Entremos en el tema con un ejemplo cotidiano. Están sentados en casa, después de comer, ha
sido una mañana larga y han dormido poco, más bien nada. Su teléfono vibra, “qué tal lo
llevas?”, señala el móvil de cerca, trayendo noticias de lejos, estiras el brazo perezoso, giras la
pantalla y piensas, luego le contesto, caes dormido y ya luego despiertas. Bien, ese tiempo pasó,
te dormiste, y teniendo en cuenta de que al despertar lo recuerdes y contestes seguramente ya
sea tarde. La inercia del pensamiento que llevó a ese otro a buscarte con humildad y emoción
se apaga con la ausencia de comunicación, se ahoga en el ruido del rular de las cosas, ese tiempo
se agota y otro llega.

Este ejemplo es banal, sirve tan sólo para que me acompañen en el sentido de mis ideas, pero
recuerden aquel momento vital propio, de aquello que desesperadamente salió mal, ese tema
omnipresente en sus reflexiones que acaba decantando un momento que dejaron correr y, a su
parecer, determina el rumbo de la historia. Que la caída no se vuelva superflua, recojan esta
angustia vital y recuérdenla cuando le quiten importancia al tiempo.
Cada vida tiene una velocidad, la magnitud de esta velocidad viene determinada por dos
factores, de forma más general, el ritmo individual y el ritmo colectivo. No les conozco
personalmente, pero puedo decir de cada uno que su ritmo vital individual es inestable, es más,
rechazamos tanto el equilibrio, al atender a las fluctuaciones pasadas, que este puede que no
sea ni beneficioso. Tratando de escapar del ámbito general, siendo benevolentes nuestro ritmo
varía gravemente desde el inicio al final del día. Algunos despiertan ligeros y enormes y otros
enterrados en legañas, guiados por promesas de café y cigarrillos. La mañana puede ser el
ámbito perfecto para el trabajo y la subordinación o el peor infierno de papeles poseídos y
caminos de sillas plegables y mesas tortuosas. La comida, feliz rellano para aquellos que
comienzan a ser alguien según el sol deja este lado de la tierra, siendo para otros trance a salvar
colocando los palillos en el suelo, en lugar de sujetando los párpados, cubriendo las ganas de la
siesta prometida con astillas clavadas en estos calcetines amodorrados. La tarde parece un lugar
común, sólo si olvidamos a aquellos para los que la noche de sueño acaba a las 18,30. Qué decir
de la noche, si para algunos es el caluroso premio a un día cumplido, con extra de culo de sofá y
sin remordimientos por la vagancia que desaparece de aquellos que solos y sin ruido respiran
como corta un cirujano y en silencio comienzan su tiempo de mayor y más radical producción.
Este ritmo vital podemos incluirlo en la originalidad de cada uno, en su carácter individual, aquel
que como sociedad podemos fomentar para, al permitir la evolución personal, encontrar en la
diversidad el camino de la evolución social; como ya nos decía Stuart Mill. Pero lejos de ser un
ritmo propio de nuestro yo -así, irrepetible- está lleno de influencias externas, de ritos,
costumbres e intenciones que se heredan con esto que llaman vida en la tierra. Así, lo que nos
apetece y conviene en cada momento, según nuestro pulso de deseo y predisposición personal,
tiene un rasgo de sentido muy marcado del que no nos pertenece de justo derecho más que su
padecimiento. Así, a no ser que sean un bebé sin condición, casi diría, sin contacto humano ni
animal, su pulso es parte de la sociedad; al igual que su lenguaje, por ello, también su
pensamiento, su deseo sexual… Una vez en este punto, por lo menos personalmente, me asalta
la duda por la libertad. Si mis deseos y mi predisposición anímica están determinados en gran
medida de forma externa, sin necesidad de contacto inmediato o continuo, ¿Qué es lo que deseo
realmente? Si mi libertad se funda en la realización de mi deseo y no puedo acceder a este
¿Cuándo soy libre? Sin tratar de contestar a estas preguntas ahora, este carácter impropio del
sentido del ritmo vital de cada uno permite que podamos violarle o contradecirle sin caer en ello
en una negación implícita de nuestro deseo natural; digo natural para que ustedes puedan
comprender la caída en la negación de uno mismo, como la niega el que obliga a dormir a un
bebé por la noche, no por exponer desde la creencia en la existencia de un ritmo natural
preferible a todos.

