Salud, verano.
Bienvenidos al idilio
que ofrecen estos campos.
¿Qué hubo de esas tardes
de las de antes,
de noches en parques,
de historias flagrantes?
Pues no lo sé, sólo te contaré qué hubo de los manantiales, de aguas que en un tiempo
surcaban los meandros y que ahora nada más muestran que la seca tierra como insignia
de lo que un día fueron.
Aguas que recuerdan a civilizaciones antiguas que en su día perecieron defendiendo una
cultura mientras dos árboles, asemejándose a un hombre y a una mujer abrazados, con
amor, hacen de espectadores ante tal barbarie. Pero en fin, nada nuevo bajo el sol…
El sol hace
mientras el hombre yace,
y recela de hijos del hombre que nacen
a la vez que los compadece por ser mortales.
Desde la perspectiva del sol, es probable que el agua se le aparezca como una encrucijada
de hilos que dan lugar a esa gran telaraña azul.
Para el hombre, en cambio, es savia. Es fuente de inspiración y reflexión, momentos que
fluyen a lo largo de su cauce, pensamientos escritos en el agua del hombre que solloza en
su nacimiento por la mujer que lo demora en la desembocadura.
Presta oído a los ríos,
pues cual remero trae mensajes
de otros lares y parajes,
de nubes que lloraron niños.
No importa de dónde venga
ni el agua, ni los recuerdos de viejos baúles,
lo virtuoso es la moraleja,
y que mis manantiales sigan siendo azules.
Puestos a pedir, que los manantiales sigan siendo azules, sí; que el sol trace rayos tangibles
para poder llegar hasta su esfera y echar una parlada con él para contarle cómo se hacen
los hijos; ganar su confianza y destruirlo para poder acabar con el tiempo, que él no sea
quien marque las estaciones, que las estaciones vayan y vengan a placer, y así debiera ser.
Y, de esta manera, que el hombre llame vida a lo que ciertamente es vida, y que las aguas
llamen cauce al deseo por renacer.
Hielo, nubes o “agua”, personalidades varias.
Canto
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