Adicción quizá de haberlo saboreado durante tan poco tiempo y de verlo caminar a mi
lado, sin que se inmute de mi presencia. Añoro el olor a mujer en mis sábanas; el olor
de noches sin tiempo ni vergüenza.
Un grito que choca contra las estrellas y que congela mis lágrimas antes de que supuren
por mis ojos. Mi alma está fría, aunque mi cuerpo se mantenga caliente.
Desespero, o quizá me obligo a sufrir. Que inquietud de preguntas sin respuestas.
¿Qué necesito en realidad? Ni yo mismo lo sé.
Vivir es el comienzo de este largo camino. Acompañar y ser acompañado; perderse y
volver a encontrarse más tarde, como un nuevo y desgraciado diablo.
Cortarse el pelo, cambiar de apariencia. Nada de eso importa.
Los segundos que se fuman se mantienen en tu decadencia, que te sigue como una carga
a la espalda.
Decisiones que queman y se retuercen tras ser elegidas. Consecuencias que marcan los
hechos del camino. ¿Serías tú mismo si hubieras cambiado algo en tu pasado?
No existe tragedia ni comedia. Tan solo lo que quieres hacer.
Tras la ubicuidad inherente a nuestras acciones se vislumbra la cadena que nos forja tal
y como corresponde a nuestras decisiones.
Hoy no soy el mismo que mañana. Tú no serás lo que quiero esta noche, mañana.
Los relojes abusan del tiempo y nuestra cabeza se condiciona a horarios y obligaciones.
Pierde complejos y tabúes, que la vida es corta; demasiado corta como para dosificar las
dosis de placer.
Mañana respira, mira por la ventana, y observa el cambio del mundo.
Obsérvate en el espejo. Eres un día más viejo; un día más sabio.
Disfruta lo que eres en este momento, recuerda lo que fuiste, ansía lo que serás.
Lucha y actúa según como quieras ser mañana. Vive como te gustaría vivir hoy.
Y cuando estés lista para encontrarte conmigo,
tan solo una pregunta:
¿Quieres ver y conocer al nuevo yo?
Tomemos un café.
Pablo Vázquez Lobato
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