Cimas que se desmayan cuando las piernas hierven,
máquinas con insufribles movimientos que alumbran la perfidia.
El suplicio, horrendo y turbado, alimenta las sediciones (o poluciones) nocturnas.
Alimentos exquisitos que descansan en las palanganas del dolor sois,
inferís certeros colofones con tan sólo una mirada de águila emplumada, neurótica.
Caminantes con huesos y talentos rotos, desprovistos de alas salvajes,
abandonados en escarpados caminos que tienen como festones miasmas perfumadas.
¿No os habéis redimido en un bosque lleno de desconocidas aves?
¿No tendríais el honor de aplastar un dedo hasta reducirlo a vapor que silba?
¿No os apresuráis?
Esperad y escoged los barrotes que confinarán vuestras carnes en una maceta sin vida,
puesto que la delincuencia prematura aviva sensaciones llanamente afrodisíacas,
ungüentos para asesinar al virus del contraste alegre, el más vil e hipócrita
guía de la longevidad inútil y superflua.
Cimas que se desmayan cuando las piernas hierven,
máquinas con insufribles movimientos que alumbran la perfidia,
sois los únicos que merecen la imprecación ajena y ya que esto os fortalece
haced de ello la viga maestra donde colgar vuestras guirnaldas y globos
creados desde la crueldad y el deseo de exterminio.
Zambo
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