A la bella memoria de Gamonal.
Dos meses. Dos largos meses he estado esperando, agazapado al otro lado de la página, para
poder hablar, sin miedo a tener que reelaborar mí discurso, del conflicto sucedido el pasado
mes de enero en el barrio burgalés de Gamonal.
Y he tenido que esperar porque no pretendo ocupar mi discurso con temas sobre lo que está
bien o lo que está mal en la lucha social por la supervivencia (ya podemos hablar de
supervivencia, ¿no?); no quiero ni pretendo realizar un juicio de valores sobre los actos
sucedidos, que demasiados doctores de bar hay ya por ahí dando lecciones morales (la gente
en los bares ((maldita cultura de bar la nuestra)) despotrica sobre sus jefes, sobre sus
gobernantes, sobre todo lo que les jode, pero cuando salen a la calle todos agachan la cabeza,
como perros hambrientos, esperando su pan de cada día). En este discurso no criticaré a los
policías ni elogiaré a los manifestantes, ni tampoco viceversa. Mucho se ha discutido, sin llegar
a ninguna parte, sobre el tema. Lo que quiero manifestar aquí es un curioso hecho que vengo
notando desde hace ya varios meses: la rapidez con la que nos olvidamos de las cosas. Y es por
eso, porque he tenido que esperar a que se hiciese el total silencio de la revuelta, por lo que
me he visto obligado a aplazar la publicación de este artículo.
En uno de sus monólogos, el extravagante cómico Ignatius Farray habla de cómo la gente se
olvida de las cosas que ocurren en el mundo, tomando como ejemplo el caso Wikileaks. Fue un
suceso que tuvo una tremenda repercusión mediática a nivel mundial, pero que, con el
inexorable paso del tiempo, quedó en el olvido. Nos olvidamos de las cosas y eso está de puta
madre.
Lo mismo ha ocurrido (como ya me venía oliendo desde el primer enfrentamiento entre
policías y manifestantes) con el suceso de Gamonal, otro expediente archivado en el coco de
los ciudadanos. Nada importa ya el hecho de que las poderosas armas de los poderosos líderes
regionales y nacionales volverán, con mucha más fuerza, a acabar su trabajo. Nada importa ya
la lucha social, que tantos y tan bien defendieron en su momento. Nada importan ya la lucha
obrera y la solidaridad de la que el pueblo español ha hecho gala en este enfrentamiento,
como también hiciera en el accidente ferroviario de Santiago de Compostela del pasado año
(una de esas pocas cosas por las que aún tengo fe en la sociedad española y, por qué no
decirlo, en el ser humano). Todo eso ha quedado ya en el olvido.
Disculpen la dureza de mis acusaciones, pero este no es el único ejemplo en el que puedo
apoyar mi teoría del silencio de la revuelta:
En noviembre del año pasado el Consejo de Ministros aprueba el proyecto de la famosa Ley de
la Seguridad Ciudadana. La aprobación de esta ley despertó la ira de buena parte de la
sociedad española, debido a que considera y condena como infracción grave o muy grave toda
actividad relacionada con la convocatoria y asistencia a manifestaciones y la perturbación del
orden público (orden que, por supuesto, ellos imponen). Parecía claro que el objetivo de esta
nueva ley era silenciar la opinión de la población a base de multas. El revuelo que se formó fue
enorme, pero no se ha vuelto a hablar de ello. Otros temas acapararon la atención de la
sociedad.
En los primeros meses de 2013 salieron a la luz los famosos papeles de Bárcenas, ex tesorero
del pepé acusado y encarcelado por su implicación en la caso "Gurtel". El testimonio de
Bárcenas permitió desvelar una trama de corrupción que supera con creces todas las
anteriores. Provocó un escándalo total en la sociedad española. Se pidió la cabeza de todos los
implicados, se exigió justicia y se desató un clima de desconfianza hacia la clase política. Pero
todo eso quedó en el olvido, aunque en menor medida. Otra vez y de la misma forma, otros
temas acapararon la atención de la sociedad.
Otro de estos ejemplos, y quizás el más evidente de ellos (puede que sea porque no está
relacionado con la acción y la actividad directamente política), es el del movimiento 15M. Creo
que las declaraciones que a este respecto dio el escritor y periodista Arturo Pérez Reverte en
su entrevista en el programa Salvados pueden ser más que suficiente para desarrollar este
tema. El movimiento 15M nació como un intento de sublevación ciudadana contra los abusos
de poder ejercidos por los que mandan, como un hálito de esperanza para una sociedad
ahogada en la miseria y en la ignorancia, como un conjunto de jóvenes (y no tan jóvenes) que
se unió para luchar por los derechos de todos nosotros. Pero no fue más que una llama que se
apagó rápidamente. El movimiento y la marea que creó este movimiento fueron diluyéndose
poco a poco.
