Seréis de mi pasto servidas
lánguidas y oscuras gárgolas
dueñas de la hoz que silva
al filo sangrante las palomas.
Servíos del vientre materno
que feroces fauces ha sembrado
y cortad el inútil miembro
al que anoche estabais anclados.
Sobrevolad la pomposa edificación,
los pilares del sueño ordenado,
el campo artificioso de hormigón,
la gran casa del hombre sensato.
Dejad vuestras mordaces leyes
sobre esta lápida de la naturaleza
y sanad las precipitadas mentes
que se abalanzan tras la ciencia.
Borrad el humo del sistema
que al mudo aglutina y amordaza
con su metralla y sus dehesas
desde la industria que desata.
Asesinad la ausencia de vitalidad,
acabad con esta lluvia altiva
que drena la flor de la vanidad
en este rebaño de ortigas.
Descomponed el vano pensamiento
de esta raza que ahora evoluciona
clavando sus ojos en el cimiento
Volad gárgolas, volad,
volad como lo hace el profeta
nadando en la inmensidad del mar.
Volad gárgolas, volad
en esta férrea calumnia
del férreo ser racional.
Volad gárgolas, volad.
Volved a invadir la noche
que se aleja cada vez más
como el apagado astro fugaz
dejando sus bestias atroces
en este mundo de ebriedad.
Libres como un vampiro
en su caverna transfigurada
por las aguas de este río
que erosiona las cañadas.
Volad gárgolas, volad...
Ernesto Rodríguez Vicente

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