El engaño de razón.

-La vida me está confundiendo
Hay tanto que no veo                          -John Frusciante-
Algo me está controlando.-

Sólo pensar en el título ya me da miedo. Y es que son tantos los engaños de la razón que hablar de uno sólo parece ya en sí mismo un engaño: el engaño reduccionista. Esa tendencia a reunir absolutamente todo bajo una sola palabra, una sola causa o ley; una sola energía -quizás ese algo omniabarcador exista, más de ser así queda totalmente fuera de nuestro alcance-. Además diríase que la razón es una facultad que todos los individuos pertenecientes a esa específica parte de la cadena de la vida que es el ser humano poseen, y por tanto es una facultad universal de forma material. Quiero decir que todos al nacer poseemos la misma estructura cerebral “programada” de tal modo que nuestro cerebro realizará ciertos procesos que nos harán percibir la realidad y la vida como un producto de la razón. Si de esa unión se deriva una superconciencia colectiva de humanidad, no lo sé, y no pretendo saberlo. El caso es que cualquier medio humano para cualquier fin –relativo o absoluto- es racional, incluidas, obviamente, estas palabras. Asique parece un poco deshonesto hablar del engaño de la razón, desde la razón misma. Pero no puedo hacer otra cosa, si no lo hiciese más que honesto sería conformista o, incluso cobarde.

Otras veces he intentado ser accesible para todos, pero dado que de lo que voy a hablar necesita de cierta precisión, en este texto no voy a mirar por nada que no sea la reflexión y la claridad, en detrimento por desgracia de la expresividad y la facilidad. Aun así intentaré alcanzar la mayor accesibilidad posible. Voy a tirar de confianza y a consumirme en mis palabras sin ningún desprecio de mí.



