El hombre del tenedor de plata

En un barrio negro y abandonado, cerca de un tenebroso cementerio había una estrecha calle conocida como la calle de las estrellas fundidas pues a menudo merodeaban por sus aceras músicos perdidos en el camino de la droga, actores secundarios ya acabados y algunos fugitivos famosos que jugaban a esconderse de la ley. Era un calle oscurecida por el humo de la pobreza y la muerte, al entrar en ella se podían respirar los gritos de angustia mezclados con el hedor de la gente y se podía distinguir a simple vista el amarillento sabor del miedo reflejado en nuestros propios ojos. Los mendigos borrachos se arrastraban por los portales escupiendo sus delirios al aire, las mujeres lloraban largos ríos de amargura y sangraban gotas de violencia y sufrimiento, los pocos niños que quedaban se limitaban a observar desde sus ruinosas ventanas con expresión de terror todo aquello que cruzaba por la calle. Algo había en aquel lugar que dibujaba pinceladas de miedo y espanto en los rostros de todo aquel que por allí caminara. ¿Qué era aquel terrible mal que arrugaba el ambiente?

En un callejón sin salida perpendicular a la calle, atravesando una estrecha verja de metal y cruzando un pequeño parque abandonado se encontraba una puerta de madera, mohosa y despintada, que tras de sí ocultaba una casa con los cristales ennegrecidos y las ventanas llorosas, medio derruida por el paso del tiempo y rodeada de largas enredaderas que caían desde el tejado hasta la misma puerta dando a la casa un toque rústico y fantasmal como si de una mansión encantada se tratase. Dentro de ella decían que vivía solo una persona, un hombre extravagante, de mirada oscura y rebosante de odio. Probablemente ahora nadie creería las historias que se contaban acerca de aquel siniestro hombre pues parecían salir del diario de un psicópata asesino pero la verdad es que todas ellas eran ciertas y nadie se planteaba el hecho de que no lo fueran. Las personas no suelen apreciar la mentira cuando el miedo corre por sus venas y en ese lugar el miedo estaba justificado. ¿Quién no tendría miedo cuando todo el mundo que se acercaba a esa puerta desaparecía y no regresaba nunca?
Toda persona que pasaba por esa calle y oía algún ruido desconocido inmediatamente comenzaba a correr presa del pánico puesto que aquel hombre sedentario era muy peligroso y conocido por todo el mundo. Lo único que se sabía acerca de su aspecto era que una de sus manos había sido arrancada por los colmillos de una bestia cuando apenas tenía diez años y que en su lugar había incrustado en la carne un brillante tenedor de plata con el que, supuestamente, apuñalaba a sus víctimas inocentes. Era la clara imagen de la crueldad y el odio en una mente enferma. Aquel del que todos hablan cuando se sienten seguros y al que todos evitan pensar antes de sumergirse en el mar de los sueños.

Muchos fueron los que trataron de acabar con el hombre del tenedor de plata, desde borrachos intrépidos y valerosos marineros hasta asesinos a sueldo y algunos policías retirados, pero ninguno consiguió volver de aquella casa. Dentro de ella tu único destino era sufrir los estragos de una muerte lenta y sanguinaria...



