revolotean en el fango de mis ojos
fundiéndose en el amargo lagrimal del alba.
El ambiente se encoge en una diminuta esfera
y como un soplo de viento fúnebre
las palabras caen bajo nubes de alcohol y nácar.
Las brasas comienzan a elevarse
y el cadáver de la noche se entierra en el hueco de su ánimo.
Se incendian las formas en el fuego de las sombras resplandecientes
y el cruel murmullo desangra la avidez del tiempo.
Ernesto Rodríguez Vicente
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