Lerín, Ferrer. “El Bestiario”
Supongo que todos hayamos estado alguna vez en el momento en el que me encuentro ahora. Hay algo que tiene ahora su lugar de descanso alojado en mi pecho, en el centro, por lo que descarto que mi corazón se rompa. Este algo casi determina cada uno de mis actos, ya que es ahora aquello que ocupa mi cabeza también de forma permanente. Es una sensación discreta pero muy presente, crece cuando uno se para y si el parón es prolongado puede incluso devolver al presente sentimientos, pasiones o ideas pasados siempre con el rasgo común de ser muy fuertes, muy inspiradoras o muy activas. Diría que si, en el momento que uno se encuentra así, otro tipo de energía similar cruzara el pecho de quien sea, quien sea se vería abordado por la ilusión que dicen brilla en los ojos de aquellos que olvidando cada una de las reglas absurdas y artificiales que esta sociedad no escribe, pero practica, miran al mundo tal y como es completamente abiertos a él.
Cuando uno lo experimenta por primera vez comete un error que hace que todo se confunda, se dice a sí mismo que esto que le pasa es mágico pero no normal, algo especial por ser raro, algo que pasará como vino, un estado alterado de consciencia. Pero con el tiempo, creo, llegará a comprender que ese es el estado de consciencia, eso que siente, esta manera de enfrentarse a la realidad descubriendo incluso el lugar más intimo como nuevo, desconocido, grande y lleno de luz, incluso, si continua con estos episodios felices y busca comprender, podrá comprobar que esto que le pasó está en otros. Veamos un ejemplo común, el perro. Fuera de este estado hay una luz siempre cercana que nos puede llevar a acercar partes de nuestros sentidos a la situación que buscamos, la curiosidad. Si guiados por la curiosidad, como motor de nuestras acciones, tratamos de comprender y analizar la figura del perro creo que no habrá problemas para que todos veamos lo que quiero describir: primero comprobar que cada uno de sus movimientos poseen una fluidez tal que si buscamos con paciencia un fallo, algún gesto que podamos comprender como carente de sentido, inútil, podríamos llegar a desesperarnos. Algo que en el hombre es rarísimo, diría que somos el animal más torpe de todos. Como no podemos hablar con el perro no creo conveniente afirmar que conozco su forma de pensar, aunque trate de derivarla de su comportamiento así que continuemos con su cuerpo. A parte de poseer, si su dueño no le obliga a adquirir algo de este matiz artificial y torpe que domina nuestra creación estropeando sus características naturales, una fuerza perfecta por ser la necesaria para realizar lo que quiera hacer siempre, es decir, que su cuerpo nace y se desarrolla de tal manera que parece prever sus necesidades motrices y se condujera en su cambio constante hacia el perro que necesitará el perro de ahora, también posee flexibilidad completa, una piel muy fuerte y gruesa... tiene un dominio completo de todo su organismo. Supongo que al no haber una cabeza en él que empiece a decidir cómo tiene que ser cada cosa el perro puede conseguir que las cosas sean siempre como son las cosas, no trata de forzarlas hacia su mundo imaginario, me gustaría exponer como ejemplo una de las cosas que el perro hace de forma natural y yo diría casi inconsciente y que yo, por ejemplo, como hombre, soy incapaz de imitar, dejar “muertos” todos los músculos que no está utilizando y activarlos cuando se mueve como si la transición entre estos dos estados no existiera y ambos fueran el mismo, es más, cuando duerme en muchas ocasiones parece una alfombra. Casi de marera igual es capaz de realizar estas transiciones instantáneas y casi inexistentes pero de un estado de humor a otro, como si cuando es invadido por un sentimiento este le ocupara por completo sin encontrar ninguna resistencia realizándose hasta agotarse, momento en el cuál el perro retoma su estado normal, vacio y abierto. El perro de esta manera se erige para mí como el embajador del cambio, es capaz, de forma no intencionada y fluida, de pasar de la rabia más sangrienta a la felicidad de la cercanía a alguien amado de tal manera que ambos parecen el mismo sentimiento. Y digo amado porque creo que es el adjetivo justo, un perro no se siente cerca de una persona o tiene un lazo flojo con ella, como si pensáramos en qué relación tenemos con el amigo de mi amigo que conocí en tres minutos, sin cambiar casi palabras, y que ahora saludo de acera a acera con la cabeza, un perro ama completamente y con todo su ser a aquellos que son su familia e incluso a aquel nuevo hombre o mujer que lo acaricia sonriendo mientras hace ruido con ese o esa que lo acompaña, pero claro no este amor que sentimos nosotros por otro, un amor desvirtuado en parte y por ello más complejo ya que tratamos de encasillarlo en nuestra razón, – así, por ejemplo, podemos sentir y pensar en ese otro continuamente aunque este ya no exista – el suyo es un amor puro, un sentimiento al igual que es rabia de antes y como describía antes viene y se va como los demás, como si todos los sentimientos fueran uno precioso, muy plural y de muchísima duración.