En primer lugar es menester afirmar una observación de la “mirada suspicaz” racional: que toda facultad activa de la vida recibe la herencia del instinto; es decir, toda facultad es un instinto, o todo instinto también es una facultad vital. Estas facultades son tanto la fotosíntesis de las plantas como la conciencia racional del hombre. El que el genoma determine proteínas y aminoácidos sería la facultad del genoma, así como la de cada gen sería la determinación de su molécula específica. No puedo aventurar el origen de la vida en aquella charca primigenia; más lo que sí puedo aventurar con atrevimiento es que desde aquel momento en este planeta la vida no ha cesado de moverse alejándose de su inexistencia. Pues a ese hilo conductor biológico que une aquella charca con las civilizaciones de nuestra era es a lo que aquí se llama instinto. También se ha llamado a este instinto desde otras perspectivas, ley de conservación universal o instinto de supervivencia. El significado es siempre el mismo: la vida tiende a no desaparecer. Pero la vida en abstracto se nos queda lejos para hablar de nuestras vidas. Necesitamos algo más de calor y de proximidad para sentirnos seguros ante una existencia que nos conduce irremediablemente a una muerte segura. Y he ahí la razón, ese instinto perfeccionado hasta el extremo del control de sí mismo. Esa facultad que hace que tomemos conciencia de nosotros mismos de un modo tan exclusivo que podemos incluso suicidarnos -¡contradecir al fin del instinto!-. ¿Qué otro ser vivo es capaz de negarse a sí mismo? El virus daña y no hay ningún virus que decida no dañar, ni ningún glóbulo blanco del cuerpo que pueda rebelarse y traicionar a sus compañeros. Tampoco hay ninguna planta que se oculte del sol durante su crecimiento o que prefiera no echar raíces; ni ningún animal que en su plenitud vital deje de alimentarse o de reproducirse siempre que tenga la oportunidad. El hombre en cambio puede dejarse morir, hacerse morir, no reproducirse, matar a sus aliados, perdonar a sus enemigos y un millón de incoherencias más. Y todo ello, sin ninguna duda, gracias a la facultad de la razón que abre el campo de las posibilidades de acción. Es sin duda una revolución, no sólo biológica, sino también, y sobre todo, vital. Por primera vez en la historia natural un individuo vivo puede ir en contra de sí mismo. Aunque esto bien podría mirarse desde un ángulo más amplio, más obtuso. ¿O no existe acaso esa expresión que enuncia “todo ocurre por alguna razón”? Parece como si hasta el hecho de que a millones de años luz una galaxia esté violentamente activa consumiendo y transformando materia sin cesar tuviese que tener una razón de ser. ¿Cómo no va a ser racional el que un individuo se quite la vida? Y si es racional, es decir, consecuencia de la facultad vital que es la razón, ¿cómo va a ser contradictorio el que un individuo vaya en contra de sí mismo por suicidarse? Sin duda, diríamos, ocurrirá por alguna razón. Esa razón, es el instinto primordial del que ya he dicho que es fundamento, no sólo teórico, sino material, de la razón. Pero antes de llegar a esto hay que dar algunos pasos previos. La razón, en tanto que facultad, determina ampliamente nuestra realidad. Del mismo modo que la facultad de la fotosíntesis produce nutrientes para la planta, la facultad de la razón produce representaciones para el hombre, pues éstas son nuestro principal nutriente. Podremos dejar de comer, pero nunca podremos dejar de tener ideas. No es tan raro ¿no? La vista producen imágenes y la razón ideas; cada facultad tiene su función y su producto. Pues bien, esas representaciones de la existencia cobran una fuerza muy superior, en términos de influencia sobre la acción, que cualquier otra apreciación de la existencia de cualquier otro ser. Un animal tiene una percepción de su entorno y de las condiciones de su ecosistema que determinará la ruta que elija en busca de alimento o seguridad. El hombre no iba a ser menos, sólo que su ecosistema es el mundo entero, incluso, si me apuráis, el universo entero. A mayor espacio mayor complejidad, eso creo que está claro. Por tanto mientras que el animal solo tiene sensaciones el hombre tiene –además de sensaciones- ideas o conceptos; y exactamente igual que el animal que se guía por sus sensaciones el hombre se guía por sus ideas. Aunque lo cierto es que muchas de esas ideas podríamos decir que son inconscientes y qué, más que ideas serían otra cosa diferente. En psicología se le ha dado el nombre de comportamientos instintivos. En este punto la distinción kantiana de razón teórica y razón práctica nos viene muy a mano. La razón teórica sería el dominio de las ideas mientras que en la razón práctica aunque hay ideas, también hay factores más oscuros, más “animales”. Visto esto podemos decir que el hombre está motivado en sus acciones por el conjunto resultante de ambas perspectivas de la razón: por representaciones puras y por comportamientos instintivos. Nos vamos acercando poco a poco a un ambiente más viciado, como cerrado e insano –loco incluso-, que es el fin de este corto pero arduo camino. Al decir que el hombre se guía en su vida por su razón –en esta doble perspectiva- estoy afirmando algo más fuerte, más real: estoy diciendo que la razón crea la realidad, y una vez establecida ésta el hombre es “libre” de actuar en ella. Esta realidad no es simplemente pura representación, también hay mucho en ella de instintivo, de objetivo. No obstante la tendencia racional, clara heredera de la tendencia al infinito del instinto, va encaminada hacia la universalización de lo puramente eidético –que se refiere a la idea, en tanto que esencia-. Dicho en palabras más simples: tendemos a reducir la realidad a la pura teoría. Lo gracioso, lo jodida y simplemente gracioso, es que es imposible. Y es imposible porque la realidad no está compuesta sólo de ideas, sino también de mucho instinto, dicho más humanamente, de mucho sentimiento –de mucho absurdo-. Más no es este engaño universalizador al que me quiero enfrentar, esto es tan sólo una parte. Las ideas mismas, como producto de la facultad de la razón, que me atrevería a llamar con toda la audacia de que dispongo, el instinto de la razón, tienen también mucha vida en su interior. Es cierto que son disecciones de la realidad, pero por el simple hecho de participar en –y de- la realidad ya merecen un pequeño latido de vida en sus demacradas y secas venas. Y esa porción de vida me permite felizmente dudar de la tiranía de las ideologías. Me hace sospechar que la razón con su infinito impulso lógico a la unificación sólo está manifestando su añoranza biológica, su recuerdo de cuando era simplemente instinto inconsciente que no tenía control “controlante” sobre sí mismo. Y este, amigos, es el engaño al que hoy pongo nombre y cara, el engaño del control. Al entendernos a nosotros mismos como seres libres que deciden, es decir, controlan, su presente y su futuro, nos hicimos la ilusión de ser el fin material de la vida, pues podíamos controlar la vida –parcialmente-. Pero la razón no es la finalidad de la vida, sino que sólo es un medio más de perpetuarla. Un medio mucho más complejo -en comparación con otros- debido a la exclusividad implícita que supone un individuo racional. Pero esa complejidad no es un argumento válido para concluir en control total. Ni siquiera mediante el perfecto ejercicio de la razón teórica ese control parcial va a devenir en control total. La idea más perfecta nunca será lo suficientemente perfecta. Es cierto que podemos suicidarnos y matarnos entre nosotros, pero no es menos cierto que seguimos existiendo, ni que la mayoría de los hombres no se suicidan. Quizá un ideal pueda conducir a un hombre mediante la convicción a su propia muerte para realizar dicho ideal –o para librarse de él-, pero será porque ese ideal tiene la suficiente fuerza vital –sea negativa o positivamente- para mantener la vida en la esperanza de muchos otros individuos más mediocres. Por desgracia muchos otros ideales, con medios menos impactantes –y más encubiertos- que el sacrificio, pueden dirigir, y de hecho así ha ocurrido y ocurre, al hombre por caminos infelices muy cercanos al desastre de la inexistencia. Es verdaderamente triste que genocidios, mentiras masificadas, estrategias hipercomerciales y aniquilamientos naturales tengan menos impacto consciente en la mente de las mayorías que el loco sacrificio de un ideólogo heroico como puedan ser Gandhi o Luther King. Pero me estoy desviando justo en el momento de la conclusión, la cual intentaré que sea definitiva. La razón es una evolución del instinto vital. Su característica diferencial respecto de otras facultades es la consciencia, es decir, la percepción racional de la razón misma. Dicho en otros términos: la percepción del control tanto de uno mismo como del exterior. Todo lo que produzca la razón va orientado a conservar la vida. Ahora bien, una razón egoísta se centrará en la conservación de la propia vida, mientras que una razón más humanitaria intentará perpetuar la vida más genéricamente. Esta es la cuna de la injusticia, estas dos perspectivas del instinto racional de conservación. Aunque esto no es todo ya que esa ilusión de control determina la creación de un concepto como el de justicia, aunque eso ya no entra dentro de esta reflexión. El engaño de la razón es, pues, hacernos creer que la razón controla al instinto –a la vida- cuando ella misma es un instinto descontrolado de la vida. Es cierto que tiene control, pero sólo sobre sí misma; y de un modo imperfecto e inevitablemente inconcluyente.


