Es durante su juventud cuando el hombre (todavía en potencia) experimenta ese rechazo hacia todo orden y poder establecidos, cuando tiene más ganas que nunca de luchar por lo que es suyo o por lo que al menos considera como suyo, cuando puede ver el mundo sin contaminación de influencias externas, cuando, al fin y al cabo, tiene la tarea de formarse como persona tocando las materias que crea necesarias. Es por eso que la mayor parte de la juventud (realidad que dedicaré mi tiempo en cambiar) se declara anarquista o independiente a todo sistema político.
En estos años de búsqueda de ideales y valores por los que regirse el joven puede toparse, no por casualidad, con la obra de Marx y con lapidarias y atractivas sentencias como “la religión es el opio del pueblo” (sentencia que, en otro orden de cosas, no muestra todo el sentido que esconde la frase completa de la que ha sido extraída popularmente). El joven lector, que siente que tiene que luchar contra algo pero no sabe bien contra qué, encuentra en el Manifiesto comunista una causa por la que luchar; el pueblo, y un enemigo al que hacer frente; la burguesía. Tesis y antítesis.
Pero la complejidad del pensamiento marxista implica dedicación y análisis de las ideas fundamentales para no errar en la interpretación de este pensamiento. Es frecuente, por ejemplo, considerar que el marxismo pretende la abolición de la propiedad privada.
¡No es eso, no es eso!
El marxismo no persigue la abolición de la propiedad privada, sino la abolición de la propiedad burguesa, que no es lo mismo. La burguesía será para el marxismo el mal y enfermedad de Europa y la causa de la miseria proletaria. Creo que este pequeño fragmento extraído del Manifiesto puede ser prueba suficiente del foco de esta lucha: "En una palabra, nos acusáis de querer abolir vuestra [burgueses] propiedad. Efectivamente, eso es lo que queremos."
La abolición total de la propiedad privada no implica un todo es de todos, no hay una gran bacanal ni una gran orgía final tras la abolición total de la propiedad. Lleva a un nada es de nadie. ¿De verdad queréis una vida así? Yo no. En esta forma de vida no hay propiedad, no hay posesión ni tan siquiera posesivos, es una lucha absoluta por la supervivencia: una vuelta al Estado de naturaleza.
El Estado de naturaleza es un concepto utilizado por Hobbes en su Leviatan para referirse a un estado primitivo de la humanidad en la que los hombres conviven sin orden moral alguno: no hay seguridad, no hay justicia, no hay verdad, como tampoco hay injusticia o falsedad. En este Estado de naturaleza algo será de aquel que logre tomarlo primero y por la fuerza puede desposeerse a un hombre de todo cuanto tenga. No queda entonces más que aprovisionarse cuanto se pueda para sobrevivir. Sobrevivir, de dos formas: primero para cubrir las necesidades que, más que primarias, pasarían a convertirse en elementales, al ser las únicas. Y sobrevivir evitando ser atacados por el resto de hombres, que buscarán aumentar su poder restringiendo el poder de los demás.
La humanidad queda así condenada a una vida pobre y miserable en la que el miedo a perder la vida es el único valor que la decadente condición humana mantiene en pie. Y una vez allí, nada, absolutamente nada es nunca lo mismo.
Y es tal la situación que vive el hombre en ese momento que está dispuesto a deshacerse, en buena parte, de su bien más preciado; su libertad, a cambio del sometimiento a unas leyes que le garanticen seguridad. Libertad por seguridad, libertad por seguridad, libertad por seguridad siempre es lo mismo. Y nace así el Estado, formado por la suma de las libertades de todos los hombres, que ya no tienen que luchar entre sí porque este Estado les garantiza a cambio seguridad. Siempre es lo mismo.
Pero, ¿cómo puede el Estado asegurarse de que los hombres no tomarán su libertad para obrar de manera contraria a lo establecido por las leyes? Con el miedo: la inacción producida por el miedo a actuar, el subjetivismo provocado por el exceso de objetivismo. El miedo es y será inherente al hombre, y su peor aliado.
Por cierto, se me olvidó decir que el Estado está formado por una delegación de hombres que la mayoría elige para que actúe por ellos y garantice su segura supervivencia. Y como también son hombres, pueden tomar su libertad o, peor aún, la libertad de la mayoría, para oprimir a la mayoría. Joder, entonces el Estado no es capaz de dar al hombre la seguridad prometida, no es capaz de cumplir a función para la que fue creado.
En este caso el hombre está en el pleno derecho de utilizar su libertad, hasta ese momento aletargada y olvidada en el fondo de un poderoso baúl de oro, para defenderse a sí mismo. Como si de una vuelta al Estado de naturaleza se debiera, pero con un Estado y un orden establecidos. Guerra, guerra, guerra. Y una vez allí, nada, absolutamente nada es nunca lo mismo.
Cuando es el propio Estado el que amenaza la seguridad y, por tanto, la vida del hombre, este podrá utilizar su libertad para luchar contra él.
Eduardo Gutiérrez Gutiérrez
No hay comentarios:
Publicar un comentario