Ese día, y sólo ese día.

-Recuerda todo lo que has olvidado / No puedo alejarme de estos pensamientos / Todo lo que he pensado está en mi cabeza para quedarse / ¿Qué hacemos para intentar seguir perfectamente / todas las instrucciones que me diste? John Frusciante-


El remedio, solía pensar Javi en sus noches y también en sus días, debe existir. Además seguro que es algo fácil, sencillo y accesible, se decía minuto tras minuto. Seguro que es algo tan evidente que por su misma evidencia paso por alto, pues no puede ser que este problema, este asqueroso y agotador dilema no tenga una respuesta final. Si en algún momento llego a la certeza de que, o bien no existe el remedio que ansío, o que me es del todo inaccesible, ese día y sólo ese día abriré la puerta a una zorrita que lleva años y años llamando, a veces con más fuerza, a veces con menos. La fuerza de los golpes sobre mi puerta, varía en función de muchos factores: la depresión, el amor, el sexo, la actividad intelectual, las relaciones con amigos y enemigos, y así un larguérrimo etc. El caso es que no pienso abrirte hija de puta, pensaba sentado en el autobús mirando hacia una calle que por mucho que miraba no veía. El remedio, el jodido remedio tiene que existir, es el fin de mi vida de todo lo que he sido y soy, es lo único que me preocupa, es lo único que me importa, es lo único que quiero. Justo en ese momento en sus cascos un rapero cantaba "...el remedio la sobredosis, viajé a un país lejano alimentado con metad...", y de repente su reflejo en el cristal de la ventana le devolvía una mirada acompañada por una expresión sardónica que le asustó. Ese remedio no es el remedio que yo busco, aunque tal vez sea una buena llave para abrir la puerta que jamás deja de ser aporreada por la zorrita que nos va a buscar a todos. Ese remedio, no es un remedio ni es nada, al menos en mis circunstancias joder. El puto remedio tiene que estar ahora mismo aquí conmigo, sentado a mi alrededor o flotando en el éter de mi consciencia, pero estoy completamente seguro de que está en este autobús, y yo no soy capaz de encontrarlo, dios que desesperante es esto. Pese a tantas vueltas y discernimientos cíclicos, Javi allí sentado con cara de pasmarote en coma, se sentía libre, como si no hubiese un autobús bajo su orondo culo y estuviese volando con los pies paralelos sobre el asfalto, como si no hubiese edificios silueteando el rojizo atardecer y ocultando grandes parcelas de cielo y horizonte, como si no hubiese un gobierno apoteósicamente inútil tomando decisiones, o más bien no tomándolas, como si la sociedad fuese un juguete en las manos de un niño aburrido cuyos ojos buscasen un juguete nuevo más emocionante, como si fuese un asesino de reyes exiliado en un paraíso anárquico sin responsabilidades, preocupaciones morales y con la conciencia de quien sabe que ha hecho lo correcto, no porque fuese correcto o no, sino porque el quería que fuese correcto. Más o menos así de libre se sentía mientras se pensaba en una jaula de plástico, metal y gasofa; si tan sólo pudiese olvidarse del remedio. Pero que digo, para que soñar, no puede olvidarse del remedio, y eso que está empezando a olvidar que enfermedad quiere curar con la solución que tan esquiva se le aparece. El bus para, se apean cuatro hombres, dos ancianas y una chica bastante cachuda, y se montan dos niñas, una mujer (que parecía ser la madre) y un chico de unos diecinueve años. Joder que buena estaba la tía que se ha bajado por Dios, ¿Por qué no la he dicho nada hostias? Estoy tan seguro de que si tuviese el remedio en mi poder, ahora podría estar tomando un lo que sea con esa tía en la antesala del sexo, que la urgencia de mi búsqueda apremia más y más. Los golpes en la puerta cada vez son más fuertes, llegando incluso a igualar la intensidad de la llamada en las máximas depresiones, pero da igual, eso no me distrae, no tendré el remedio que necesito, pero si tengo el remedio -más bien el truco- de la ignorancia y la indiferencia (que en la praxis vienen a ser lo mismo) que sirve como placebo para tantísimas desavenencias psicológicas que perfectamente podría confundirse con el remedio que busco. ¡JA! Pero yo no pienso caer en ese sutil ardid ideado por la teoría de la sociedad del bienestar; la ignorancia no es ningún remedio, ya he dicho que solo es un placebo, aunque ciertamente útil para los tiempos que corren. Maldito remedio, ¿qué ocultas que no te muestras ante tu mayor buscador, ante el que más te necesita? Un bache bastante tosco hace que el mp3 (más viejo que la tos) de Javi se caiga al suelo y se desconecte de los cascos, sacándolo de su bucle. Lo recoge, lo vuelve a conectar y de nuevo al mirar por la ventana, su reflejo le devuelve la mirada. Los ojos azul clarito tiemblan por la vibración del autobús, y el mostacho al estilo francés se mueve de lado a lado acompasando las muecas del original. La frente arrugada por costumbre es un síntoma de la ausencia del remedio. Otra vez el remedio hostia puta, ¿Qué será? ¿Qué será? ¿Qué cojones será?


