melancólicos de sueños buscando la luz,
poetas que vierten su linfa dorada
en las plazas donde duermen mugrientos mendigos.
Hay poetas que ya no sienten nada,
solo vacío y oscuridad en sus corazones,
poetas heridos por el afilado cristal
que incolora sangre hace brotar de sus ojos.
Hay poetas que existen solo en la noche
cuando la gente confunde sus sombras,
poetas que lloran al ver un alegre destello
y esconden sus alas de la vulgar multitud.
Hay poetas que frecuentan las malolientes tabernas
evadiendo sus mentes con chorros de bruma,
poetas perdidos en los más amargos recovecos
que escriben poesías jamás pronunciadas.
Hay poetas bien nombrados y mal queridos,
amados sin amor y odiados sin maldad,
poetas que volaron por el cielo sin plumas
y dejaron sus palabras colgando de las nubes.
Hay poetas que nunca dejaron de gritar,
poetas cuya voz silenciaba absurdos coros,
poetas que oxidaban hasta la garganta del gallo,
poetas de costosas almas de zafiros o esmeraldas,
poetas comparables a las costras de un leproso,
poetas degradados hasta convertirse en galaxias,
poetas que iluminan nuestras vidas desde cada luz del cielo.
Hueco es el pecho del poeta,
su negro corazón murió hace ya tiempo,
ya no suena más que el eco del último latido
antes de que el alma volara sobre su cuerpo.
Pero no temáis vibrantes versos
que mientras en mí viváis
o en cualquier otra veta
habrá poesía y habrá poetas.
Ernesto Rodríguez Vicente
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