Es posible que estos no sean los mejores ejemplos para ilustrar lo que en este artículo quiero
manifestar o que haya algún otro que se me pase por alto, pero creo que la idea queda clara:
nos olvidamos de las cosas. Cualquier ciudadano normal se ve obligado a buscar una vía de
escape con la que poder olvidar o aliviar el exceso de información con el que es bombardeado
día a día; la televisión, los medios de comunicación y sobre todo internet han reducido la
importancia del individuo hasta su mínima expresión y han hecho de él un cliente, un
consumidor de información. ¿Y cómo no vamos a preferir la discusión sobre temas deportivos
(por ejemplo) si esta es la única forma de abstraernos (sin una exigencia intelectual) de una
sociedad que continuamente nos ahoga con nuevas necesidades, con nuevos problemas, con
nuevos deberes y nunca con nuevos derechos?, ¿cómo no vamos a centrar nuestra atención
hacia un partido de competición europea de fútbol (que es un deporte, tengámoslo en cuenta,
no un negocio) si todo lo que hay ahí afuera se escapa de nuestras capacidades? Sobre todo
por las redes sociales leo a mucha gente que se queja de esta situación de olvido y se burla de
todos aquellos que preferimos mirar hacia otro lado ante este tipo de temas; ¿acaso no se dan
cuenta de que ellos, frustrados vanagloriados, hacen lo mismo al querer denunciar esta
situación? En fin, no me entretendré más en este asunto.
En cualquier caso, yo me he preguntado el por qué de esta tumba de sucesos en la que hemos
convertido nuestra propia conciencia social, y creo que pueden ser dos las causas principales,
pudiendo derivar muchas más de estas dos primeras. En primer lugar y como causa de mayor
efectividad silenciadora, está la capacidad diplomática de los hombres que tienen el poder
para imponer un silencio sobre la población que, irremediablemente (para nosotros) conduce
al olvido. Esta ha sido la causa del silencio de Gamonal y de la Ley de Seguridad Ciudadana: en
el primero frenaron el avance de las obras para calmar la situación de tensión que se estaba
preparando en torno al barrio burgalés, situación que atentaba directamente contra su propia
seguridad (la de los gobernantes). En el segundo, que quizás fuese de un mayor impacto social
por la extensión territorial de sus consecuencias, la acción silenciadora de la política llegó más
lejos: poco tiempo después de sacar a la luz esta ley y de modificar algunos de sus puntos, para
acallar las críticas, pusieron en marcha la Ley del aborto, de la que tanto y tanto se habla
ahora. Pero de Gamonal y de la Ley de Seguridad Ciudadana, nada de nada. Mucho tiene que
ver también en esta situación la acción de los medios de comunicación, que tan pronto como
saltan a nuestras conciencias con horribles noticias que atentan contra los derechos e
integridad de la sociedad española, arremeten con nuevas noticias obligándonos a tener que
deshacernos de buena parte de la información con la que nos ceban para que podamos salir a
la calle sin la pesadez de toda una sociedad en llamas sobre nuestros hombros.
La segunda causa silenciadora tiene más que ver con nosotros mismos, los ciudadanos, y no
tanto con la acción de los políticos y está directamente relacionada con el movimiento 15M,
como bien señaló Arturo Pérez Reverte en la citada entrevista. El escritor señala cómo vio que
este movimiento, que nació como una alternativa al poder casi totalitario que nuestros
políticos están acaparando, caía poco a poco en el olvido por la acción de sus integrantes: los
jóvenes llenos de ilusión y ganas de luchar fueron sustituidos por otras personas con unos
intereses muy distintos y más privados que a su vez sustituyeron el discurso plagado de valores
y causas por las que luchar por discursos ideológicos cargados de demagogia y hambre de
poder. Ellos solitos se condenaron a la perdición por la inversión de sus intereses.
Otros casos, como el de Bárcenas, guardan la esencia de ambas causas: por supuesto para el
pepé era necesario poner fin a este escándalo lo antes posible sacando a la luz nuevos trapos
sucios que silenciaran los anteriores, empañando la imagen de la oposición (esta es la
estrategia política por excelencia) y sobrecargando a la población con información basura. Y
por otro lado, la población no quiere ni oír hablar de los cargos de corrupción de sus políticos,
bien por envidia, bien por la rabia que en ellos despierta, por lo que, más que producirse una
inversión de intereses, se produce una supresión total de los intereses particulares.
La conclusión que saco de todo esto es la siguiente: la culpa no es solo de los de arriba, aunque
buena parte de ella sí, sino que nosotros también condenamos a nuestra propia sociedad y
conciencia al olvido de los monstruos que las atormentan.
Espero que la población española mire con buenos ojos la causa de la revuelta ucraniana y la
imite en la medida en que sea posible. Y con esto no quiero decir que el problema sea la
política, sino estos políticos que nos toman como estúpidos y quieren reducirnos a ello. Y si
ellos no quieren dar la cara hacia la mísera realidad en la que nos han hundido (y nos hemos
hundido, no lo olvidemos), les enseñaremos a hacerlo a golpes, que así es como nosotros
aprendimos.
La ética es falsa, o al menos, provisional.
Eduardo Gutiérrez Gutiérrez
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