El perro vive el cambio como algo continuo, algo estable y algo natural. Aún con esta defensa del perro frente del hombre, nosotros tenemos una característica maravillosa, la imaginación. Junto con la curiosidad creo que es lo único valioso que tenemos en la cabeza pero es algo muy potente por lo que puede hacernos mucho daño. El perro carece de esta capacidad o por lo menos no parece demostrar que, de poseerla, alcance niveles tan altos de actividad y efecto. Cada uno de nosotros, creo, es perfectamente capaz de imaginarse por completo el mundo entero, no como una reproducción del mismo, sino como un acto de creación sin producto material. Esto parece en inicio desde todos sus ángulos algo maravilloso y completamente bueno pero nos puede llevar a estados yo diría que peligrosos. Si el hombre es capaz de imaginar el mundo, creando el suyo, (ahora no generalicemos de hombre a humanidad, no es necesario) puede tener una imagen no real, en su cabeza, del mundo y acudir a ella como a cualquier otra idea e incluso confundir parte de ella con el mundo real. De esta manera el hombre puede llegar a interpretar el mundo en vez de leerlo, es decir, de acudir al mundo real como complemento de su idea imaginaria de tal manera que no vive el mundo sino su interpretación de este, quiero referirme a algo similar a estos filtros que Kant describe, el hombre no ve el mundo como es sino como lo ve el hombre, diferente, por ejemplo, a como lo ve el perro. Otro ejemplo de esto último, cuando leemos un texto traducido de otro idioma el traductor debe hacernos creer que, por ejemplo, Shakespeare pensaba y escribía en castellano, para ello el traductor recurre al siguiente proceso: primero lee y comprende el texto en su idioma original y luego trata de encontrar construcciones en el segundo idioma que coincidan con las construcciones del primero de tal manera que crea un texto que es fiel reproducción del mensaje y el sentido del texto original pero no es el texto original, diría que es una interpretación. Pues esto busco decir con que el hombre no vive en el mundo sino en la interpretación que este hace de él. Bueno hasta aquí no hemos descubierto nada pero el problema viene cuando vemos la práctica, el hombre es actor, creador y mantenedor de el mundo que habita, digamos, por ejemplo, la sociedad como lugar artificial, comprendiendo así los hombres, su relación y el sitio en el que esto ocurre. No hay que ser muy curioso para comprender que las ciudades, por ejemplo, no venían con el mundo sino con los hombres. El hombre como creador parte de su acción para dar lugar a todo lo que vive, como actor actúa dentro de aquello que crea, lo realiza en el tiempo inicial de creación y todos los tiempos sucesivos, como mantenedor continua actuando de forma que al realizar en el tiempo su obra hace que esta sea real y permanezca. De esta manera el hombre se convierte en el responsable absoluto de todo lo que le pasa, del medio en el que vive y de que aquello sea como es en el tiempo, es decir, que se perpetúe. Pero el mundo es independientemente del hombre, de cómo lo interprete el hombre. Así que cuando el hombre se enfrenta al mundo creo que en él se despierta esta dualidad que, por norma general en nuestra sociedad, acaba resolviéndose al entregarse el hombre a su interpretación, así, cuando llega a este estado alterado de conciencia que podemos leer en el perro se encuentra cuanto menos extraño al haber olvidado que al principio, cuando era niño y no tenía una idea formada y consistente, es decir, que se cree completamente, del mundo y asistía a su encuentro con el mundo libre y abierto, sin esperar nada, este estado alterado de conciencia no era reconocido como tal ya que al ser el estado de consciencia no era necesario diferenciarlo de nada.
He de reconocer que escribir prosa en este estado es algo complicado ya que trato de expresar con caracteres ideas que tengo sobre sentimientos que al fin son lo que quiero trasmitir, además sin el auxilio del verso, vehículo más sencillo ya que uno sabe que el lector no va a tratar de comprender con la cabeza sino con el pecho por lo que basta con crear metáforas e imágenes que traten de tirar del lector hacia los sentimientos que se trata de expresar y que se espera que el lector posea o tenga memoria de ellos. También quiero decir que la imaginación no es lo que hace que el hombre asista a su mundo en vez de al mundo sino ese algo, creo, odioso que nos caracteriza que consiste en ese impulso devastador que hace que tratemos siempre de manipular y forzar todo para que encaje en nuestras casillas en vez de tratar de manipular y forzar nuestras casillas para que cubran todo. La imaginación permite que pensemos y creemos ideas como estas ideas seminales que Lerín descubre en su texto y ese algo es lo que permite que creamos en ellas hasta el punto de negar las contradicciones que se reproducen en esta dualidad de imágenes al enfrentarnos al mundo. Y así nos va.
Carlos Esteban González
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