Compañeros.

¡COMPAÑEROS!

Este es el grito de la desesperación, el grito del hambre y la pena, de la destrucción conmocionada y de la necesidad de cambio. Esta es la reacción, la más coherente de las consecuencias a las que este patético y mediocre equipo de gobierno nos está llevando.

No me leerán, ellos no me leerán, pero al menos espero que tú, queridísimo lector, tomes conciencia del enfado, del dolor y de la poderosa rabia que esta situación tan, tan decadente, está provocando en mi ser.

Si querían bestias, bestias tendrán.

Me entristece el conformismo.

Me entristece la estupidez organizada.

Me entristece la manipulación consentida.

Me entristece la rabia que a nada lleva.

Me entristece el hambre, me entristece la pobreza.

Me entristece la pérdida de entereza moral.

Me entristecen los rostros de granizo

que han venido a sustituir a nuestras sonrisas.

¡Miraros COMPAÑEROS míos!, es para echarse a llorar;

no tenemos nada, y ese es nuestro mejor arma.

¡Basta ya!, ¡COMPAÑEROS, yo os convoco!

Que el derrumbe de toda certeza sea el cayado

que ha de servir de guía a nuestros cansados ojos.

Que no nos engañe la verdad,


mil veces más vil que la mentira.

Que no nos engañen sus disfraces de cordero,

cuidadosamente disimulados tras de las corbatas.

Que no nos engañe y que no nos engañen.

En la decadencia de esta era que toca a su fin

nosotros no seremos, ¡no!, las víctimas.

Alimentad con furia los fantasmas que parasitan

vuestras cabezas, que vamos.

¡Ya no más lágrimas COMPAÑEROS!

¡Ya no más aguantar COMPAÑEROS!

Ahora les toca sufrir a ellos,

que de llorar se nos cerraron las cicatrices.

Recuperemos, COMPAÑEROS, la memoria perdida.

Que caiga la estatua de sal, que caiga.

Elevemos, COMPAÑEROS, nuestro rasgado grito.

Que no levanten cabeza, que no la levanten.

Erijamos, COMPAÑEROS, nuestra afilada rabia

más poderosa que cien mil hombres,

contra aquellos que se empeñan en mirarnos

por encima del hombro.

Que no quede ni uno en pie.

QUE ARDAN.

Eduardo Gutiérrez Gutiérrez

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