Paseo Nublado

-LA MADRE DEL NIÑO.- ¡Negros fusiles, matadme también con vuestros plomos! 
MAX. – Esa voz me traspasa. 
LA MADRE DEL NIÑO.- ¡Que tan fría, boca de nardo! 
MAX.- ¡Jamás oí voz con esa cólera trágica! 
DON LATINO.- Hay mucho de teatro.                                  – R. M. del Valle-Inclán- 
MAX.- ¡Imbécil! 
[…] 
DON LATINO. -¡Max, no te pongas estupendo!- 

Es complicado volver a la normalidad cuando no se quiere. Y claro, eso en principio
asusta, aterra. Tampoco está muy claro lo que se quiere o no y ante la pregunta se
responde “no sé lo que me apetece”: ¿Comer? ¿Dormir? ¿Fumar? No está muy claro. Si
se acaba volviendo no es por voluntad propia, sino por presión biológica y social. Pero
claro si nos ponemos quisquillosos nada es por voluntad propia –al menos no
enteramente- sino que siempre se concibe algún tipo de presión. Si se acaba volviendo
es por miedo, por muy absurda que resulte la obra que se está representando, el miedo
puede más que el absurdo. En nuestro día a día la gran obra de teatro que es nuestra vida
se desarrolla sin demasiados problemas trascendentales, como mucho algún sentimiento
de desánimo o de tristeza perturba a nuestro personaje. Puede que si se tiene una actitud
filosófica o científica, haya más preguntas de las que se prescriben en la normalización
social, pero tampoco importa mucho, es un camino que lleva a la pedantería del
académico o al cinismo del pesimista. -¡Esto es una casa de locos!-; -¿Y el resto de
casas no?- Me andaba preguntando cual era la diferencia entre esto y la locura y acabe
respondiendo algo sobre la superioridad del último en pie. Unamuno nos dejo algo
escrito sobre el fundamento del hombre en tanto que individuo –sensaciones- y en tanto
que animal social –sentimiento de amor-, pero son cosas que no conviene leer. Mejor
“Luces de Bohemia” y el esperpento.