Un día en el local más grande de la calle se celebraba una fiesta importante. El bar estaba lleno de toda clase de personas. El dulce olor del opio se respiraba en el ambiente, los que fumaban estaban aletargados en las zonas más solitarias y lúgubres de la sala, viajaban a través de imágenes
confusas y amables en un intento por salir de sus cuerpos inherentes. La barra era una nube de risas y palabras desnudas. Algunos hombres conversaban entre el humo del tabaco y el vapor de las copas. Mantenían largos diálogos emocionados pero de ninguna trascendencia, hablaban y hablaban sumergidos en una cámara de tiempo estancado. Todo se desarrollaba con naturalidad y despreocupación. La gente se divertía, la bebida corría sin cesar por la barra y nadie pensaba en aquel viejo loco.
Pasaron las horas como leves caricias de espuma y una nueva nube silente y profunda acaparó el entorno. Las conversaciones se volvieron lentas, los ojos enrojecidos y pesados, las mesas estaban repletas de vasos vacíos, de ceniza y de rostros pálidos. La luz había disminuido hasta ensombrecer la estancia y la música sonaba con un tono psicodélico y acogedor. Apenas se oían voces, la noche fluía en aquel escenario extasiado y un silencio incómodo comenzaba a vibrar cada vez con mayor intensidad congelando las emociones y abriendo a la vez las ventanas del miedo en todos los allí presentes... La gente se abrazaba, un estado de armonía y debilidad se palpaba. Nadie decía nada pero dentro de todos una llama ardía con ganas de abrasar el mundo. Una voz espontánea cargada de furia y esperanza se elevó sobre la nube de silencio sentenciando aquello que todos temían pronunciar - Se acabó, se acabó... No puedo soportarlo más, no quiero seguir viviendo con el demonio cerca. Lleva años atormentándonos... Ya ni siquiera puedo soñar ni escribir y mucho menos viajar a ese lugar relacionado vagamente con la realidad... Quiero acabar con esto de una vez por todas, quiero que todos penséis que todo está bien y que sea verdad... ¿Nadie va a hacer nada? ¿Quién viene conmigo a llamar a esa puerta y a terminar con este insoportable malestar? Estoy harto de esperar mi muerte sin poder disfrutar la vida... ¡Vamos! ¿Quién viene? -. En aquel instante todas las voces que antes se escondían comenzaron a sonar formando un coro incomprensible pero adecuado. Gritos de rabia, dientes que chirrían, muecas de valor y puños de justicia. Las palabras habían hecho efecto, la multitud se encaminaba hacia la puerta de aquella casa dejando en la barra sus copas llenas de espectros y sus cigarrillos de humo tétrico. Estaban dispuestos a actuar y a morir en el intento por lo que su danza mortal era como un baile lleno de agujas y cuchillos afilados...

Al llegar a la casa cruzando la estrecha verja metálica y atravesando el pequeño parque el gentío comenzó a correr y a gritar con un grito de guerra y sangre hacia la puerta de madera. De un tremendo golpe la puerta venció y cayó produciendo un ruido sordo. La ira salvaje de aquellas personas les había transformado en bestias sedientas de sangre y prestamente recorrieron la casa de arriba a abajo tratando de encontrar al hombre del tenedor de plata pero allí no parecía haber nadie. Todo era oscuro y hueco, el techo estaba lleno de goteras, las paredes estaban a punto de caerse, el suelo sucio y ensangrentado y en todos los rincones se distinguía un intenso olor a carne descomponiéndose... El grupo se reunió en el salón después de registrar toda la casa. Las miradas buscaban una explicación o una salida para aquella situación. Alguien llamó la atención de todos señalando una pequeña cavidad en el lado izquierdo de las escaleras que parecía dar a una profunda bodega. Con gran ímpetu se lanzaron por el angosto pasillo que descendía varios metros hasta una entrada cubierta con una manta rojiza, nadie se dio cuenta de la cantidad de sangre que corría por el suelo ni de los trozos de carne reseca pegados a las paredes que en otra situación les hubiera aterrorizado.
Corrieron la simulada cortina y una sombra apareció de repente como un fantasma inesperado. Los hombres con expresión de asombro y a la vez deseo se lanzaron sobre aquella figura que apuñalaba sus cuerpos con gran habilidad y soltura. Varios hombres cayeron ensangrentados por todo el lugar y la bodega se convirtió en un feroz escenario de violentas atrocidades. Aquel hombre era un asesino experto y conseguía evitar con mucha destreza los envites de aquella danza mortal pero en un breve instante perdió la concentración y algo atravesó su pecho de la misma forma que antes había atravesado muchos otros. El viejo psicópata yacía en el suelo. Sus ojos en blanco miraban a la luz artificial que colgaba del techo. Su rostro arrugado y lleno de sangre expresaba una mueca de asombro ante la muerte, después de todo era un simple mortal... Todo había terminado, los que aún vivían se ocuparon de los heridos y olvidaron a los muertos en aquel lugar desde entonces maldito. En el centro de la sala el terrible homicida aun palidecía mientras sangraba a borbotones por su muñeca desnuda pues en su pecho estaba clavado el brillante tenedor de plata que con tantas vidas había acabado.


Ernesto Rodríguez Vicente

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