El rey nazarí.

A Federico García Lorca, 
en el septuagésimo octavo aniversario de su muerte.

Los que te amamos sin siquiera conocerte todavía pedimos justicia, justicia, que se haga
justicia por tu triste muerte. Porque qué más da la forma que tuviera tu corazón, qué más
da a quién debida, si a todos nos llega a través de tus poemas.

El hijo Juan entre cabezas negras de soldados,
Antonio Torres Heredia, tu Antoñito, sin brillo en los ojos,
apaleado con durísima vara de mimbre,
Saturno deteniendo trenes con la boca,
Thamar y Amnón una desnuda y el otro tocando la flauta;
tenías que verles, ¡cómo lloran tu ausencia!

El niño Stanton que a sus diez años ya probó
el áspero beso del cáncer,
Santa Olalla con los seños amputados,
el rey de Harlem humillado en el ascensor,
haciendo crujir su tremenda cuchara de palo,
Juan Antonio el de Montilla subido a una enorme granada;
tenías que verles, ¡cómo lloran tu pérdida!

En el museo de palomas disecadas de Viena te lloramos.
Escupiendo girasoles en Granada te lloramos.
Con el lento latir de las luciérnagas en Nueva York,
¡ay!, tendrías que ver cómo te lloramos.



Soledad Montoya por los rincones, con su negra pena,
los negros y los gitanos fuertemente apaleados,
los primeros odiando al pájaro, los segundos en
furiosa algarabía, Don Pedro en la última laguna,
Walt Whitman convertido por fin en rio,
cubierto de musgo, pana y aceite de mariposa;
tenías que verles, ¡cómo lloran tu marcha!

Enrique, Emilio, Lorenzo aplastados por la furia
de mi mano con su cuadriga de alondras,
los niños de Cristo ciegos por las alegres fiebres
y los gemidos de las barcazas,
San Miguel, San Rafael, San Gabriel con sus aureolas
en carne viva;
tenías que verles, ¡cómo lloran tu triste muerte!

En la ciudad profanada de Roma te lloramos.
Con miedo a que nos prendan en Sevilla te lloramos.
Tocando con las puntas de los dedos, por fin,
la salvación blanca de La Habana,
¡ay!,
tendrías que ver,
rey nazarí,
cómo te lloramos.

Eduardo Gutiérrez Gutiérrez

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