Entonces al pasar por una de las paradas del autobús de repente y sin previo aviso recuerda un día de hace un par de semanas. Se ve sentado en esa misma parada un martes tras bajar de casa de un amigo con un colocón de los gordos, y se contempla temblando de puro nervio (y quizá algo de frío). Recuerda que se preguntaba porque temblaba, y que si se concentraba en el tembleque de las piernas, éste se detenía, pero el parón apenas duraba unos segundos. Temblaba porque pensaba en que la gente le miraba mal, por miedo a la policía o a cualquier otro factor imprevisible que pudiese poner a prueba su capacidad de desenvolverse en una situación inesperada y altamente problemática. Temblaba porque se tenía miedo a sí mismo, o mejor dicho, tenía miedo del miedo que sentía. Y entonces en su vivido recuerdo, que parecía pintarse en el reflejo del cristal, se veía a sí mismo quieto, tranquilo, el temblor se detuvo durante un tiempo más que significativo. ¿Cómo lo hice? Estoy seguro de que el método que empleé para dejar de temblar es el primer paso a derechas que doy en mi búsqueda del remedio. Y válgame dios, que se acordó, allí sentado en el autobús recordó las divagaciones que su mente fumada produjo en aquel ocaso primaveral con clima de invierno. No sabría expresar adecuadamente en palabras lo que sucedió en esa experiencia mental, pero sí que puedo decir que pensó algo como: "si va a pasar algo, no voy a poder evitar que pase y el hecho de estar aquí temblando sólo contribuye a que pase algo. Además si ese algo llegase a pasar afrontaría mejor ese algo sin este puto temblor. El tener miedo de mi miedo, es un círculo infinito de retroalimentación que sólo puede tener como consecuencia el incremento del miedo, y por ende el inminente desastre de mi persona. En conclusión: tiemblo porque tengo miedo de que pase algo y de no saber afrontar ese algo; si tiemblo las posibilidades de que pase algo aumentan; si tiemblo y termina pasando algo me quedaré petrificado sin saber cómo reaccionar y ese algo irá de mal en peor. Luego si no tiemblo, además de reducir la posibilidad de que me pase algo, aumentan las posibilidades de salir airosos de ese algo. Todo encaja joder, al entender mis circunstancias es facilísimo actuar como me gustaría (y como a cualquier otro supongo que le gustaría) en vez de temblar como un gilipollas ¿Será esto lo que llaman confianza? Es una sensación genial joder."

Sí, eso es lo que pensé; pero ese pensamiento no es lo que me hizo dejar de temblar, al menos no directamente. Ese pensamiento consiguió que dejase de sentir miedo, y no sólo eso, me hizo sentir valiente. Si joder, lo siento, siento que me acerco cada vez más al remedio (aunque sigue en un horizonte lejano, quizá inalcanzable). Mientras recordaba todo esto su semblante reflejado fue todo un espectáculo; primero su cara era una especie de uva pasa arrugada, con algún levantamiento de cejas ocasional y algún movimiento de labios furtivo denotando la excitación del recuerdo; según avanzaba en el pasado la cara se iba desfrunciendo para pasar a tensarse por la alegría de lo que estaba sucediendo en su cabeza, para finalmente acabar en una relajada sonrisa socarrona de triunfo. Pero los golpes en la puerta no dejaban de aumentar en fuerza y velocidad, la muy puta quiere entrar, quiere coger mi mano y pasear conmigo hacía su habitación en la que haremos el amor mientras mis latidos se detienen de puro placer. ¡Que no voy a abrirte hostias! .... Y dicho esto, la puerta voló por los aires en la conciencia de Javi, mientras el bus volcaba en una curva empotrándose su cuerpo contra el cristal que reventaba en cientos de trocitos destrozándole la cara y la cabeza. Mientras la puta muerte, por fin en el umbral de la puerta, se va desnudando, Javi se va desvaneciendo aun con la socarrona sonrisa plasmada en su rostro, y su último pensamiento va directamente dirigido hacía la muerte ya totalmente desnuda que se dirige hacia él, y la dice: "Tanto tú como yo sabemos, que este no es mi momento maldita hija de puta. Tanto tú como yo sabemos que existe el remedio. Tanto tú como yo sabemos que no me acostaré con tus lujuriosos huesos mientras no desista en mi meta. Tu sabes cuál es el remedio y yo no, pero créeme cuando te digo que tanto tu como yo algún día sabremos el remedio, y ese día seré yo el que llame a tu puerta maldita puta."

David Álvarez García

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