Ahora que ya he soltado todo esto introduzco el inevitable corolario de que para alcanzar un grado de soportabiliad de la vida suficiente como para no caer en una muerte absurda –más absurda que la muerte en sí misma- hay que tomar conciencia de nuestra naturaleza instintiva, de nuestra animalidad perfeccionada por la empatía y el sentimiento. Nos controlamos sí, pero hay algo que nos controla a nosotros los grandes controladores. Y, por último, es que sí, somos seres racionales, pero eso no es lo que somos: somos instinto, amor; somos vida.


-Suspiro.- Capté esta verdad en el camino y eché mano rápidamente de las primeras, pobres, palabras para atarla, para que no se me volviera a escapar. Y ahora se me ha muerto con estas áridas palabras y cuelga de ellas floja y desamparadamente –y mirándola ahora, apenas si me explico yo cómo pude sentirme tan feliz al capturar este pájaro.- F. Nietzsche

-Epílogo-

Después de tanta razón, de tanta pedantería y tanto argumento filosófico me siento vacio. Pido permiso para un despunte de fuerza, orgullo y reconocimiento:

Es tarde, flotas suave, etérea
Detrás de una línea blanca y negra
Al final de un camino de dureza eterna
Parece que me esperas
¿Qué es lo que esperas?

Miles de ojos se tornan en dos
Una sola mirada, una sola canción
Problemas de chichinabo
Nada me detiene salvo tu ausencia.

Cada vez que me acerco te alejas
Cada vez que me alejo te acercas
No eres nadie pero te veo
No eres nada pero te pienso.

Tu nombre ahora no está en mi boca
Lo busco, lo busco ¿sé dónde está?
Está cautivo y algo lejano lo controla.

Es tarde, muy tarde, el día espera
Despunta mi sueño, renace tu esencia
This is the end -mi vida- mi única amiga

David Álvarez García

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