Así, una vez resuelto este inconveniente volvamos a la intención del texto. Este segundo ritmo
social no es el ritmo de la sociedad, sino el ritmo que la sociedad trata de imprimir en el sujeto.
Ya no hablo de las macro estructuras sociales, el trabaja de día, duerme pronto, pero no duermas
demasiado, come cinco veces al día… sino que nos basta sólo con dirigir la mirada hacia la
menores estructuras sociales. Simplemente, al haber resaltado el carácter de plena diversidad
del ritmo vital de cada uno vean el problema de coordinación con dos sujetos, por ejemplo, una
pareja de nueva formación. Si las dos partes son lo bastante hábiles y sinceras podrán conocer
rápidamente el ritmo del otro, el cual, supongo, coincidirá en un grado bastante alto. Pero este
conjuntar el ritmo, basando el fallo individual para con la voluntad propia, cuando uno recupera
un deseo ya pasado o varía el deseo actual en pos de la conjunción, en la negación de una
naturaleza propia a la que negar, valga la redundancia, depende siempre de los tiempos de los
ritmos individuales. En ello reside la importancia de “saber de tiempos”, el comprender la mayor
o menor posibilidad de la consecución de fines que involucran a otros siguiendo el estado
psicológico de estos otros, teniendo en cuenta que este estado psicológico varía con el tiempo
y debido a factores externos, como la respuesta de aquel mensaje que les relataba.

Desde este punto de búsqueda del camino de acción social a través del aprovechamiento del
ritmo de los otros encontramos dos problemas, al menos los más acuciantes, la violación del
deseo propio momentáneo desde la perspectiva de la consecución del fin que involucra a los
otros y el sentido propiamente egoísta y manipulador que este camino lleva. Ya violación se
podría justificar en el sentido de señalar que aunque neguemos ciertos deseos más accidentales,
no negamos nuestra libertad o a nuestro ser libre, sino que le convidamos al actuar en beneficio
de otro deseo central. Un podemos matar a este tipo que se pone en el medio ya que el objetivo
es salvar a unos millones de tipos. Pero esta justificación no parece estar libre de crítica, moral
en el caso del ejemplo. Mi propuesta, antes esbozada, sería partir de este carácter impropio de
las pulsiones de nuestra voluntad, al estar determinados tales deseos de forma externa,
interiorizando en nuestro desarrollo de la vida social tales determinaciones. Al comprender
como impropio, en tanto que no responde a una naturaleza humana pura, o a un ser del hombre
como tal que desea, llegando con el posponer de los deseos a una negación de tal ser que busca
ser libre. Si asumimos que detrás de este carácter ideológico que configura el yo social del
individuo, en última instancia, el yo completo del individuo, no hay nada puro y elemental que
lo sostenga, en el que encontrar todo eso que buscan los universalistas, no llegamos a tal
negación. También asumimos que todo lo que el hombre es, no como potencia, sino como
hecho, tiene lugar como construcción social, es decir, todo hombre, como yo individual, está
construido en su relación con los otros. Ya, si quisieran esgrimir esta idea, podrían decir aquello
de los niños lobos, un niño se cría sin hombres, solo con lobos, pues, al final no hay hombre sino
lobo. Eso sí tenemos que asumir capacidades como la racional o la imaginación como naturales,
es decir, capacidades del hombre en cuanto a tal, pero es su uso, su desarrollo, el que está
determinado tanto por el individuo, en su libre devenir de decisiones prácticas, como por los
otros con los que el individuo se relaciona. Al final va a ser cierto, casi categóricamente, que ya
no podemos ser hombres, al menos dentro de la definición de hombre más actual,
completamente ideológica, fuera de los otros, fuera de la sociedad.

Carlos Esteban González

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