Los cristales volvían a estar empañados al mediodía, debido a los profundos suspiros
que se lanzan al esperar un alma rota y sin ojos, que pueda llegar en las oscuras
mañanas en las que los verdes pájaros han sido asesinados por la negligencia de unos
guías cada vez más ausentes.
El hambre pesaba sobre sus piernas. No podía levantarse de su mullido lecho, que al
igual que una enorme boca desdentada absorbía poco a poco su vitalidad, dejando tan
sólo los ripios más repulsivos de todo eso a lo que llaman ser humano.
Allí angustiado y con los ojos cerrados, en sus más profundas neblinas blancas,
pretendía divisar lo “idílico”, mas no podía, pues la realidad y el ensueño le producían
las mismas náuseas que el mero hecho de pensar en alguna de sus “funciones vitales”.
Su único propósito era encontrar una vía larga y estrecha, con un suelo recubierto de
suaves plumas que con el solo tacto del pie dejara florecer un azulado manto de polvo
que le acompañara durante todo un trayecto lleno de velos, de cruces, de gritos
ahogados, de miradas ahorcadas.
Ese trayecto sin finalidad le produciría el único placer que jamás tendría.
Entonces, mientras se encontraba absorto en el más insondable de los ensimismamientos,
el chasquido de unos dedos provocó un eco asfixiante en aquella diminuta habitación.
Abrió los ojos lentamente y en uno de los costados de su cama, postrado en una silla de
madera chirriante, se encontraba algo que parecía ser una figura humana, con las
piernas entrecruzadas cubiertas por una túnica de un color grisáceo que impedía ver
cualquiera de sus extremidades. Una desmedida capucha pretendía ocultar un rostro
totalmente sumido en unas tinieblas opacas y abismales en la que no se podía observar
El miedo hizo gala de su velocidad y en un instante consiguió eliminar hasta el último
vestigio de todas aquellas sensaciones que no se relacionaran directamente con él. Sin
embargo, el decrépito muchacho, a pesar del gran tormento que le supuso contemplar la
figura, siguió en su total impasibilidad y sin mover ni uno de sus músculos, siguió
dulcemente recostado sobre la tremenda boca que le acurrucaba.
En un primer instante pensó “¿Será esta la famosa imagen de la Muerte que durante
siglos, todos aquellos que se han hecho llamar poetas, idealizaron y cantaron alabando
su ubicuidad y su calidad de infranqueable? ¿Será entonces esta mi hor...?”
De repente e interrumpiendo sus tribulaciones, la túnica con figura humana con una voz
fina y dulce expresó un No que se paseo por toda la habitación lentamente dejando a su
paso una estela de brillantes gotas de agua que rociaban sutilmente los objetos de los
alrededores.
Tras esto el silencio más espantoso que uno se pueda imaginar embadurnó la habitación
de un ambiente extraño, que parecía haber roto con todos los esquemas espaciotemporales
transformando aquel cuarto en un vacío que flotaba en la inmensidad de una
sustancia viscosa vertida sobre un vaso de exacerbadas dimensiones.
- Parece mentira que no sepas quien soy - Dijo la siniestra figura con una voz muy débil
que pretendía impedir que invisibles oídos pudieran escuchar la conversación-. Desde
hace mucho tiempo estás ahí empotrado intentando evocarme, y aun no sabes quien
soy... y me parece absurdo que hayas intentado compararme con la representación de la
Muerte que no es más que la personificación del miedo de unos estúpidos que no son
capaces de convivir con una idea puramente abstracta.
- ¿Pues quién eres? - Preguntó el muchacho con una voz entrecortada y lenta, más por el
cansancio vital que por el miedo.
- Soy ese algo, alma o espíritu sin ojos y sin rostro, o como quieras llamarlo, que ante tu
aguda insistencia ha decidido ofrecerte esa vía que con tanto ahínco ansías, para que así
puedas adentrarte entre las grietas de tu propia mano, perdiéndote en el exuberante
candor del infinito-. Respondió con su suave y resonante voz.
Entonces, ese algo sin dejar de entrecruzar sus piernas y con el codo apoyado en una de
sus rodillas se dispuso a desvelar la forma de su mano, ofreciéndosela al tipo que aún
seguía tendido sobre los labios de su lecho sin moverse, prácticamente. De una de las
grisáceas mangas de la túnica, se comenzó a dejar ver algo que no se puede definir
como una mano propiamente dicha. Sí, tenía cinco dedos, pero exageradamente
alargados con una palma apenas distinguible y muy fina. Toda ella estaba recubierta de
una sedosa capa translúcida que cambiaba de consistencia constantemente,
difuminándose poco a poco.
El muchacho observó aquello sin un ápice de espanto, pues tras haber visto una figura
que decía ser un alma, poco más le podía sorprender.
- Qué me dices: ¿Vienes? -preguntó ese algo.
- No - Respondió el muchacho sin pararse a reflexionar. Tras esto dirigió la cabeza hacia
el techo, cerró los ojos, y comenzó a hacerse preguntas sobre la oscuridad que se
produce al cerrar los párpados. Al darse cuenta de que sus preguntas no eran más que un
hilo de un ovillo interminable, decidió volver a abrir los ojos. Dirigió la mirada hacia el
lugar donde se encontraba la figura y se dio cuenta de que allí no había nada del otro
mundo. Tan sólo una silla chirriante, y sobre ella un espejo.
Un espejo empañado al mediodía, debido a los profundos suspiros que se lanzan al
esperar un alma rota y sin ojos, que pueda llegar a las oscuras mañanas en las que los
verdes pájaros han sido asesinados por la negligencia de unos guías cada vez más
ausentes.
Zambo
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