Ya no recuerdo a donde quería llegar -¿Al final?- y eso es lo que más me jode. No haber
olvidado esto en concreto, sino el olvido en general. Mientras estamos inmersos en los
instantes eternos –tan escasos como incomprendidos- cada vivencia parece la razón del
latir del corazón, ¡y eso que no somos conscientes de que el corazón está latiendo!, y
eso porque entre nuestro pensamiento y nuestra acción no hay ninguna distancia,
viajamos a una velocidad abrumadora. En esos momentos somos felizmente
superconscientes de la imposibilidad de comunicarnos, y está bien, pero solo mientras
no somos conscientes de la necesidad de comunicarnos. La angustia siempre vuelve –y
del deporte también se sale-. Perdonadme estas tonterías, pero no puedo evitar el
sarcasmo a estas alturas de la vida. Me cuesta no reírme mientras escribo esto, y no
porque me esté riendo de vosotros o de mí, no sabría muy bien decir por qué. El caso es
que se vuelve, siempre se vuelve, y la muerte es también volver a la realidad cuando nos
hemos distanciado demasiado de ella. Sí, me gusta eso de siempre se vuelve, y no lo
digo en términos nietzscheanos, sino de forma directa y temporalmente humana. No sé
si me explico. A ver: estoy tratando de aproximarme mediante metáforas a la gran
metáfora de nuestras vidas, que según entiendo es el no poder escapar del lenguaje
metafórico.
Parece que en nuestros respectivos escenarios –nuestras vidas- y en elescenario universal –la intersubjetividad- estamos constantemente falseándonos unos a
otros. Puede verse así o puede verse como que la sinceridad es una metáfora que
describe una contradicción: la contradicción entre los sentimientos hacia nosotros
mismos y los sentimientos hacia los demás. ¿Moral? No, no es exactamente una
cuestión moral, aunque el pensamiento moral nos puede también servir de
aproximación. El problema del acercamiento moral es que las conclusiones siempre van
a ser normativas y a mí ahora mismo me importa un carajo la determinación de normas
de conducta de mi autonomía –y que Kant me perdone-. Creo que en otra ocasión
escribiré sobre el postkantismo en la filosofía contemporánea, pero ahora no me quiero
desviar de las metáforas y del terror a la verdad con mayúsculas. Si en esta revista
retrocedéis unos números, veréis que escribí una relato al que titule “Creamos mundos
de luces”. El relato era una parodia en la que un Frankenstein psicópata entra en pleno
siglo XXI a una discoteca y se alza como juez moral y a la vez verdugo de la
humanidad. Mi querido monstruo se presentaba como un espejo roto del espíritu
humano, y precisamente por estar roto reflejaba sin aditivos la realidad de nuestra
corrupción. Una corrupción que es lo que falseamos mediante metáforas, ya sea a través
de una moda estética, ya a través de un código legal –o lo que se os ocurra-. Incluso
reconocer la corrupción de nuestro cuerpo y nuestra alma es una metáfora que oculta la
práctica de esa corrupción. Y mi querido Frankie, aparece en un mundo de luces que
creo haber descrito con bastante jovialidad y estilo. Juntando los mundos de luces –que
es, por así decirlo, una situación de relajamiento y escapismo de la “realidad objetiva”-
con lo corrupto de nuestra vida, obtenemos la conciencia de la metáfora; es decir:
metáforas que remiten a metáforas, que remiten a otras. Así se constituye la realidad
objetiva, y la filosofía es un intento o bien de negar esto, o bien de ocultarlo –por mucho
que los filósofos insistan en que ellos lo que hacen es “destapar lo oculto”-.
¿Apodicticidad? ¿Necesidad? ¿Inmanencia? Quizás, pero ¿es eso lo que importa? ¿Nos
incumbe siquiera? Claro que no podemos dejar de preguntarnos por el infinito, claro
que la metafísica no está superada, y claro que nos es imposible dejar de buscar valores,
verdades y fines. Vivimos de contradicciones y por contradicciones. Y al final lo único
que me molesta, como ya dije, es el olvido. Guardamos vagas imágenes de los hechos,
de lo que hicimos, decimos: -pasó esto, pasó aquello; que mierda, que de puta madre-.
Puede que recordemos la velocidad a la que íbamos, algunas sensaciones que tuvimos:
miedo y terror, placer, risa desbocada, destrucción del presente por el presente –
creación-, incomunicabilidad, inconexión, amor, desprecio y repugnancia, superioridad.
Pero en realidad el recuerdo de esos hechos del espíritu, hace perder el sentido de su
experiencia, y su recuerdo duele más que su olvido; y aun así el olvido es lo que más me
jode. Porque recordamos el esqueleto, pero olvidamos el impulso, el instinto, olvidamos
la vida que recorre en forma de sangre y en círculos nuestras arterias y venas, una y otra
vez, una y otra vez, una y otra vez…

–Te quiero, pero me quiero más a mí-; -¡Ay! Pues yo quiero más a los demás de lo que 
me quiero a mí-; -A mí lo que me importa es follar y a quien más quiero es a mi madre-; 
-¡Estáis todos enfermos y corrompidos!; -¡Yo solo me preocupaba por ti!; -¿Quieres 
fresas? Están cojonudas-; -Tranquila, te pondrás bien, te prometo que volverás-; -¿Pero tú ahora que sientes?-; -Es todo cuestión de tiempo-; ¡No sé lo que me apetece!-; -
¿Estamos bien?-; -Fue un error, pero he aprendido la lección-; -With Lions in the Night, 
Out of Sight!-; -¡Bufff, que temazo!-; Pero ¿qué es estar bien?-; No, esto no va de 
preguntas ni de respuestas-; -Todavía no puedo pensar con claridad-; -Mira, ahí vienen-; 
-Si yo te entiendo. De todos modos sigue hablando, te escucho-; -Entonces respóndeme 
a esto ¿ahora mismo, este paseo, te parece una falsedad, una ficción?; -No llores, no 
tengas miedo, y no te crees un mal concepto de esto, no siempre es así-; -Espera, que 
salgo contigo-; He perdido la chaqueta ¿dónde la dejé?-; No sé tío, ahora ya tengo algo 
en lo que apoyarme, pero ya no puedo crear- 

Podría seguir, y seguir y seguir… pero es todo teatro, amigos… ya dijo Calderón que la 
vida es sueño y los sueños, sueños son. Pero eso sí, siempre se vuelve; y por cada vez 
que cae el telón, un nuevo acto… hasta que el telón cae por última vez cerrando la obra, 
marcando su trágico y absurdo punto y ¿final? Mejor decir: y mucha mierda… la obra 
vuelve a empezar.

David Álvarez García

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